“La muerte no es final”, artículo de Mons. Juan del Río


Una de las cosas más llamativas de la posmodernidad es la superficialidad de la existencia, la falta de vivir a fondo, el miedo al futuro en todo sus aspectos: profesionales, vocacionales, y también del más allá. En muchos ambientes hablar de la muerte no es “políticamente correcto”, no está bien visto, salvo si es para discutir sobre el último tráiler de moda o disfrazarse de muerto para la fiesta pagana de Halloween.
El hecho de esconder la muerte es una de las causas que han llevado a deshumanizar el proceso de morir, originando que la perspectiva de la muerte provoque en muchos de nuestros contemporáneos una inmensa angustia, que dificulta extraordinariamente la relación con el enfermo terminal: no sabiendo acercarse a él, acompañarle en sus temores y esperanzas, proporcionarle el apoyo y el calor humano que tanto necesita. Todo esto ha llevado al hombre de hoy a ver en la eutanasia una salida para tener el menor tiempo posible ante sí las “señales de la muerte”. Pero esto agrava el problema, ya que presentar como huida de la muerte la propia muerte, aumenta la angustia en el corazón de este “hombre light” que se ve constantemente amenazado por ella, sobre todo cuando sabemos que actualmente la vida del ser humano es más larga.
En el “arte de vivir” es necesario que se reincorpore el problema de la muerte, sin negarla ni reprimirla, sino desdramatizando este tabú presentándolo no como un hecho fatal, sino como una situación natural que está íntimamente unida a la naturaleza humana que es mortal “per se”. Matar el tabú de la muerte, poner fin al autoengaño facilitaría al hombre el encontrarse consigo mismo y lo capacitaría para dar una nueva dimensión a su propio sentido de responsabilidad ante la vida y la muerte. Para ello es necesario dos líneas de actuaciones: la información y la educación.
En relación a la información se ve necesaria crear campañas informativas donde se expongan los adelantos técnicos de lucha contra el dolor y el sufrimiento. Es decir, manifestar los logros que los hombres hemos alcanzado en nuestra pelea contra la muerte haciendo ver de esta forma que, aunque es un enemigo del que no nos podemos librar, y ante el cual es absurdo taparse los ojos. Sin embargo, es un enemigo al que actualmente y gracias al desarrollo de la medicina, podemos suavizar su ferocidad y su daño a través de la terapia del dolor. Pero el problema está en que muchas veces las campañas informativas se hallan envueltas en una “idolatrización” de la técnica creando falsas expectativas de inmortalidad; Por eso mismo, se está dando una enconada violencia y resentimiento frente a los profesionales de la medicina e instituciones sanitarias.
En la tarea de educación se ha de conseguir dos objetivos: la familiarización con la muerte y la educación integral. Con respecto al primer objetivo es necesario que en las instituciones educativas se aborden los temas del morir como destino del hombre y de la asistencia debida a los moribundos y a sus familiares. La persona madura es aquella que encara el último tramo de su vida con esperanza de que la muerte no sea la última palabra de la historia. Acerca de la preparación dice Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium Vítae: “la labor educativa debe tener en cuenta el sufrimiento y la muerte. En realidad forma parte de la experiencia humana, y es vano, además de equivocado, tratar de ocultarlos o descartarlos. Al contrario, se debe ayudar a cada uno a comprender, en la realidad concreta y difícil, su misterio profundo” (nº 97).
Pero la muerte tiene sentido sólo si junto a ella se anuncia también la vida. La nada no es la respuesta humana. La pretensión de perduración indefinida, de inmortalidad, es universal en distintos grados y en diversas formas. Dice Julián Marías: “no esperar, dar por supuesto que la vida termina con la muerte biológica, y no hay más…esa actitud ha sido causa principal de la infelicidad de millones de personas…debido al vacío que deja en la vida humana la ausencia de esperanza”
En los actos militares, la familia castrense recuerda a los soldados que dieron su vida por España, con signos, silencio, toque de oración, canto y salvas Todo en su conjunto revela cómo los presentes perciben que el militar ha sido educado para asumir su propia muerte como precio a la seguridad, defensa y libertad de los otros. De ahí, que sea tan emocionante escuchar, en medio de un mutismo estremecedor, la plegaria que entre otras cosas dice: “…. salvar a España su pasión eterna, servir en el Ejercito su vocación y sino. No quisieron querer otra Bandera, no pudieron andar otro camino, no supieron morir de otra manera”. Ciertamente, si hay un colectivo social que ha vencido el tabú de la muerte de la cultura dominante, son precisamente los militares. Por eso ellos cantan con fuerza: La muerte no es el final del camino.

+Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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