"María Purísima", carta del obispo de Córdoba


Al comienzo del año litúrgico, en la preparación inmediata a la Navidad, la Iglesia nos presenta la fiesta solemne de la Inmaculada, para que gocemos en esta fiesta y el corazón se nos llene de esperanza. Es como el primer fruto de la redención. María ha sido la primera redimida, la más redimida, la mejor redimida. Ella es el fruto más precioso de la redención de su Hijo Jesucristo, que siendo Dios se ha hecho hombre en su vientre virginal.
María ha sido librada del pecado, antes de contraerlo. Nosotros pecadores somos librados del pecado por la misericordia de Dios que nos perdona, después de haber caído en él. Pero Dios quiso lucirse en María, haciéndola preciosa, limpia de todo pecado, llena de gracia. Por eso, María es la Purísima.
Lo que contemplamos en María, Dios lo quiere hacer en cada uno de nosotros y en toda su Iglesia. A María la libró del pecado por una gracia singular, a nosotros nos va librando del pecado por la gracia continua de su perdón, que nos cura, y de su gracia que nos previene. A María la ha llenado de gracia desde el comienzo, a nosotros nos va colmando de los dones que rebosan de Cristo hasta llevarnos a la santidad, pues “de la plenitud [de Cristo] hemos recibido todos gracia tras gracia” (Jn 1, 16).
Mirando a María, descansa la mirada y el corazón humano. Por eso, ella es “vida, dulzura y esperanza nuestra”. En ella vemos cumplido lo que Dios tiene preparado para nosotros, y eso nos llena de esperanza. Ella es la “señal” (Is 7, 14; Ap 12, 1) que Dios nos ha dado cuando nos anuncia sus promesas.
En el comienzo de la historia de la humanidad, cuando todo estaba en perfecta armonía porque había salido bien hecho de las manos del Creador, el hombre y la mujer libremente se apartaron de Dios por el pecado. “Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte… todos pecaron” (Rm 5, 12). Prefirieron su plan al plan de Dios. Dieron la espalda a Dios, e introdujeron la muerte en el mundo, con todo lo que a la muerte le acompaña. Este es el pecado original, con el que todos nacemos heredado de nuestros primeros padres. Se produjo como un apagón universal y el hombre se encontraba “en tinieblas y en sombra de muerte” (Lc 1, 79). “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (Rm 3, 23).
La redención del mundo nos viene por Jesucristo. Él es la luz del mundo, y el que le sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (cf. Jn 8, 12). La redención de Cristo disipa toda sombra de pecado y de muerte e inyecta en nosotros una vida nueva y una esperanza.
Cuando está para llegar Jesús en la Navidad, como el que viene a salvarnos, la fiesta de la Inmaculada nos propone a María como aurora de la salvación. La aurora anuncia la llegada del día, la aurora es el día en sus comienzos. En María ya ha comenzado esa salvación que Jesús viene a traer para todos los hombres. Todo en estos días nos habla de Navidad, las luces, el ambiente, el encuentro con la familia. Que los cristianos percibamos el sentido profundo de estas fiestas que se acercan, de manera que nos acerquemos a Jesucristo y acojamos al Niño, que nace, en nuestro corazón. Sin Jesucristo no hay Navidad. María nos anuncia que ya está cerca. Agarrados de su mano, ella nos llevará hasta Él.
Con mi afecto y bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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