"Éste es el Hijo de Dios", carta del obispo de Córdoba

“En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas. Últimamente nos ha hablado en su Hijo” (Hb 1, 1). Este Hijo de Dios es Jesucristo. Así nos lo presenta Juan Bautista junto al río Jordán, así lo confiesa Pedro, respondiendo a la pregunta de Jesús. Así aparece en tantos lugares del Evangelio. Jesús no puede ser considerado como un hombre cualquiera, aún siendo verdadero hombre. En lo más hondo de su persona está el misterio de que es el Hijo de Dios enviado al mundo, es Dios como su Padre, es una persona divina.

No hay propuesta parecida en ninguna otra experiencia religiosa de las que hay en el mundo. Toda experiencia religiosa parte del hombre, y puede tener muchos elementos de verdad, porque el corazón humano es capaz de la verdad. Pero el centro del cristianismo es una persona, una persona divina, que se llama Jesucristo. El cristianismo no tiene su origen en el hombre, sino en Dios. A Dios se le ha ocurrido enviar a su Hijo, que se ha hecho hombre como nosotros, “en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4, 15). Y, por tanto, en Jesucristo, Dios nos ha dicho todo lo que tiene que decir a los hombres, y a Él hemos de acudir porque sólo Él tiene palabras de vida eterna.

Hay quienes piensan que la paz del mundo llegará cuando todas las religiones limen sus aristas, renuncien a sus principios y se consiga entre todos un consenso en el que nadie tendrá la verdad, sino que esa verdad habrá llegado por el consenso entre todos. Nada más equivocado que esa propuesta. La verdad existe en Dios, y Dios ha hablado a los hombres de múltiples maneras, pero en donde nos lo ha dicho todo ha sido en su Hijo, su Palabra, su Verbo. En Él está toda la verdad acerca de Dios y acerca del hombre. No se nos ha dado otro nombre en el que podamos salvarnos, Jesucristo (cf. Hech 4, 12).

Buscar la verdad es buscar a Dios, y Dios nos ha hablado en Jesucristo. Esa verdad de Dios puede encontrarse como esparcida en el corazón de muchas personas de buena voluntad, podemos hallarla en muchas experiencias religiosas que ha conocido la humanidad en su historia, está presente quizá en tantas experiencias religiosas de nuestros días, incluso en las grandes religiones. Pero el punto de referencia y de verificación ha de ser siempre Jesucristo, porque Él es la Palabra de Dios, donde la revelación de Dios ha llegado a su plenitud. Él es el único salvador de todos los hombres. Su salvación no se limita a aquellos que le conocen y le aceptan. Su salvación es más universal y llega al corazón de todos los hombres por caminos que sólo Dios conoce. Todos los hombres están llamados a conocer a Jesucristo, el Hijo de Dios.

Hasta que uno no se encuentra con Jesucristo no ha encontrado la verdad plena. Y una vez encontrada esa verdad, todo hombre ha de recorrer un camino hasta identificarse con ella. En este sentido, también los que conocemos a Jesucristo somos compañeros de camino de tantas personas que buscan la verdad, a veces por caminos insospechados y muy variados. Pero no hemos de guardarnos esa verdad que en Jesucristo nos ha sido dada. Cuando descubrimos que Jesucristo es Dios, el único salvador de todos los hombres, no podemos guardarnos esta buen noticia –el Evangelio–, y nos sentimos urgidos a comunicar a los demás lo que hemos visto y oído. No se trata de ningún proselitismo, pues el proselitismo intenta convencer al otro sea como sea. La verdad del cristianismo no se impone a nadie, sino que se propone con el testimonio y con la palabra.

Si te has encontrado con Jesús como Hijo de Dios, hazte discípulo suyo y lleva esta buena noticia a los que no le conocen. El apostolado nace de esta experiencia de encuentro con Jesús, con Jesús el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Con mi afecto y bendición:
+ Demetrio Fernández
Obispo de Córdoba

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