El “amagüestu”, carta de Mons. Jesús Sanz


Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien.
El amagüestu es una palabra nueva que he incorporado desde el vocabulario asturiano: amagüestu. No es fácil su traducción, pero sí que podemos intentar la descripción de lo que significa, porque tiene tanto que ver con lo que en estos días del año vivimos y celebramos. Son muchos los que leen y oyen estas líneas fuera de Asturias, y con este pretexto hago este comentario en la carta semanal. Porque más allá de la palabra en sí misma, lo que viene a expresar es algo que transciende una tierra y un hablar.
El amagüestu propiamente es una escena asturiana típica del noviembre otoñal, con un rito sencillo y hermoso como reunirse en torno a un hogar con buena lumbre, unas castañas asadas que se comparten, y una sidra dulce y fresca. En ese ambiente casi bucólico de nuestros ancestros más hondos, la gente hablaba de sus cosas íntimas y familiares. Los mayores contaban historias viejas del pueblo, del valle, de la familia. Y los más pequeños escuchaban embelesados ese relato del que formaban parte como el desarrollo natural del mismo. Sus ojos de niños, se asomaban a esa larga historia que les hacía de sustento, que les daba la clave para entender tantas cosas de la vida y de la fe.
La tradición de unos usos y costumbres, de unos valores humanos y cristianos, de un afecto por el terruño y el lugar, de una memoria agradecida por la propia gente, se transmitían así entre castañas calientes recién asadas y entre sorbos gustosos de la sidrina llambiona y refrescante. Así de sencillo y así de veraz.
El otoño es un marco generoso para este tipo de encuentros. Los fríos que ya se nos adentran, las primeras nieves que revisten de pureza nuestras cumbres cortejando nuestra curiosidad cada mañana y despertando la alabanza por doquier, las alfombras de hojas color ocre en los caminos y paseos que hacen mullido y sonoro nuestro andar, todo ello reclama una calma serena que pone paz en el alma, sosiego en la mirada, acogida hospitalaria en las entrañas, y plegaria agradecida al Buen Dios en nuestros labios.
Lástima que la prisa nos llene de ruidos y de anonimato impersonal, la telebasura nos hurte el encanto y la inocencia atiborrándonos de frivolidad, la falta de tiempo no nos permita mirar las cosas y a las personas en su sencilla verdad. Por este motivo, aquel amagüestu de nuestros mayores, nos reclama no tanto a la nostalgia de un tiempo que ya pasó, sino a la sabia recuperación de lo que de suyo no caduca, de lo que sigue ayudándonos a vivir cristianamente nuestra propia humanidad.
Noviembre otoñal, tiempo calmo en donde recordamos a los santos todos con los que empezamos el mes, y en donde traemos a nuestra memoria el recuerdo de los seres queridos que nos han acompañado en el ayer y que tras la hermana muerte nos aguardan en esa tierra de la espera hasta que el Señor vuelva, como Él nos prometió.
Es realmente hermoso poder vivir las cosas sin los vaivenes apresurados, sin las insidias crispadoras, sin los dimes y diretes que demasiadas veces nos impone el paso de los días. Es realmente bello tener en el hondón del alma esa manera honestamente humana y cristianamente creyente, que nos permite conjugar la vida en sus tres tiempos verbales más verdaderos y más reales: el pasado de un ayer que recordamos con gratitud y sin extrañas nostalgias, el futuro de un mañana que aguardamos con esperanza y sin temores infundados, y el presente de un hoy que nos atrevemos a mirar con pasión y sin irresponsabilidad. En el amagüestu de estos días, hay unas castañas asadas y una afable sidrina, que nos ayudan a vivir lo humano y lo cristiano, el agradecimiento, la esperanza, y el afán. Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
A.A. de Huesca y de Jaca

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