"Festejos humanos, fiestas cristianas", artículo de Mons. Juan del Río


Ha finalizado el tiempo festivo y vacacional de Navidad. Para unos, quedarán atrás las reuniones familiares, los encuentros con conocidos y amigos del pueblo, los regalos y felicitaciones. Otros tendrán una sabor agridulce, porque lo celebrativo no impidió los golpes de la vida y no todo fueron luces. No faltaran aquellos a los que estos días no les han dicho nada y continúan viviendo en la vaciedad imperiosa.
El hombre contemporáneo ha perdido el sentido originario de la fiesta, todo se queda en lo puramente epidérmico y consumista, no conoce lo que es la alegría interior, ha perdido la capacidad de asombro ante el Misterio de lo Divino que humaniza. El resultado final de estas fiestas vividas desde la cultura dominante es un corazón vació y una incapacidad para entrar en uno mismo. De ahí, que sea cada día más urgente para los cristianos que nos tomemos en serio lo que celebramos en Navidad y Epifanía. Hay que volver a lo genuino, nuestras fiestas cristianas, y eso no lo van hacer los que quieren una ciudad sin Dios, sino aquellos que por su infinita misericordia hemos reconocido su presencia amorosa en el Emmanuel. Hay que darle un vuelco a esta situación y eso sólo se puede realizar desde un corazón convertido, unas convicciones firmes y una vivencia más intensa de la liturgia navideña. ¡Esto sí que rompe los esquemas materialistas en los que nos encontramos metidos!
A pesar de todo, lo verdaderamente cristiano es hacer siempre una lectura sobrenatural de lo que acontece. Aún en situaciones difíciles o confusas no deberíamos olvidar la recomendación de san Pablo: “todo sucede para el bien de los elegidos”. Es por ello que no deberíamos ser plañideros, ni añorar tiempos de antaño, este es la cultura que nos ha tocado vivir, como a los apóstoles les toco la suya. No hay momentos históricos paradisiacos, ya lo decía san Jerónimo: “No digas que los tiempos pasados fueron mejor que los presentes: las virtudes hacen bueno cualquier día, los vicios los hacen malos” (Hom. sobre la Iglesia). Son “los limpios de corazón” los que tienen la sabiduría de saber transformar los tiempos adversos en oportunidades para acercarnos más a Dios y al prójimo. Por eso mismo, en medio de esta cultura de la complejidad en la que se encuentra hoy la comunidad cristiana, continua resonando las palabras del Apóstol de los gentiles: “no nos cansemos de hacer el bien…Aprovechad el tiempo presente… ¡Mirad! Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación” (Gal 6,10; 2Cor 6,1)
Por eso mismo, es necesario repasar con el pensamiento las vicisitudes de estos días, quedarnos con lo más positivo de lo vivido a nivel personal y familiar para encarar un largo trimestre con espíritu constructivo y repleto de razones para seguir viviendo, amando y esperando. Porque como dice las Escrituras “todo tiene su momento y todo cuando se hace debajo del sol tiene su tiempo” (Ecl. 3,1) Ahora toca vivir los días, semanas y meses en la riqueza del ritmo de lo marcado por el trípode: trabajo-descanso-familia, eso también tiene su gozo y alegría si hemos aprendido lo que decía Boecio: “¿Por qué buscáis la felicidad, oh mortales, fuera de vosotros, cuando la tenéis dentro de vosotros mismos?”
Al inicio de un nuevo año examinemos sin miedo en nuestras “bodegas interiores” cuanto de bello y hermoso ha puesto Dios en nuestras vidas, cuantas cosas buenas nos han sucedido y cuantas posibilidades tenemos de cambiar aquellas otras que sabemos que nos hacen infelices. ¡Animo, la verdadera fiesta cristiana comienza siempre desde dentro hacia fuera! Todo tan distinto a los simples festejos humanos en los que se han convertido los días navideños.

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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