“Comunión fraterna y escucha constante”, carta del obispo de Lleida


La primera Iglesia de Jerusalén nace y crece de esta manera: Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones (Hechos 2,42-47). Una enseñanza consistente en dar testimonio de la vida, la enseñanza, la muerte y la resurrección del Señor Jesús, aquello que san Pablo llama «el Evangelio», la Palabra de Dios que nos reúne y nos une. Pero hay que destacar que no era solamente la enseñanza de los apóstoles aquello que unía a la Iglesia primitiva, sino su asiduidad a esta enseñanza.
El octavario de plegaria en favor de la unidad de los cristianos nos hace tener presente, una vez más, que el concilio Vaticano II definió la promoción de esta unidad como uno de sus principales objetivos (cf. Unitatis redintegratio, 1) y como un impulso del Espíritu Santo; que el Papa Juan Pau II declaraba que la búsqueda ecuménica es un camino irreversible (cf. Ut unum sint, 3); y que Benedicto XVI inició su pontificado asumiendo como compromiso primario trabajar a fondo con el fin de restablecer la unidad plena y visible de todos los seguidores de Jesucristo, bien consciente de que, para eso, no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos: se precisan gestos concretos que entren en los corazones y muevan las conciencias impulsando nuestra conversión interior, que es el presupuesto de todo progreso en el camino del ecumenismo (cf. Homilía, 20/04/2005).
El ecumenismo no es una elección opcional, sino un deber sagrado. Sabemos que se va caminando con intercambios y diálogos teológicos, pero sólo será fecundo si tiene el apoyo de lo que llamamos el ecumenismo de la oración, de la conversión del corazón y de la santificación personal. Este ecumenismo espiritual es el alma del movimiento ecuménico (cf. Unitatis redintegratio, 8; Ut unum sint, 21-27) y a nosotros nos toca promoverlo. Sin una verdadera espiritualidad de comunión, que deja espacio al otro sin renunciar a la propia identidad, todas nuestras iniciativas y esfuerzos pueden convertirse en un activismo vacío.
Como os he dicho en otra ocasión (Cf. «Entre todos y para el bien de todos», 02/10/2009), Han pasado más de 40 años de la clausura del Concilio Vaticano II y 15 de nuestro Concilio Provincial Tarraconense y todavía la espiritualidad dominante, en muchos, sigue siendo demasiado individualista, de pequeño grupo o privada («mía»), aunque también hay un punto de luz que tenemos que valorar: aumenta la aceptación del Evangelio y la Biblia como referencia fundamental común y la experiencia del diálogo como base comunitaria.
Si queremos vivir la Espiritualidad de comunión, tenemos que esforzarnos a «sentir al hermano como alguien que nos pertenece; de ver ante todo aquello que hay de positivo en el otro, para acogerlo como un don para mí»; de «saber dar espacio al hermano» (cf. Joan Pau II, NMI 43). Únicamente con esta espiritualidad podremos contribuir a integrar la diversidad.
Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,
+Joan Piris
Obispo de Lleida

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