"La soledad en la Navidad", artículo de Mons. Juan del Río


LA SOLEDAD EN LA NAVIDAD / /

Con frecuencia escuchamos: “estas celebraciones me deprimen“, “recuerdo mucho a los seres que me faltan y las reuniones familiares me parecen forzadas”. Éstas y otras expresiones revelan que la fiesta cristiana de la Navidad está sufriendo un desplazamiento, desde su centro religioso, a la dinámica de la sociedad de consumo. Todo se ha comercializado, y las tan deseadas “felices fiestas navideñas” se han convertido en nuevo carnaval. Lo que cansa y produce hastío no es la religión, sino la banalización del misterio de la encarnación de Dios.
Son muchos los hechos, signos y símbolos que nos indican esta insustancial forma de celebrar la Navidad. Uno de ellos puede ser el alumbrado de muchas calles y plazas, sobrado de abstracción y escaso de creatividad. También son indicios algunas de las felicitaciones personales o institucionales que no anuncian nada, que son fatuas, impersonales e insípidas, que más que suscitar regocijo produce melancolía. De esta manera, se dice, no se molesta a los que no son cristianos, pero poco a poco se va arrinconando lo católico, renegando de nuestras raíces culturales. Todo ello se construye en función de principios como tolerancia e igualdad que, manejados ideológicamente, encaminan a la secularización y descristianización de nuestra sociedad occidental.
Es verdad que la enfermedad de nuestros días es la soledad, que se puede estar solo a cualquier edad y que en esta época de la comunicación, paradójicamente, prospera el aislamiento del individuo. A esto hay que añadir que, en unas “fiestas” donde tanto se habla de amistad, paz, cariño, familia, caridad…etc., ha desaparecido en gran manera el mensaje que las sustenta: el “Emmanuel” (Dios con nosotros). Si el pobre, el enfermo, el abandonado, el afligido ya no tiene ni el consuelo de Dios ¿Qué le queda? ¡Su propia soledad!
Somos lanzados a la existencia y un día nos enfrentaremos, solos, a la partida de este “valle de lágrimas”. Hay una soledad congénita, natural, que nos viene dada por nuestra condición de seres menesterosos. Como diría el poeta y novelista austriaco Rilke, debemos “amar y aceptar el sufrimiento que nos cause”. También está la soledad que es consecuencia de los egoísmos, pecados personales y lacras sociales. Ella es dura y fría, porque no hay mayor soledad que la que el mismo hombre se fabrica. Luego hay la “soledad acompañada”, aquélla que, aun estando rodeados de gente, nuestro corazón está vacío porque no nos llena lo que hay a nuestro alrededor. Sucede con relativa frecuencia en estos días navideños que, después de comidas y encuentros con amigos o familiares, regresamos con sentimientos de insatisfacción: eso revela que, ni las personas ni las cosas, pueden colmar el ansia de felicidad que anhela el alma humana. Por último, tenemos la soledad fecunda de la fe, que es buscada por el creyente y por el contemplativo, para tener trato asiduo con Aquél que fundamenta nuestro ser y existir. No es huida del mundo, ni refugio neurótico, sino el sustento necesario para encontrarnos con nosotros mismos y responder con libertad a Dios y a los demás.
El misterio de Belén nos sitúa en la sana soledad de aquellos a quienes “solamente Dios basta”, no necesitan más cosas para sentirse repletos de gozo y compañía. Para superar cualquier sentimiento de soledad maligna, miremos e imitemos al matrimonio de María y José. Ellos no pudieron recurrir a familiares, no le dieron posada, no tenían lo más mínimo para dar a luz al hijo que esperaban del Altísimo; únicamente contaban con la confianza en el Dios que nunca abandona a sus criaturas. En medio de la noche de los pastores, y de cualquier noche oscura que tengamos, resuena el anuncio del ángel: “no temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todos… os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,13).
En definitiva, la Navidad es fiesta de la comunicación. Conmemoramos que Dios nos ha hablado amorosamente por la Palabra hecha carne en su Hijo Jesucristo. Desde entonces, la humanidad no camina a la deriva, ni el hombre es un ser solitario para la muerte, sino que ha sido creado y redimido para la comunión, la comunicación y la vida eterna. ¡Que nadie se sienta solo en esta Navidad! ¡Felicidades a todos!

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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