Benedicto XVI: «Dios es el es el Único capaz de ofrecernos la posibilidad de vivir en plenitud, de encontrar la verdadera alegría»


El Papa exhorta a dejarnos guiar por la Palabra de Dios, la verdadera estrella, que en la incertidumbre de los debates humanos, nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina
En su homilía de la Misa, que presidió esta mañana en la Basílica de San Pedro, el Papa Benedicto XVI ha recordado que «en la solemnidad de la Epifanía, la Iglesia sigue contemplando y celebrando el misterio del nacimiento de Jesús salvador y, en particular, esta celebración subraya el destino y el significado universales de este nacimiento. Pues, «haciéndose hombre en el vientre de María, el Hijo de Dios ha venido no sólo para el pueblo de Israel, representado por los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada por los Magos».
Benedicto XVI reflexionó, precisamente sobre los Magos y el camino que cumplieron buscando al Mesías. Ante todo, encontraron al rey Herodes, hombre de poder, que llega a ver a Dios como rival peligroso y que miente cuando dice que lo quiere adorar, pues, en realidad lo quiere eliminar. Personaje que no nos cae simpático y que instintivamente juzgamos negativamente por su brutalidad, señaló el Papa, invitando a preguntarnos si, de alguna forma, no hay algo de Herodes en cada uno de nosotros. Si quizá, algunas veces, vemos a Dios como a un rival, permaneciendo ciegos ante sus signos y sordos ante sus palabras, porque pensamos que quiere poner límites a nuestra vida y no nos permite disponer de ella como nos guste:

Debemos quitar de nuestra mente y de nuestro corazón la idea de la rivalidad, de que, dar espacio a Dios, sea un límite para nosotros mismos. Debemos abrirnos a la certeza de que Dios es el amor omnipotente que no quita nada, no amenaza. Aún más, es el Único capaz de ofrecernos la posibilidad de vivir en plenitud, de encontrar la verdadera alegría.

Refiriéndose a los estudiosos, a los teólogos y a los expertos, que saben todo de las Sagradas Escrituras, que los Magos encuentran luego, Benedicto XVI exhortó a no ser como ellos, de quienes san Agustín afirma que ‘aman ser guías para los demás, indican el camino, pero no caminan y se quedan estancados’. Y, reflexionando, sobre la estrella, más allá de los debates entre los astrónomos, el Papa recordó que los Magos iban buscando las huellas de Dios, intentando leer su ‘firma en la creación’. No con telescopios, sino con la razón y el anhelo impulsado por la fe. «El Universo no es fruto de la casualidad, como algunos quisieran hacernos creer», enfatizó una vez más el Santo Padre, haciendo hincapié en «la sabiduría del Creador, en la inextinguible fantasía de Dios, en su infinito amor hacia los hombres»:

En la belleza del mundo, en su misterio, en su grandeza y en su racionalidad no podemos no leer la racionalidad eterna. Y no podemos hacer otra cosa que dejarnos guiar por ella hasta el único Dios, Creador del cielo y de la tierra. Si tendremos esa mirada, veremos que Aquel que ha creado al mundo y Aquel que ha nacido en una gruta en Belén y que sigue habitando entre nosotros en la Eucaristía, son el mismo Dios vivo, que nos interpela, nos ama, nos quiere conducir a la vida eterna.

Y prosiguiendo su camino, los Magos llegan a Jerusalén y ven que sobre la gran ciudad la estrella desaparece. Constatan con estupor que el recién nacido no se encuentra en los lugares del poder y de la cultura, que si bien pueden ofrecer informaciones importantes, algunas veces llegan a impedir el encuentro con el Niño Dios. La estrella guía a los Magos hasta la pequeña ciudad de Belén, entre los pobres y los humildes. «Dios no se manifiesta en el poder de este mundo, sino en la humildad de su amor, aquel amor que pide a nuestra libertad ser acogido para transformarnos y hacernos capaces de llegar a Aquel que es el Amor», reiteró el Papa, señalando que, de alguna forma – también hoy – algunos piensan que para salvar el mundo Dios debería manifestar todo su poder dando un sistema económico más justo:

En realidad, ello sería como una violencia contra el hombre, porque le negaría los elementos fundamentales que lo caracterizan. En efecto, no se apelaría ni a nuestra libertad, ni a nuestro amor. El poder de Dios se manifiesta de forma totalmente distinta: en Belén, donde encontramos la aparente impotencia de su amor. Allí, es donde tenemos que ir. Allí, encontramos la estrella de Dios.

Benedicto XVI concluyó su homilía destacando la importancia del elemento con el que culmina el camino de los Magos y poniendo de relieve que «el lenguaje de la creación nos permite recorrer un buen trecho de la senda hacia Dios, pero no nos brinda la luz definitiva»:

Al final, para los Magos fue indispensable escuchar la voz de las Sagradas Escrituras: sólo ella podían indicarles el camino. Es la Palabra de Dios, la verdadera estrella, que, en la incertidumbre de los debates humanos, nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina. Queridos hermanos y hermanas, dejémonos guiar por la estrella, que es la Palabra de Dios, sigámosla en nuestra vida, caminando con la Iglesia donde la Palabra puso su tienda. Nuestro camino será iluminado siempre por una luz que ningún otro signo puede darnos. Y así, también nosotros, podremos ser estrellas para los demás, reflejo de aquella luz que Cristo ha hecho resplandecer sobre nosotros. Amén.

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