La familia esperanza de la humanidad

«La familia esperanza de la humanidad», Cardenal Lluís Martínez Sistach

PALABRA Y VIDA

En el clima gozoso y familiar de la fiesta de Navidad, la Iglesia católica celebra la Jornada por la familia y la vida, que este año coincide con la fiesta de San Esteban, tan tradicional en Cataluña, donde es día laboralmente festivo. Nuestra diócesis celebró esta jornada el pasado 18 de diciembre con una eucaristía en la basílica de la Sagrada Familia. Fue el primer acto de ámbito diocesano celebrado en este templo, cuya belleza ha conmovido al mundo con ocasión de la visita de Benedicto XVI a Barcelona para presidir la bella ceremonia de su dedicación a Dios.

El Concilio Vaticano II, de manera admirable, definió el matrimonio y la familia como «una comunidad de vida y amor abierta a la fecundidad». Benedicto XVI, el 7 de noviembre pasado, nos regaló con un mensaje que, en belleza teológica y moral, considero que estaba a la altura de la belleza del templo de Antoni Gaudí. Conviene que lo mantengamos en nuestra memoria y en nuestra alma. Este es el objetivo de estas líneas.

En primer lugar, la fuente de esta comunidad de vida y de amor, para los creyentes, es Dios mismo. Apoyados en la fe, podemos mostrar al mundo el rostro de Dios que es amor: el único que puede responder al anhelo de plenitud del hombre. «Esta es la gran tarea: mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia. Dios es la verdadera medida del hombre». Dios es «amigo de la vida». El Papa Benedicto lo recordaba a esta Europa tan olvidadiza de sus raíces cristianas: Dios es amigo de los hombres y nos invita a ser amigos suyos. La gloria de Dios es también la gloria del hombre. Y, negativamente, el ocaso de Dios sería también el ocaso del hombre.

A partir de Aquél que, siendo el Hijo del Altísimo, por la encarnación se anonadó haciéndose hombre y viviendo al amparo de José y María, en el silencio del hogar de Nazaret, Dios nos ha enseñado sin palabras la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad, en la que la vida encuentra acogida desde su concepción hasta su declive natural.

Y pasando de la familia a la comunidad de la Iglesia, el Papa añadía que «nos ha enseñado que toda la Iglesia, escuchando y cumpliendo su Palabra, se convierte en su Familia». Mucho tenemos que aprender de esta visión de la Iglesia. Pero de la Iglesia el Papa Benedicto no dudaba en pasar a la sociedad entera, haciendo una propuesta, que no una imposición: «Y, más aún, nos ha encomendado ser semilla de fraternidad que, sembrada en los corazones, aliente la esperanza». La esperanza, un tema muy querido por Benedicto XVI, que fue el tema central de su segunda encíclica y está permanentemente presente en su magisterio. Porque el Papa sabe que ésta es una gran necesidad de nuestra humanidad actual.

Junto a los progresos técnicos, sociales y culturales, el Papa pedía -en la homilía de la misa de la dedicación de la basílica-, sin negarlos en modo alguno, que hubiera unos progresos morales, entre los que mencionaba la atención, protección y ayuda a la familia, las medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización, el apoyo del Estado a las familias, la defensa de la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción, y que la natalidad sea «dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente». Nadie negará, espero, que estas peticiones responden a necesidades reales de esta sociedad nuestra.

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