Navidad solidaria

PALABRA Y VIDA

Un año más estamos ya en las fechas previas a la celebración de la Navidad. Para los cristianos esta fiesta es la conmemoración del nacimiento del Hijo de Dios en carne humana en Belén. San Pablo lo afirma en su carta a los Gálatas: «Llegada la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para que rescatara a los que vivíamos bajo la Ley y obtuviéramos la condición de hijos».

La Navidad es una fiesta de solidaridad, ya que es la manifestación de un Dios solidario con el mundo. San Pablo lo expresa con unas palabras rebosantes de sentido en su carta a Tito: «Se ha manifestado Dios, salvador nuestro, con su bondad y su amor a los hombres». La Navidad incluye un misterio de fe, pero también incluye un mensaje profundamente humano.

Como misterio de fe, el sentido de la Navidad nos lo ha explicado este año el Papa, a quien tuvimos el gozo de acoger en Santiago y en Barcelona, con palabras a la vez profundas y muy inteligibles.

«Por medio de la fe –dijo el Santo Padre en Santiago- somos introducidos en el misterio de amor que es la Santísima Trinidad. Somos, de algún modo, abrazados por Dios, transformados por su amor. La Iglesia es este abrazo de Dios, en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y la semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser y que es el origen de la genuina libertad».

El Papa nos ha invitado en su reciente visita a «vivir iluminados por la verdad de Cristo, confesando la fe con alegría, coherencia y sencillez, en casa, en el trabajo y en el compromiso como ciudadanos».

La Navidad nos dice sobre todo que Dios no es el antagonista del hombre, sino que es el amigo del hombre. Este Dios y este hombre –remarcó también el Papa- son quienes se han manifestado de manera concreta e histórica en Cristo. Y añadió que ha sido una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmara y se divulgara la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. El Santo Padre, que es un gran teólogo, no dudó en afirmar que «con ello se quería oscurecer la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, con la finalidad de que nadie se pierda, sino que todos tengan vida eterna».

Esta es la luz de la Navidad. Esta es la luz que brilló en la ciudad de David hace más de dos mil años: «Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Mesías, el Señor». Me parece que esto está en el origen del gran eco popular de esta fiesta, incluso en nuestra sociedad tan secularizada en muchos aspectos.

Antes he dicho que la Navidad también incluye un mensaje profundamente humano. El hecho de que en Cristo se haya manifestado la humanidad y la benignidad de Dios nos ha de hacer más humanos. Y no sólo los días de Navidad. Porque la vocación de la persona humana es sobre todo el amor, el amor recibido y el amor ofrecido. Tan sólo en esta experiencia el hombre puede hallar el sentido más profundo de su vida.

Por eso la gracia de la fiesta de la Navidad debiera hacernos a todos más humanos, más solidarios con los que pasan hambre y sed, con los enfermos y los pobres, aquí y en todos los lugares del mundo. Se trata de globalizar el amor, como nos dijo Benedicto XVI en su primera encíclica y como nos lo ha recordado en su reciente estancia entre nosotros. Una Navidad solidaria nos exige acercarnos a las muchas personas que sufren, especialmente en estos momentos de serias dificultades económicas.

† Lluís Martínez Sistach
Cardenal arzobispo de Barcelona

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