"¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? ", carta del obispo de Girona


Juan Bautista cree y, al mismo tiempo, duda. Ha visto a Jesús hombre, le ha preparado el camino para que fuese acogido por su pueblo, se lo ha presentado… y ahora él se está pudriendo encerrado en la cárcel de Maqueronte, por haber recriminado a Herodes la inmoralidad pública de su vida matrimonial. Encerrado en la cárcel, Juan podía pensar que todo iba a terminar mal. Así pues, si Jesús es el Mesías, ¿qué hace? ¿en qué se nota? ¿qué sentido tiene su advenimiento?
Desde la cárcel manda mensajeros a Jesús para preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

Hoy día no deja de ser actual la pregunta de los discípulos de Juan y del propio profeta –pienso yo-. También ante tantas ofertas de salvación que nos llegan, personas, pensamientos, religiones, asuntos económicos o relacionados con el poder, podemos mirar nuevamente a Jesús y preguntarle: ¿Eres tú el que puede dar sentido a mi vida? ¿Eres tú el que puede hacerme feliz, amarme y salvarme con todas mis miserias y pecados, en quien puedo confiar totalmente? ¿Eres tú, o hemos de buscar la salvación en otras personas, pensamientos o cosas?
El fenómeno del ateismo, del agnosticismo, de la indiferencia, hace que la pregunta de Juan y de sus discípulos sea muy actual y necesaria. También para nosotros, cristianos católicos practicantes, que, con frecuencia, tenemos dificultades para creer, porque estamos condicionados por “el ambiente”.

– Jesús responde con audacia y humildad
Con audacia porque comenta lo que la gente ve y siente: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados.
También hoy podemos decir que el movimiento de Jesús es un foco expansivo de bondad, que moviliza a miles de personas para hacer el bien a marginados y moribundos; podemos decir que muchos oídos sordos y ojos que no ven empiezan a descubrir las necesidades de los demás; que personas que vivían sin esperanza –como si hubiesen muerto– recuperan esta esperanza; y que se sigue anunciando a todo aquel que se siente desvalido, la Buena Noticia. ¡Cuantos signos de amor, auténticos milagros, se realizan hoy en nombre de Jesús!

– Jesús responde con humildad
Con modestia y discreción, porque tales hechos no son más que pequeñas señales, pero siempre aparece el mal, el pecado, el descalabro. También hoy, pese a que se multiplique la acción de los seguidores de Jesús, será siempre una cata de la salvación y la plenitud. El mal, el sufrimiento, el pecado, continúan estando presentes en el corazón de las personas y en el mundo.
Tal vez por esta razón, con humildad, Jesús proclama una bienaventuranza tan importante que la deberíamos tener grabada en nuestro corazón: “¡Dichoso el que no se escandalice de mí!”. Esta bienaventuranza proclama felices a los que no quedan decepcionados del rimo modesto y discreto de los signos de salvación, de cómo el bien se desarrolla.
Dichoso el que sabe vivir y darse cuenta que con Jesús ha empezado una experiencia de amor, perdón y acogida; de paz, gozo y libertad.
Dichoso el que sabe ver y experimentar que, en nombre de Jesús y por Jesús, muchos ojos vuelven a ver el sentido de la vida y amar a los demás.
Dichoso el que, en medio de las dudas e incertidumbres en que vive, no se escandaliza por el hecho que Jesús sea un Mesías sencillo, humilde, sin privilegio alguno… y que la salvación crece a un ritmo lento, humano, pero con fuerza.
Dichoso el que, más allá de los pecados y defectos, reconoce la gran misión de los que ofrecen el mismo Cristo y, por ello, siembran la buena simiente de la salvación con palabras humanes y signos muy sencillos.
Dichosos los que no se cubren los ojos y saben leer tantos signos evangélicos envueltos en humanidad, tales como: fidelidad, bondad, amor, servicio, generosidad, acogida…
Dichosos nosotros si, a pesar de las debilidades, infidelidades, pobreza… no estamos decepcionados de nuestra Iglesia, porque nos ofrece a Cristo.

+ Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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