"Paz a los de lejos y a los de cerca", carta de Mons. Jesús Sanz


Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien.
Es como un rito habitual, que acabando las fiestas navideñas todo vuelve a una normalidad que se hace cuesta arriba, tal y como proverbialmente se señala a enero con sus cuestas conocidas. Ha terminado la tregua de unos días especiales, y acabado el festejo hay que volver al tajo y al tejo de una cotidianeidad amable y cruel a la vez.
Para no pocas personas y para tantas familias, la tregua no ha terminado porque para ellos este año la fiesta en tantos sentidos no tuvo comienzo. Ante esta provocación sórdida nos puede sobrevenir un cansancio escéptico que impide el gozo humilde y la serena esperanza que, sin embargo, sigue anhelando con santa rebeldía nuestro corazón.
El primero de enero el Papa pronunció una importante homilía teniendo en cuenta todo esto, precisamente en relación con la paz, ese bien precioso que cuando falta o falla, la vida de rompe, se enfrenta, se enajena y se destruye. Estas eran sus hermosas y comprometidas palabras:
«La Iglesia pide al Señor que bendiga el nuevo año apenas comenzado, con la conciencia de que ante los trágicos acontecimientos que marcan la historia, ante las lógicas de guerra que por desgracia aún no están superadas del todo, sólo Dios puede tocar en lo profundo el alma humana y asegurar esperanza y paz a la humanidad. Hoy queremos recoger el grito de tantos hombres, mujeres, niños y ancianos víctimas de la guerra, que es el rostro más horrendo y violento de la historia.
He querido recordar en mi Mensaje para la Jornada de hoy, con el título “Libertad religiosa, camino para la paz»: «El mundo necesita a Dios. Necesita valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede ofrecer una preciosa contribución en su búsqueda, para la construcción de un orden social e internacional justo y pacífico» (n. 15). He subrayado, por tanto, que “la libertad religiosa es un elemento imprescindible de un Estado de derecho; no se puede negar sin dañar al mismo tiempo los demás derechos y libertades fundamentales, pues es su síntesis y su cumbre» (n. 5).
La humanidad no puede mostrarse resignada a la fuerza negativa del egoísmo y de la violencia; no debe acostumbrase a conflictos que provocan víctimas y ponen en riesgo el futuro de los pueblos. Frente a las tensiones amenazadoras de este momento, especialmente frente a las discriminaciones, a los abusos y a las intolerancias religiosas, que hoy afectan de modo particular a los cristianos (cfr ibid., 1), dirijo una vez más una invitación apremiante a no ceder al desaliento y a la resignación. Exhorto a todos a rezar para que lleguen a buen fin los esfuerzos emprendidos por muchas partes para promover y construir la paz en el mundo. Para esta difícil tarea no son suficientes las palabras, es necesario el compromiso concreto y constante de los responsables de las naciones, sino que es necesario sobre todo que cada persona esté animada por un auténtico espíritu de paz, que hay que implorar siempre de nuevo en la oración y que hay que vivir en las relaciones cotidianas, en cada ambiente».
Con este mensaje gozoso y esperanzado que nos hace Benedicto XVI, bien puede servirnos para que las cuestas de enero no nos saturen o nos espanten, y la cotidianeidad postnavideña no resulte grisácea e insufrible. La paz, es la gran señal de que Dios está aquí, pues es su firma de autor en las obras de sus hijos: bienaventurados los que hacen posible la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Recibid mi afecto y mi bendición.
+ Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
A.A. de Huesca y de Jaca

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