El arzobispo castrense escribe sobre lo que atenta contra la esperanza


PECADOS CONTRA LA ESPERANZA
En la cultura de lo políticamente correcto hay toda una manipulación del lenguaje. El término “pecado” es sinónimo de anticuado, de “estrecho”. Se debe hablar con expresiones “menos negativa”, como “errores”, “equivocaciones”, “egoísmos”…etc. Es habitual que en los Medios de Comunicación se ridiculice la realidad del pecado y se utilice el vocablo en sentido peyorativo, irónico y desenfadado. Todo ello es una manifestación más de la victoria del diablo sobre el hombre moderno que no necesita ser redimido de nada. De ahí, que Benedicto XVI despeje ese espejismo contemporáneo en la encíclica Spe Salvi: “El hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior…La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo….Pero no es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por un amor incondicional” (nº 25-26).
La sociedad contemporánea se ríe del pecado, vive de espalda a Dios y está ilusionada con el progreso donde tiene puesta muchas de sus esperanzas. Sin embargo, llega el momento de las desilusiones y no hay respuestas que sostenga esas expectaciones. Porque la verdadera esperanza del hombre sólo puede venir de Dios, de ese Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo (cf. Jn 13,1; 19,30).
A este Dios, origen, objeto y motivación de nuestra esperanza, se le ofende de dos maneras: por desesperación o rechazo de la posibilidad de alcanzar la propia felicidad apoyados en las promesas divinas de salvación. Por el contrario la: presunción, es pensar que por si solo se puede ser feliz y con nuestras fuerzas podemos alcanzar la salvación. Es, además, sentirse seguro de poseer la plenitud de la salvación y olvidar la condición humana. En definitiva: nace del orgullo humano que desecha a Dios y se apoya exclusivamente en sus propios éxitos.
Estos pecados contra la esperanza son tremendamente actuales. Solamente hay que echar un vistazo a la problemática de cada día y ver cuántos hombres y mujeres viven en la antesala de la desesperación: pesimismo contagioso, ansiedades, angustia y desencanto, etc…. Cuando todo eso se enquista, al desesperado no le queda nada en que apoyarse. El sentimiento de fracaso lo invade todo, se reniega de la bondad divina y se protesta ante la felicidad de los otros. Psicológicamente es el más peligroso y terrible mal porque con frecuencia induce al suicidio. Sólo la conversión del sujeto al amor a Dios y al prójimo cura el corazón humano de toda desesperación (cf. Spes Salvi, 37). En el lado opuesto tenemos la presunción que es el pecado de los arrogantes espirituales, de los prepotentes mandatarios, de los triunfadores yuppies, de las revoluciones totalitarias y del endiosamiento del progreso. Todo estas formas de prometeismo “en lugar de alumbrar un mundo sano, ha dejado tras de sí una destrucción desoladora” (Spe Salvi, 21).
Únicamente la toma de conciencia de que somos seres menesterosos hace que el presuntuoso escoja el sendero de la humildad y recupere la virtud de la esperanza y el que desespera descubra la belleza de amar y ser amado. Si aborrecemos la presunción y tenemos confianza en Dios y en los demás, construiremos una sociedad más saludable para todos. Los pecados contra la esperanza arruinan el futuro de la humanidad.

+Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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