Un monasterio en el desierto

Una vista impresionante: excavado en la roca, sobre un acantilado en medio del desierto de Judea, a aproximadamente media hora de Jerusalén, se encuentra el Monasterio Griego Ortodoxo de San Jorge, construido hace más de 500 años. Una belleza escondida, ahora accesible a los turistas del mundo entero. El Ministerio de Turismo Israelita ha terminado de inaugurar la vía de acceso al monasterio, después de haber hecho algunas reparaciones al camino y reconstruido el puente que se había derrumbado a causa de una erosión.

Ahora los visitantes pueden llegar al magnífico Monasterio de San Jorge a través de un camino que se puede hacer sólo a pie. Una petición de reconstrucción que se había hecho por el Patriarca greco ortodoxo Teófilo III. La visita con los periodistas y la ceremonia festiva vieron la presencia de los líderes religiosos de diversas denominaciones.

Construido en la roca a final del siglo V, este lugar de San Jorge en Koziba, es uno de los más antiguos y uno de los muchos monasterios o “laure” que aproximadamente por tres siglos (desde Constantino hasta la invasión árabe) se desarrollaron en este desierto, dando origen a una florida vida monástica.

“La historia de este lugar no tiene relación sólo con la época de Jesús, sino con los miles de años precedentes. El profeta Elías se escondió aquí para escapar de quien lo quería matar. Como está escrito en el Antiguo Testamento, los cuervos le traían la comida. Creemos, además, que los padres de la Virgen, Joaquín y Ana, vivían aquí”.

“Hoy viven en el monasterio 5 monjes griegos que parecen estar perfectamente habituados a este ambiente empinado y escarpado. La vida austera que llevan es impresionante, exactamente como hacían sus antecesores, que se retiraban al desierto y ahí permanecían toda la vida”.

“Pienso que los monjes vienen al desierto buscando tranquilidad. San Juan Crisóstomo decía: voy al desierto para encontrarme a mí mismo. En el desierto es más fácil encontrarse con Dios, comunicar con Él y conocerse mejor a sí mismo. Lo monjes sabían esto, y también Jesús. Él mismo se retiraba para estar solo, como Juan Bautista, todo esto para estar con Dios.

Junto al monasterio hay una exuberante área verde y un pequeño arroyo (es el famoso Wadi Kelt). El escenario impresiona por el contraste con la aridez del desierto. Los monjes que ahora viven aquí no forman parte de un libro cerrado, sino abierto, no sólo a la visita de quien logre finalmente llegar, sino también a la contemplación de este verdadero tesoro de los primeros siglos del Cristianismo.

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