"Jesús, el rey de la cruz", carta del obispo de Girona

La Iglesia quiere que hoy, por medio de la liturgia, centremos nuevamente y como siempre nuestra atención en Jesucristo, como rey y Señor de todo. Empero, Jesús es el rey de la cruz y, por ello, el rey de la entrega, del servicio, del amor y del perdón.Jesús es rey, pero del Reino de Dios.

El fragmento del evangelio del presente domingo es a modo de resumen del anuncio de Cristo, tal como Lucas nos lo presenta a lo largo de su evangelio.

– Jesús en la cruz. El propio Lucas nos dice que, clavado en la cruz, pedía perdón al Padre para sus verdugos. Suprema expresión de la misericordia del rey que muere perdonando.
– Las autoridades religiosas judías se ríen de Jesús, y le reprochan que si es el Mesías de Dios, el rey esperado, se salve a si mismo como había salvado a otros.- Los soldados también se burlan de él, y lo hacen recordándole el título de rey de los judíos.- Sobre la cruz había un rótulo que expresaba la sentencia de Pilatos, el representante del hombre más poderoso de la tierra: “El rey de los judíos”.- Uno de los criminales también lo contempla como rey con poder para salvarlo de la cruz: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.- Sólo uno de los criminales, expresión de la escoria del mundo, sabe descubrir en Jesús al inocente, al hombre bueno; sabe darse cuenta de su propia culpa, y sabe pedir perdón y también expresa el deseo que Jesús se acuerde de él cuando llegue a su Reino.
Estemos atentos: Jesús culmina su camino humano prometiendo la salvación a un pobre –a un criminal– que le pide compasión: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.Fijémonos en ese detalle: el triunfo final de Jesús consiste en conseguir la sencilla plegaria de un criminal crucificado a su lado. Acto final y solemne del camino de Jesús, el Mesías: acoger la plegaria del pecador.¡Cuan peculiar es ese rey llamado Jesús!Su fuerza y su poder: amar hasta entregar su propia vida.Su victoria: ofrecer el amor de Dios, la salvación a todos los que, de una u otra forma, reconocen que tienen esta necesidad.Estos días, para mi mismo y también para los lectores, me pregunto: ante Jesús y su reino, ¿con cual –o cuales– de estos personajes nos identificamos?¿Actuamos como lo hacen las autoridades judías, que, desde una cierta concepción religiosa, le piden milagros, signos prodigiosos para que demuestre quien es? ¿Condicionamos, pues, nuestra adhesión y fe en Jesús a querer verlo todo claro, por medio de grandes milagros que sean una demostración?
¿Acaso nos comportamos como los soldados romanos que deseaban que demostrara su poder a semejanza de un rey mundano?¿Nos parecemos al criminal que también sufre en la cruz, pero al que no le interesa Jesús, ni el Reino que ha predicado, sino que lo único que le interesa es salvar su piel? Concretamente, ¿nos interesamos sólo por Jesús en los momentos difíciles para exigirle que nos libre de la cruz de la condición humana o del sufrimiento? ¿Nos interesamos por Jesús a modo de garantía de nuestro bienestar?¿O nos parecemos al criminal, al pecador que, por medio de una plegaria sincera, sabe reconocer en el crucificado al único que puede ofrecerle aquello que nadie más puede darle, el que tiene la palabra definitiva, el que puede otorgarle la paz y el perdón que necesita, la salvación para él, que es un condenado?Solo este último ha entendido el significado de Jesús rey.La Buena Noticia de esta fiesta es, precisamente, que Jesús, y no otro, es nuestro rey y Señor. Jesús, el que entrega su vida, para que la vida sin limitaciones, el amor que llega al perdón, que hace que la persona sea transformada y transformadora del mundo… sean una realidad.No podemos tener mejor Señor. En Él podemos depositar toda nuestra confianza.Estemos alerta, para no caer en la tentación de creer que los señores de la historia son otros. Es tan fácil confiar y dejarse llevar por “otros señores” que pretenden manifiestamente tener la llave, la solución.Los primeros cristianos morían proclamando que el César de Roma no era “el Señor”, sino que únicamente lo era Jesucristo. Eran obedientes a la autoridad, pero no “la adoraban”.
Los eremitas, los monjes, las monjas, las personas de vida consagrada, dan testimonio del hecho que Jesucristo es el único Señor a quien se puede entregar totalmente la propia vida, sentimientos, proyectos…Muchos creyentes, mártires en la lucha por la justicia, por la libertad, han muerto manifestando que “el dinero”, “el dólar” no son el Señor.Tener a Jesús por rey, nos pide preguntarnos a que Señor servimos y adoramos.

+ Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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