"Festejemos nuestra esperanza", artículo de Mons. Juan del Río

El año litúrgico cristiano se abre con las cuatro semanas de Adviento que antecede a la Navidad. Es el tiempo de la virtud de la esperanza cristiana, que se apoya en la conmemoración de la triple venida del Señor. Nos prepara para celebrar el acontecimiento histórico del alumbramiento de Cristo, nos recuerda que el Señor vendrá al final de los tiempos para revelar la plenitud de su obra que fue realizada al venir por primera vez en la humildad de nuestra carne y, mientras tanto, Jesucristo no nos ha abandonado, sino que se hace presente en nuestras vidas y en la presencia de los sacramentos de la Iglesia.
El objeto de la esperanza es Jesús, Hijo de Dios vivo, que se encarnó, murió y resucitó. Anunciado por Isaías, el Bautista preparó los caminos de su venida y María con su “sí” abrió las puertas de nuestro mundo a Dios mismo y se convirtió en “estrella de nuestra esperanza” (cf. Benedicto XVI, Spe Salvi, 49).
Los cristianos, festejamos y celebramos la tensión escatológica del Evangelio. Cuando llega este tiempo litúrgico, en los sacramentos, en la Eucaristía de cada día, y al dar sepultura a nuestros seres queridos donde claramente expresamos nuestra confianza en el triunfo de “la resurrección de la carne y de la vida eterna”. Sin embargo, en una sociedad que ha expulsado a Dios de la vida pública y quiere arrancarlo del corazón del hombre, resulta provocadora esa alegría constante de los cristianos frente a la tristeza del alma que instaura la cultura dominante.
El misterio cristiano del Dios Humanado se ha incrustado en la historia de muchos pueblos. Esto ha producido un rico patrimonio cultural que traduce popularmente los grandes momentos de la vida de Cristo, como es el caso de la Navidad, algunos ejemplos serían: la nórdica corona de adviento, los portales de belén, los cantos de villancicos, las tradiciones culinarias navideñas, o el fomento en esos días de campañas de caridad y solidaridad a favor de los pobres, entre otras. Pero en la actualidad, el laicismo exacerbado ha entablado una batalla contra estas fiestas cristianas de Adviento-Navidad porque ve en ella una amenaza a los intereses dictatoriales de silenciar toda referencia a lo Sagrado y Trascendente en el ámbito oficial.
También dentro de la misma Iglesia existen algunos sectores, que de tanto afirmar la horizontalidad de la existencia cristiana, han perdido la referencia a la verticalidad de la fe que apunta hacia una meta que es el cielo. Sin esta reseña, el cristianismo se convierte en un pobre humanismo que no puede dar respuesta a las angustias, al hastío y a la desazón que produce la vida moderna. Creer en Dios y en la vida que nos tiene prometida, es la infalible razón que nos hace vivir con sentido. Porque la esperanza del premio eterno, conforta el alma y la predispone para realizar las obras buenas que edifican una sociedad más humana y justa.
La vivencia celebrativa de los misterios cristianos, nos lleva al convencimiento, de que la esperanza cristiana no es un autoengaño, una proyección en el futuro de las frustraciones del presente, no es una mera utopía, sino que la Promesa de Cristo, es ciertamente una realidad esperada, pero también una verdadera presencia que consolida nuestro existir. Este sentirse que somos “seres en esperanza”, lejos de oponerse o destruir las esperanzas del hombre en el mundo, las integra y las orienta hacia el destino último. No obstante, si se pierde a Dios y se ignora la vida eterna, las esperanzas intramundanas se convierten en una fuente de fracasos e insatisfacciones. Por ello, diría San Juan Crisóstomo: “es preciso que deseéis el cielo y los bienes del cielo; sin embargo, antes de llegar al cielo os exhorto a que hagáis de la tierra el cielo y que, aun viviendo en la tierra, todo lo hagáis y digáis como si ya estuvierais en el cielo” (Homilía sobre s. Mateo, 19).
En tiempos recios como los que corren, es necesario intensificar nuestra esperanza en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, el cual: “paso por estos sotos con presura, e, yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura” (S. Juan de la Cruz)

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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