Homilía del arzobispo de Santiago de Compostela en la clausura del Año Santo

“¡Cantaré eternamente las misericordias del Señor, proclamaré su fidelidad a todas las
edades!” Al clausurar este Año Santo Compostelano, no debemos callar cuando hemos
visto la misericordia de Dios con nosotros, reconociendo que “el cristianismo es gracia,
es la sorpresa de un Dios que satisfecho no sólo con la creación del mundo y del
hombre, se ha puesto al lado de su criatura”1. Muchas han sido las personas, niños,
jóvenes y adultos, que de la mano del Apóstol Santiago se han acercado al Señor para
hablar con Él en la celda interior de su alma. Con ellas en una sola fe celebramos esta
Eucaristía confiados en que este Año Santo ha contribuido a purificar la fe, revitalizar
la religiosidad y renovar la vida cristiana. Aquí han llegado peregrinos de todo el
mundo para confesar su fe en el Dios Trinitario. La Iglesia les ha acogido animándoles
a ser testigos del amor de Dios en la familia, en la sociedad, en el mundo de la cultura y
en la profesión laboral con un estilo de vida cristiana que brilla por la verdad que nos
hace libres y la caridad que se manifiesta en la bondad. Este convencimiento nos lleva a
proclamar la grandeza del Señor y alegrarnos en Dios nuestro Salvador, conscientes de
que “el cristianismo es la religión que ha entrado en la historia”. Nos lo indicaba
bellamente el peregrino por excelencia en este año, Su Santidad Benedicto XVI al
decirnos: “Somos, de alguna manera, abrazados por Dios, transformados por su amor.
La Iglesia es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a
sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye la
verdad más profunda de su ser, y que es origen de la genuina libertad”2.
¡A Ti, oh Dios, te alabamos! Cuántas personas han llegado con las partituras de sus
vidas incompletas unas, con notas disonantes otras, pero después todas
armoniosamente interpretadas en la clave de la gracia. La fidelidad y la misericordia de
Dios han aparecido realizando la salvación de manera providencial en este Año de
gracia. A pesar de nuestras infidelidades Dios guarda su Alianza eternamente, pues “la
mirada de Dios no es como la mirada del hombre. El hombre ve las apariencias, pero el
Señor ve el corazón” (1 Sam 16,7). En la cotidianidad de nuestra vida comprobamos
que “nuestros únicos méritos son la misericordia del Señor. No seremos pobres en
méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia de Dios es
mucha, muchos son también nuestros méritos” (San Bernardo de Claraval), pudiendo
decir con San Agustín: “Tan grande es la condescendencia de Dios para con nosotros
que ha querido que constituyan mérito nuestro incluso sus mismos dones”.
¡A Ti, Señor, te confesamos! “Tú, Cristo, eres el Rey de la gloria, el Hijo del Padre
eterno, que para liberar al hombre aceptaste la condición humana y no te horrorizaste
del seno de la Virgen María”. La Tumba del Apóstol, amigo y testigo del Señor, ha sido
una luminosa referencia espiritual para tantos peregrinos. En la memoria de los
orígenes apostólicos hemos evocado la realidad de la Iglesia que peregrina hacia la
casa del Padre, sintiendo la necesidad de presentar en términos culturales modernos el
fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo3 y afirmando que
“nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos al Señor Jesucristo que
transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su cuerpo glorioso en virtud del
poder que tiene de someter a si todas las cosas” (Fil 3, 20-21).
¡A Ti, Señor, te damos gracias! La gratitud es finura espiritual y perfección en la
caridad: “Vosotros como elegidos de Dios, santos y amados”, ¡sed agradecidos en
todo!” (Col 3, 15). Damos gracias por haber llegado a esta meta, caminando “de
comienzo en comienzo, por comienzos siempre nuevos”. Sedientos de Dios,
necesitados de salud y consuelo, de fortaleza y de esperanza, de perdón y de salvación,
en el acontecer de este año de gracia, hemos pedido insistentemente que la
misericordia del Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de Él. El hombre en
Dios lo espera todo. “Solo la esperanza de la plena comunión de nuestra vida con la
vida de Dios sacia el deseo de nuestra alma y nos hace libres” y “la vocación del ser
humano a la esperanza no es absurda, sino razonable y realizable. Jesucristo resucitado
es la razón de nuestra esperanza”4. La Puerta Santa como símbolo se ha cerrado pero
queda siempre abierta la Puerta que es Cristo, Camino, Verdad y Vida. Gracias, Señor,
porque tu Luz nos ha hecho ver la Luz. Ahora como nos dice el Papa en su mensaje
hemos de cumplir el encargo del Apóstol Pedro: “Glorificad en vuestros corazones a
Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que
os la pidiere” (1Pe 3,15). ¡Vivamos en santidad y justicia todos los días de nuestra vida!
Ao dar grazas a Deus de quen procede todo ben, agradezo ao Santo Pai a súa presenza
na cidade do Apóstolo e o seu alento no acontecer espiritual deste Ano Santo. O meu
recoñecemento e agradecemento ao Cabido Metropolitano, aos confesores, ás
relixiosas, aos organistas e á coral da Catedral, aos monagos, ás persoas empregadas e
voluntarias, aos membros da orde de san Miguel, ás persoas de seguridade, aos
membros das Forzas e Corpos de Seguridade do Estado, aos membros da Policía Local,
aos medios de comunicación, ao persoal médico e sanitario, que contribuíron xenerosa
e dispoñiblemente á organización e bo funcionamento da programación pastoral.
Igualmente desexo manifestar a miña sinceira gratitude ás diferentes institucións, á
Xunta de Galicia, ao Delegado do Goberno, e ao Concello de Santiago polas axudas e
servizos prestados para unha boa acollida dos peregrinos. Comezabamos o Ano Santo
poñéndoo baixo o amparo da Virxe Peregrina, clausurámolo invocándoa coma
esperanza nosa. Por ela Deus saíu ao noso encontro, acompañándonos coma un
peregrino máis nesta azarosa peregrinación polos camiños da historia. Pola súa
maternidade física de Xesucristo converteuse na Nai amorosa de todos os homes.
Como non te imos proclamar todas as xeracións a máis benaventurada de todas as
criaturas? Poñernos baixo a protección da súa maternidade significa implorar da unha
comprensión continua para un constante seguimento de Xesús.
Neste atardecer proclamamos tamén con todos os peregrinos: “¡Oh, que
benaventurados son todos os que teñen ante Deus tal intercesor e valedor. Non hai
ninguén que poida narrar os beneficios que o Santo Apóstolo concede aos que lle piden
de todo corazón. Velaí que a santa Cidade de Compostela veu a ser, pola intercesión do
Santo Apóstolo, a salvación dos fieis, a fortaleza dos que a ela veñen”. “Que o Señor
vos bendiga e vos garde, que faga brillar o seu rostro sobre vosoutros, e vos conceda a
súa gracia; que o Señor volva os seus ollos cara vós e vos dea a súa paz”. Amén.

+Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

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