"¿Amenazados de muerte o de vida?", carta del obispo de Girona

He ahí la gran cuestión: ¿amenazados de muerte o de vida?
Utilizo esta expresión porque la leí en una entrevista a un periodista amigo de un obispo suramericano asesinado. El entrevistador le pregunta si teme a la muerte, dado que está amenazado de muerte como su amigo el obispo, y el periodista le responde: “Tienes que saber que estoy amenazado de vida. Sí temo a la muerte, pero ‘amenazado’ sólo lo estoy de vida”.
Penúltimo domingo del año litúrgico. La liturgia de la Iglesia nos invita a contemplar el punto final de la historia humana y el nuestro; pero, al mismo tiempo, a vivir la propia historia con la perspectiva de la salvación, que ya se ha realizado en Jesucristo, y que es el término definitivo al que nos encaminamos.
El evangelio del presente domingo es una invitación a vivir la historia, nuestra propia historia y la propia vida desde la perspectiva de Dios, asumiendo los desastres, el dolor, el fracaso, la muerte y la persecución.
Aparentemente solo se trata de una narración de confusiones, cataclismos, desastres, persecuciones. De hecho, el evangelista mezcla dos tiempos distintos: la situación de Jesús y los discípulos antes de la pasión, momento en que el evangelista sitúa el discurso de Jesús, y el momento que vive la comunidad cristiana a la que san Lucas dirige el evangelio.
Los discípulos ya viven con la sensación de un próximo descalabro: lo que Jesús había iniciado terminaría mal. Los comentarios sobre el magnífico templo de Jerusalén expresaban que aquella obra, signo de la presencia de Dios entre su pueblo, era ciertamente segura y definitiva.

Jesús les dice que el templo será destruido, que ni siquiera el templo es definitivo; y al mismo tiempo les transmite un mensaje más importante: que la destrucción del templo no será el final, sino que tendrán que afrontar una vida muy dura, también sufrirán persecuciones, y entonces habrá llegado el momento de dar testimonio, confiar en Dios y sufrir fielmente.
Cuando Lucas escribe esta página del evangelio y la leen sus destinatarios cristianos, una serie de hechos, que parecían el capítulo final de la historia, habían afectado profundamente a los creyentes.
La destrucción de Jerusalén y su templo, el año 70. Los romanos no dejaron piedra sobre piedra. Experiencias de guerras y revoluciones. Hechos trágicos: terremotos, hambre. También viven la experiencia de ser perseguidos a causa de su fe. Conducidos a las sinagogas de los judíos y llevados ante los tribunales del emperador. Incluso acusados por los propios familiares. Algunos ya habían muerto.
En esta situación las tentaciones de desánimo, de dejarse engañar por falsas salvaciones, de desconfiar de Dios, eran muy fuertes.

El evangelista, recogiendo las sentencias de Jesús, les anima a vivir su tiempo con unas actitudes muy concretas:
– En este mundo no hay nada definitivo.
– No os dejéis engañar por falsas salvaciones y falsos salvadores que aparecerán en distintos momentos de la historia. Incluso os dirán que estoy en uno u otro lugar, y os pedirán que los sigáis.
– La historia estará cuajada de muchos desastres, de hechos terribles de sufrimiento y para vosotros podrán añadirse persecuciones, incluso por parte de los que os son más cercanos, amigos y familiares. En cada momento o situación habréis de dar testimonio.
– Debéis confiar, pues no se perderá ni siquiera uno de vuestros cabellos, y si sufrís con constancia, salvaréis para siempre vuestra vida.
La descripción que hace Jesús de los males de la historia es muy actual. También nosotros vivimos en un tiempo de crisis y desconcierto. Ciertas seguridades se hunden, guerras, hambrunas, calamidades, algunos son perseguidos por razón de su fe, otros son despreciados por la misma razón. Las consignas del evangelio son también válidas para nosotros.
– Nada humano es definitivo. Valoración y contingencia de las obras humanas. No convirtamos nada ni nadie en Dios, en valor absoluto. Tener conciencia de nuestra condición nos hace más humanos.
– En tiempos de crisis, de oscuridad, de desconcierto, estemos alerta ante ciertas propuestas “de salvación” y de supuestos salvadores.
– Vivamos nuestro tiempo, con su carga de sufrimiento, males, dolor y persecución, dando testimonio por medio de la vida y la palabra de aquel en quien confiamos, de aquel en quien hallamos la ayuda, la fuerza y la esperanza que nos sostiene y la comunidad que nos acompaña. Convencidos que el Señor está con nosotros todos los días y, por ello, vivamos confiados en el amor de Dios que no permitirá que se pierda ni uno de nuestros cabellos, que velará por nosotros en todo momento. Y al mismo tiempo, sigamos luchando, en la medida de nuestras posibilidades, contra el mal en todas sus modalidades, y también -cuando sea necesario- sepamos sufrir con constancia.

Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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