"Rebeldes y mendigos: la esperanza que se enciende", carta de Mons. Jesús Sanz


Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien. Nuevamente nos ponemos en danza para dar inicio a este tiempo estrenador de nuestro año cristiano. Nuevamente, sí, con todo lo que puede entrañar de riesgo atreverse a estrenar algo que no consideramos tal vez nuevo. Yo creo que para entender la envergadura de lo que significa este tiempo de gracia que comenzamos, este tiempo de Adviento, hemos de aguantar el tirón bendito (sí, un tirón no maldecido) de lo que supone hoy, para mí, aquí y ahora, sencillamente esperar. Porque si la espera es una palabra vacía, entonces no sé cómo podremos, con coherencia medianamente creíble, cantar con nuestro pueblo el “Ven, Señor, Marana tha”? La primera inercia que debemos desechar reside precisamente en esa especie de cansancio con el que comenzamos las cosas cada vez con menos fuerzas, con más años, con menor empuje… y tal vez con mayor escepticismo.
Esta es la gran señal de que ha sido tristemente domada nuestra indómita capacidad de rebeldía: el día en que nos llegamos a resignar con la vida que no responde a nuestras preguntas más nuestras. Ese es el día en que el joven que llevamos dentro, sea cual sea nuestra edad, se hace viejo de golpe y fatalmente. No somos rehenes de nuestros apagones, sino mendigos de la luz para la que nacimos, y esto es precisamente lo que pone en pie la liturgia del adviento cada año: no el apaño de la gran resignación, no la rendición ante nuestra última tregua, sino la capacidad de despertar, de asomarnos una vez más, de ponernos en pie cual peregrinos de cuanto seguimos esperando. Porque precisamente debido a que esperamos, nos hacemos –lo sepamos o no- testigos de una promesa que siempre se reestrena, la promesa que coincide con aquello a lo que Dios nos ha llamado y nunca termina de agotarse.
Muchas veces lo habremos pensado, o lo habremos soñado. Acaso muchas veces también habremos lamentado de que no termina de nacer del todo algo que necesitamos, y nos deja en los labios un sabor extraño de algo incumplido, ese no-sé-qué que nos deja balbuciendo. ¿Es esto lo que nos hace lentos y aburridos en el rito de tener que volver siempre a lo mismo? ¿Pero es acaso esto un rito que cansinamente repite y repite lo mismo? ¿Dónde está la novedad?
Es aquí donde la plática, la meditación o la carta tienen que dejar su púlpito, su fervor o su pluma, porque sólo cada uno puede seguir escribiendo lo que le anida por dentro con su ensueño más mágico y precioso o con su tristeza más escéptica y grotesca. Nosotros tenemos una edad, hemos abrigado proyectos y hemos restañado heridas; la vida nos ha ido llevando por mil derroteros, nos ha presentado gentes, nos ha dilatado con los paisajes más bellos o nos ha asustado en los barrancos más siniestros. Pero estamos aquí con todo ese bagaje de momentos, de nombres, de vivencias. Queda en común como un sutil hilo conductor la llamada recibida, esa que tiene nombre y carisma. Y queda también nuestra vida cambiada y continuamente cambiante que lucha entre las promesas recibidas y las frustraciones resentidas.
Con las cuatro candelas que iremos encendiendo domingo tras domingo en este tiempo de Adviento, la liturgia pone en nuestros labios esa vieja plegaria, aquella antigua canción que sin maquillar nuestra pequeñez, nuestra pobreza, nuestra condición, permite que nos asomemos a quien es nuestra grandeza, nuestra riqueza y nuestra única salvación: Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Cuántas veces lo hemos cantado y cuántas lo hemos creído! Y aquí estamos hoy, cada uno tan distinto y sin embargo siendo cada cual el mismo.
Dejemos que en este Adviento, año cristiano que estrenamos por primera vez sin que pueda repetirse luego, Dios nos sorprenda con su gracia. Que no deje de venir a nuestro pueblo.
Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
A.A. de Huesca y de Jaca

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