El Papa califica al difunto cardenal Navarrete como ferviente servidor de la Iglesia e insigne jurista


Después de la audiencia general, en la Basílica de San Pedro, en las exequias del «querido y venerado cardenal Urbano Navarrete, que el pasado lunes, a la edad de noventa años, concluyó su larga y fecunda peregrinación terrenal», Benedicto XVI ha hecho hincapié en las palabras del profeta Daniel: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán» (Dn 12, 2). Y «los que enseñaron a la multitud la justicia, brillarán como las estrellas, por toda la eternidad» (Dn 12, 3), enlazándolas con la vida de este purpurado español de la Compañía de Jesús – ferviente servidor de la Iglesia e insigne jurista – que el mismo Pontífice había creado cardenal en 2007, según ha informado Radio Vaticano.
El horizonte descrito por Daniel es el del pueblo de la Alianza, que en las dificultades, en la prueba, en la persecución, debe asumir una posición ante Dios. Es decir, «mantenerse fiel a la fe de los padres o renegarla». El profeta anuncia la dúplice suerte final que es consiguiente a estas acciones. Unos se volverán a despertar en «la vida eterna, otros en la infamia eterna», ha recordado el Papa, señalando que se pone de relieve «la justicia de Dios»:

«Con ánimo conmovido y grato, deseo en este momento recordar al llorado purpurado como ‘maestro de justicia’. El estudio escrupuloso y la enseñanza apasionada del derecho canónico representaron un elemento central de su vida. Educar especialmente a las jóvenes generaciones a la verdadera justicia, la de Cristo, la del Evangelio: he aquí el ministerio que el cardenal Navarrete ha desarrollado a lo largo de toda su vida. A ello se dedicó generosamente, prodigándose con humilde disponibilidad, en las diversas situaciones en las que lo puso la obediencia y la providencia de Dios».
Desde las aulas universitarias, en particular como experto de derecho matrimonial, al cargo de decano de la Facultad de derecho canónico de la Pontificia Universidad Gregoriana, a la alta responsabilidad de rector del mismo ateneo, ha recordado el Santo Padre, subrayando también con especial afecto la atención del cardenal Navarrete hacia importantes eventos eclesiales como el Sínodo diocesano de Roma y el Concilio Vaticano II. Y su competente contribución científica en la revisión del Código de Derecho Canónico, así como su proficua colaboración con varios dicasterios de la Curia Romana, en calida de apreciado consultor.

En lo que concierne a la vocación sacerdotal y religiosa del cardenal Navarrete, el Santo Padre ha recordado que en una entrevista reciente había dicho que nunca había dudado de su elección, ni siquiera en los momentos de contestaciones:

«Esta afirmación resume la fidelidad generosa de este servidor de la Iglesia a la llamada del Señor, a la voluntad de Dios. Con el equilibrio que lo caracterizaba solía decir que eran tres los principios fundamentales que lo guiaban en el estudio: mucho amor al pasado, a la tradición, porque el que en ámbito científico – en particular un eclesiástico – no ama el pasado es como un hijo sin padres. Luego, la sensibilidad hacia los problemas, las exigencias, los desafíos del presente, donde Dios nos ha colocado. Y, finalmente, la capacidad de mirar y de abrirse al futuro sin temor, pero con esperanza, aquella que viene de la fe. Una visión profundamente cristiana, que ha guiado su compromiso en Dios, por la Iglesia y por el hombre en la enseñanza y en las obras».
Tras reiterar que «en Cristo, el hombre encuentra el camino de la salvación y también la historia humana recibe su punto de referencia y su significado profundo», Benedicto XVI ha destacado que el cardenal Urbano Navarrete ha profesado incesantemente su fe en el misterio de amor de Dios, rico en misericordia, que proclamó a todos con su palabra y su vida, también en la Compañía de Jesús a la que pertenecía:

«El cardenal Urbano Navarrete, hijo espiritual de san Ignacio de Loyola, es uno de los discípulos fieles que el Padre ha dado a Cristo para que estén con él. Ha estado ‘con Jesús’ en el curso de su larga existencia, ha conocido su nombre. Lo ha amado viviendo en íntima unión con Él, especialmente en los prolongados momentos de oración, donde encontraba, en el manantial de la salvación, la fortaleza para ser fiel a la voluntad del Dios, en toda circunstancia, también la más adversa».
Lo había aprendido desde niño, en su hogar, gracias al luminoso ejemplo de sus padres, que supieron crear en familia un clima de profunda fe cristiana, favoreciendo en los seis hijos, tres de ellos jesuitas y dos religiosas, la valentía de testimoniar su propia fe, sin anteponer nunca nada al amor de Cristo y haciendo todo para mayor gloria de Dios, ha señalado el Papa, encomendando a Dios el alma del cardenal Urbano Navarrete e invocando la intercesión de la madre de Jesús y madre nuestra, espejo de justicia.

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