El Papa bautiza a 21 niños y pide colaboración mutua entre la parroquia y la familia para educar cristianamente a los niños


El Papa Benedicto XVI ha presidido este domingo en la Capilla Sixtina la Santa Misa en el curso de la cual ha bautizado a 21 recién nacidos. La solemne ceremonia eucarística que concluye el ciclo de la liturgia navideña ha sido concelebrada con Benedicto XVI por los arzobispos Félix del Blanco Prieto, Limosnero de Su Santidad y Carlo María Viganó, Secretario General del Gobernatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano, quienes han ayudado al Santo Padre también en los ritos bautismales.
En la fiesta de hoy, Bautismo del Señor, el Pontífice ha renovado, según ha informado radio Vaticano, una tradición querida por su antecesor, el Papa Juan Pablo II. Los 21 bautizados son hijos de funcionarios de la Santa Sede. El mayor tiene 4 meses y la más pequeña cuatro semanas de vida. Algunos de sus hermanos han traído ante el altar los dones durante el ofertorio.

En su homilía el Papa, tras dar una cálida bienvenida, a los padres y padrinos de los 21 niños, ha explicado el rito y la tradición del sacramento del Bautismo, que se lleva a cabo en la Fiesta del Bautismo del Señor, que coincide con el primer domingo después de la Epifanía. La manifestación del Señor en el Jordán termina pues, con el tiempo de la Navidad.

Según el relato del evangelista Mateo, Jesús vino de Galilea al río Jordán para ser bautizado por Juan; de hecho, de toda Palestina se congregaban allí las gentes para escuchar la predicación de este gran profeta, y el anuncio de la venida del Reino de Dios, y también para ser bautizados, es decir, para recibir aquel signo de penitencia que llamaba a la conversión del pecado.

“Aunque se llamara bautismo, -ha señalado el Santo Padre- este rito no tenía el valor sacramental del rito que celebramos hoy”. Es en realidad con su muerte y resurrección, con la que Jesús instituye los sacramentos y da luz a la Iglesia. El administrado por Juan, era más bien un acto penitencial, un gesto que invitaba a la humildad ante Dios, para un nuevo inicio: sumergiéndose en el agua, el penitente reconocía haber pecado, imploraba de Dios la purificación de las propias culpas y era invitado a cambiar su comportamiento.

“Por eso cuando el Bautista vio a Jesús que, en hilera con los pecadores, llegaba para ser bautizado, quedó sorprendido”, ha afirmado el Pontífice. Reconociendo en Él al Mesías, el Santo de Dios, Aquel que no tiene pecado, Juan manifiesta su desconcierto; él mismo, el Bautista hubiera querido ser bautizado por Jesús, pero Jesús le exhorta a no oponer resistencia, a que acepte y cumpla este gesto para llevar a cabo aquello que resulta conveniente para «cumplir toda justicia.»

Con este gesto, revela ante todo que es Jesús: es el Hijo de Dios, verdadero Dios como el Padre; es Aquel que se ha hecho como uno de nosotros, Aquel que se ha hecho hombre y ha aceptado humillarse hasta la muerte en la cruz. El bautismo de Jesús, cuya memoria recordamos hoy, se inscribe en esta lógica de la humildad: es el gesto de Aquel que quiere ser en todo como uno de nosotros y se pone en hilera con los pecadores. El que está libre de pecado se deja tratar como un pecador para llevar sobre sus hombros la carga de la culpa de toda la humanidad

Jesús ha dicho el Papa es el «siervo de Yahvé» del quien hablaba Isaías en la primera lectura. Su humildad viene dictada por querer establecer una plena comunión con la humanidad. Su deseo es lograr una auténtica solidaridad con el hombre y su condición.

El gesto de Jesús anticipa la Cruz, la aceptación de la muerte por los pecados del hombre. Este acto de rebajarse a la condición humana con el que Jesús quiere ajustarse totalmente al designio del amor del Padre, manifiesta la plena sintonía de la voluntad y propósito que existe entre las personas de la Santísima la Trinidad

Y por su parte, ha afirmado Benedicto XVI, “el Padre revela abiertamente a los hombres la profunda comunión que le une al Hijo: la voz que resuena desde lo alto confirma que Jesús es totalmente obediente al Padre y que esta obediencia es expresión del amor que los une. Por ello, el Padre se complace en Jesús, en la acción del Hijo, ya que reconoce el deseo de seguir en todo a su voluntad.

Estimados padres, el Bautismo que hoy pedís para vuestros hijos, los introduce en este intercambio de amor recíproco que está en Dios, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En este gesto que yo voy a cumplir, recae sobre ellos el amor de Dios, inundándoles con sus dones. A través del lavamiento del agua, vuestros hijos vienen a formar parte de la vida misma de Jesús, que murió en la cruz para liberarnos del pecado y resucitando ha vencido la muerte

Por eso ha señalado el Pontífice, “espiritualmente inmersos en la muerte y resurrección de Jesús, los niños son liberados del pecado original y comienzan su vida de gracia, que es la vida misma de Jesús Resucitado.

El Señor nos ha dado lo que es más precioso en la vida, y este es el motivo más verdadero y el más hermoso para vivir: es por la gracia que hemos creído en Dios, que hemos conocido su amor, con el que quiere salvarnos y líbranos del mal. Ahora vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas, pedid a la Iglesia que acepte en su seno a estos niños, para darles el Bautismo, y haced esta petición por el mismo don de la fe que vosotros habéis, a su vez, recibido
A través del sacramento del Bautismo, ha proseguido explicado Benedicto XVI, el Señor consagra a vuestros hijos y los llama a seguir a Jesús, a través de la realización de su vocación personal, de acuerdo con el diseño particular del amor que el Padre tiene en mente para cada uno de ellos. El objetivo final de esta peregrinación terrena será la plena comunión con Dios en la felicidad eterna.
Por el Bautismo, estos niños reciben el regalo de un sello espiritual indeleble, el «carácter», que marca para siempre su pertenencia al Señor y los hace que sean miembros vivos de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Mientras entran a formar parte del Pueblo de Dios, para estos niños, inicia hoy un camino de santidad y de conformidad a Jesús, una realidad que es puesta en ellos como la semilla de un espléndido árbol, que debe crecer
“Comprendiendo la grandeza de este don -ha dicho el Papa- desde los primeros siglos, se ha tenido premura de dar el bautismo a los bebés al nacer. Luego, también habrá necesidad de la adhesión libre y consciente a esta vida de fe y amor, y por eso es necesario que, después del bautismo, los niños sen educados en la fe, instruidos de acuerdo a la sabiduría de las Escrituras y la enseñanzas de la Iglesia, para que las semillas de la fe que están recibiendo hoy puedan llegar a la madurez plena de los cristianos. La Iglesia, que les da la bienvenida entre sus hijos, es responsable, junto con los padres y padrinos, para acompañarlos en este camino de crecimiento.
La colaboración entre la comunidad cristiana y la familia es muy necesaria en el contexto social actual, donde la institución familiar está amenazada por muchos lados, y ha de afrontar muchas dificultades en su misión de educar a la fe. La falta de referencias culturales y la rápida transformación a la que está continuamente sujeta la sociedad, hacen muy difícil el compromiso educativo. Por ello es necesario que las parroquias se esfuercen cada vez más en apoyar a las familias, pequeñas iglesias domésticas, en su tarea de transmisión de la fe

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