El obispo de Ciudad Rodrigo a aprovechar el Adviento para redescubrir la presencia de Dios


«DIOS SE NOS DA PARA QUE NOSOTROS NOS DEMOS», carta del obispo de Ciudad Rodrigo

Con el tiempo del Adviento abre sus puertas un nuevo año litúrgico. Durante cuatro semanas la Iglesia nos invita a prepararnos espiritualmente, mediante una sincera y fructuosa conversión a Dios, para celebrar desbordantes de gozo la solemnidad de la Navidad, en la que los cristianos conmemoramos la primera venida del Señor. Al mismo tiempo, somos también convocados a permanecer expectantes ante la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos.

Dios, que habló en otro tiempo a su pueblo por medio de los profetas, en esta etapa final de la historia ha querido decírnoslo todo por medio de su Hijo. Dios viene en persona a hablar con nosotros, a iluminar los ojos de nuestro corazón, a decirnos que somos hijos de Dios, a mostrarnos el camino que conduce a la vida y a establecer con todos un pacto de comunión y de amistad. Ante esta condescendencia de Dios, que desea compartir nuestra condición humana para hacernos partícipes de su divinidad, todos tendríamos que abrir bien los ojos de la mente y del corazón para escuchar y acoger sus palabras de amor.

Ante esta inconcebible noticia, tendríamos que preguntarnos: ¿Realmente creemos que Dios se hace hombre para salvarnos? ¿Estamos dispuestos a abrirle las puertas de nuestro corazón para que entre en nuestra vida y oriente nuestros pasos? Con frecuencia, corremos el riesgo de que esta gran noticia pase inadvertida o quede en la penumbra. Son tantas y tan variadas las noticias, que nos llegan cada día por distintos medios que podemos llegar incluso a perder la capacidad de discernir lo importante de lo secundario, lo permanente de lo pasajero.

En ocasiones vivimos distraídos y con la mente embotada de tantas cosas secundarias que somos incapaces de descubrir a Dios, que nace cada día, que se hace realmente presente en nuestro mundo y que nos habla por medio de los sacramentos, por medio de su Palabra de vida y por medio de tantos hermanos necesitados de consuelo y de cariño. Es más, pretendemos justificar nuestra indiferencia religiosa o nuestra rutina espiritual diciendo que no tenemos tiempo para escuchar a Dios, que desea hablarnos palabras de amor y de perdón. ¡Cuántas disculpas damos para no enfrentarnos con nuestra realidad y para no plantearnos la realidad de Dios como fundamento de la existencia humana y como plenitud de sentido para todo hombre!.

Y qué sucede si no escuchamos a Dios. Quien no escucha a Dios, no puede responder a su amor, renuncia a su salvación, vive sin la verdadera esperanza y no puede darle su “SÍ como hizo la Santísima Virgen y tantos santos a lo largo de la historia. El tiempo litúrgico del adviento es la espera amorosa de Dios, que viene a nosotros para ofrecernos la salvación y la posibilidad de participar de la vida divina, pero también es la espera por parte de Dios de nuestra entrega a Él. Nosotros esperamos a Dios y Él nos espera a nosotros. De este modo Dios se nos da, y nosotros, mediante la fe, nos damos a Él, le entregamos lo que somos y tenemos.

Que María, la mujer del adviento, nos ayude a responder a su Hijo con generosidad y disponibilidad: Aquí estoy. “Hágase en mí según tu palabra”. Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros para que experimentemos el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene. De este modo, iluminados por el resplandor de su luz, podremos caminar como hijos de la luz, venciendo y superando la oscuridad del pecado.

+ Atilano Rodríguez, Obispo de Ciudad Rodrigo

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