"La familia, una maravillosa aventura", carta del arzobispo de Burgos

Pocos días antes de Navidad se publicó el informe de la Fundación SM sobre “Los jóvenes españoles 2010”. A pesar de las contradicciones en las respuestas, debidas, probablemente, a que el estudio no quiere valorar comportamientos sino intencionalidades, una cosa aparecía con claridad: los jóvenes están a gusto en la propia familia y confirman la tendencia de un nuevo enfoque. Frente a la revolución del mayo del ’68, que llevó a una hipertrofia de la independencia, hoy las nuevas generaciones han pasado de la nostalgia de la familia a la confianza hacia ella.
Reflexionando sobre los datos del citado informe, un escritor hacía esta valoración. «La familia es más fuerte que todas las crisis, porque es el gran lugar del afecto, de la convivencia, de la fiesta: el sitio donde uno se siente bien, y se encuentra a sí mismo. A pesar de las profundas transformaciones culturales, la familia sigue asociada a la alegría, a la risa, al descanso, a los llantos y a las caricias de los niños, de modo particular en Navidades». Hasta el punto de que «si la familia no existiera, habría que inventarla».
Todo esto viene a mi cabeza con ocasión del encuentro que hoy mismo tiene lugar en la plaza de Colón de Madrid, donde millares de familias de toda Europa se reunirán, por cuarto año consecutivo, a celebrar y anunciar a cuantos quieran oír su mensaje, que se sienten contentas y satisfechas de ser lo que son: comunidades de vida y de amor, y escuelas donde se enseñan y aprenden las grandes virtudes que necesitan los hombres y las mujeres para vivir con alegría y responsabilidad.
En esta reunión se verán muchos niños. Ellos serán cantos de acción de gracias a Dios por el gozo de existir y promesas de esperanza para un mundo que se debate entre el miedo a transmitir la vida y la desesperanza en un futuro mejor. Los hijos, en efecto, son un gran regalo que Dios concede a las familias que quieren acogerlo y una gran esperanza para la sociedad. Nada hay que alegre tanto las calles y las plazas de cualquier ciudad del mundo como los niños. Y, al contrario, nada hay que cause más tristeza en esas mismas plazas y calles que la ausencia de las risas y juegos de los niños. Las familias que asistirán a la Plaza de Colón -y otras muchas que no podrán hacerlo, pero comparten sus mismos ideales-, quieren anunciar, con su presencia festiva y alegre, que son felices. Tienen problemas y conflictos. Pero, les han superado mil veces y están seguras de que, con la gracia de Dios, seguirán superándolos.
El cristianismo no ha creado la familia, ciertamente, porque ésta se encuentra en todos los pueblos y culturas. La familia, es decir, la unión de un hombre y una mujer en matrimonio con la consiguiente procreación y educación de los hijos, está inscrita en la naturaleza del hombre y es patrimonio de toda la humanidad. Esta unión del hombre y de la mujer en orden a la procreación de personas, necesita la estabilidad de un hogar para el bien de los hijos. Los niños, en efecto, tienen el derecho de nacer y crecer como personas con referencia segura a un padre y una madre comprometidos entre sí para siempre por el matrimonio. La fe que profesamos los cristianos asume todo esto, lo eleva a la categoría de sacramento y, por ello, lo hace fuente de fuerza para ser capaces de realizar lo que es imposible con las solas fuerzas humanas.
Las familias que se reúnan en Madrid saben todo esto por propia experiencia. No son familias idílicas ni pluscuamperfectas. Al contrario, son familias que conocen la enfermedad incurable de alguno de sus miembros, los sueños fracasados, los conflictos superados o en vías de superación, hasta la infidelidad en algún caso, en una palabra: todo lo que acompaña el caminar de una familia que tiene su cabeza en el cielo y sus pies en el suelo. Ellas están convencidas de que la aventura que están viviendo es una aventura maravillosa y quieren compartirla con los demás. ¡Ojalá que cada día sean más las que se apuntan a esta aventura y así llenar de luz y esperanza este mundo nuestro!

Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos

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