El arzobispo de Pamplona responde a algunas cuestiones sobre el Sacramento de la Penitencia

PREGUNTA: Me encuentro perplejo y confuso a la hora de vivir a fondo mi vida cristiana. La idea que, a veces, se está haciendo muy común es la de creer que para “pedir perdón de nuestros pecados” no necesito a una mediación como es la del sacerdote. ¿Por qué hemos de confesarnos individual y personalmente a un sacerdote y no lo hacemos individual y personalmente a Dios sin mediaciones?

RESPUESTA: La razón por la que necesitamos mediaciones es muy sencilla y muy lógica. Basta que pongamos el ejemplo del cuerpo humano y observemos que todo en él está bien conjuntado y armonizado, si uno de los miembros enferma es todo el cuerpo que se resiente de la enfermedad, si están sanos todos los miembros todo el cuerpo está rebosando salud. Cuando hay una enfermedad se programa todo un proceso de curación y de sanación aplicando la cirugía o la medicina.
De la misma forma en el “Cuerpo místico de Jesucristo” todo cristiano es miembro de este Cuerpo y si hay una falta de correspondencia al amor de Dios y se rompe con él, se necesita recomponer la comunión para así restablecer el equilibrio en este cuerpo que es la Iglesia. Para ello hay un medio de sanación que es el Sacramento de la conversión y si el que preside este sacramento es un sacerdote la razón es porque Jesucristo se lo ha encomendado a los apóstoles y a sus sucesores: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados”. Y si el sacerdote actúa en nombre de Jesucristo y en nombre de la Iglesia se realiza, en el momento de la confesión de los propios pecados del penitente, la acción del amor de Jesucristo que cura y la incorporación más viva y sana, del miembro que está enfermo, a la Iglesia.
Hoy es necesario reforzar en la vida cristiana este Sacramento de la Penitencia que consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador. El ser humano por naturaleza siente en su interior la culpabilidad de sus actos realizados mal y de ahí que crezca, cada día más, la visita al sicólogo o al siquiatra. La relación personal con los sicólogos o siquiatras se hace imprescindible: es el momento de expulsar los sentimientos de culpabilidad o las frustraciones interiores que anquilosan y esclavizan. El Sacramento de la confesión es tan importante que tiene como medio primordial y necesario declarar o manifestar la las propias debilidades y pecados ante el sacerdote y él en nombre de Jesucristo actualiza la misericordia de Dios en el creyente que se siente arrepentido, perdonado, renovado y curado. La alegría de estar en gracia y la paz interior serán sus mejores frutos.
La conversión purifica lo más íntimo de la existencia humana y hace posible que resplandezca el ser humano por lo que es: imagen de Dios. Cuando se empaña o se deteriora tal imagen es necesario lavar o restaurar aquello que ha sido lesionado y que es lo más hermoso que se da en la vida del hombre y que es la filiación divina.
En este tiempo de Adviento que es tiempo de conversión, ruego a todos los diocesanos que se abran al don de la misericordia de Dios. Todos tenemos alguna debilidad o pecado para arrepentirnos y así convertir, cada día más, el corazón a Dios. Y agradezco a los sacerdotes su dedicación y el tiempo que invierten a la escucha y atención de este Sacramento de conversión. ¡Preparemos los caminos al Señor que se acerca en la Navidad!

Mons. Francisco Pérez
Acerca de Mons. Francisco Pérez 339 Articles
Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).