El arzobispo de Mérida-Badajoz escribe sobre el sentido del humor

«Con sentido del humor»

En determinadas ocasiones, podemos tener toda la razón del mundo en lo que hacemos o en lo que reivindicamos. Pero
la manifestación de nuestras obras y la reivindicación de nuestros derechos, son acciones que no pueden realizarse dignamente
si perdemos el sentido del humor.
A diferencia de lo que muchos pueden pensar, el sentido del humor no da lugar a reírse de todo. Eso sería carecer de juicio y de responsabilidad. El sentido del humor tampoco nos lleva a dejar las cosaspara mañana, convencidos de que no somos nosotros los que vamos a cambiar el mundo. Eso no es humildad sino abandono de nuestra responsabilidad.
El sentido del humor nos pone serenamenteante la realidad y, ayudándonos a pasar por encima de menudencias de las que podemos prescindir con sonrisa interior, nos permite una visión panorámica del conjunto. Desde esta visión global debemos concebir, proyectar y realizar la acción que nos corresponde.
Así considerado, el sentido del humor, sin oponerse a la sonrisa cuando brota legítimamente, resulta ser lo más contrario a la superficialidad, a la ironía sistemática y paralizante, y a la hábil huida por cobardía o por incapacidad de afrontar la situación problemática.
El sentido del humor es, pues, el compañero necesario de la responsabilidad, y el fundamento de la serenidad y de la ecuanimidad. El sentido del humor nos permite guardar distancias para no confundirnos con los problemas. Esta confusión nos pondría en el peligro de convertirlo todo en cuestión personal. Esa sería la forma de incapacitarnos para la solución de los problemas puesto que nos impediría conocerlos bien y situarlos justamente en el ámbito que les corresponde.
El sentido del humor nos permite distinguir entre el pecado y el pecador; entre la dificultad o la adversidad y el impedimento; entre la parte y el todo, tantas veces unidos desafortunadamente.
El sentido del humor nos permite relativizar lo relativo y afirmar lo absoluto. De su mano podemos distinguir el fuero y el huevo, y dar a cada uno la importancia que merece.
El sentido del humor es necesario para gobernar y para gobernarse; para predicar y para convertirse; para educar y para ser educado con aquellos a quienes deseamos o tenemos la obligación de orientar.
Buena cosa es, pues, suplicar al Señor que nos conceda abundantemente el necesario y acertado sentido del humor.
¿Acaso no tuvo sentido del humor Jesucristo cuando pidió la moneda a quienes le tentaban para pillarle en contra de Dios o del César? La respuesta: “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, ¿no supone profundidad, serenidad,
visión ecuánime desde la mira acertada al conjunto? ¿no fue esa respuesta, a la vez, una forma de resolver la compleja cuestión que todavía hoy viven muchos?. Me refiero a la confusión, entre el lugar de la religión, el lugar de Dios, del Culto y del apostolado en la sociedad plural, frente al sentido auténtico del estado laico, y al cumplimiento de la libertad religiosa que es un derecho fundamental de la persona. Sería cuestión de reflexionar un poco sobre ello.
Hay también otros ejemplos en el Evangelio que no podemos olvidar, pero que no vamos a comentar. Baste recordad, solo a título de ejemplo, la pregunta con que el Señor da respuesta a quienes le acusaban de irreverente por curar a un lisiado en día de sábado. Les dijo: ¿dejaríais que muriera ahogado vuestro asno si os cayera al pozo en día de sábado?
Está claro que el Evangelio tiene muchas cosas que enseñarnos para la vida terrena y celestial a la vez. Leámoslo con detención y con atención.
+ Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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