El arzobispo de Tarragona dedica su carta semanal a explicar la visión cristiana de la sexualidad


EL SEXO COMO DON DIVINO
Reanudando los comentarios que estoy dedicando a los Diez Mandamientos, hoy corresponde fijarme en el sexto y el noveno, que advierten sobre la orientación correcta del gran don que es el sexo y de los males que acarrean la lujuria y la concupiscencia.
“No cometerás adulterio” mandaba ya la Antigua Ley, según referencias explícitas en Éxodo 20,14 y Deuteronomio 5,17. Es un mandamiento que Cristo superó en su formulación expresándose de este modo: “Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya comete adulterio con ella en su corazón”. (Mt 5, 27-28).
Cuando Juan Pablo II pronunció esta frase, en una de sus alocuciones, no faltaron periódicos que titularon con ella y tampoco quienes se escandalizaron, por desconocimiento de las Escrituras y por una interpretación errónea de sus palabras. El mensaje de Jesús no tiene nada que ver con el puritanismo, sino con el deseo de poner de relieve algo a lo que el mismo Papa dedicó más de un centenar de intervenciones en su pontificado: a la importancia de integrar el sexo en la persona.
Hoy se habla mucho de sexo. El arzobispo y gran predicador americano Fulton Sheen (1885-1979) escribió: “En la Inglaterra victoriana se pretendía que el sexo no existía. La modernidad pretende que no existe nada más”. ¡Claro que existe este don divino por el que Dios quiso que se expresara el amor conyugal y a través del cual las personas participan del poder creador de la vida. “La unión del hombre y la mujer en el matrimonio —señala el Catecismo de la Iglesia Católica— es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador”.
La tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como referido a la globalidad de la sexualidad humana y ha hecho pedagogía de la libertad humana enseñando que la castidad implica un “aprendizaje del dominio de sí del cual nadie está exento”. De este modo entiende también que el acto sexual debe estar ligado a la donación matrimonial y estar abierto a la vida, rechazando cualquier disociación que pueda establecerse en nombre exclusivamente del placer como guía máxima o única.
El noveno Mandamiento complementa al sexto al rechazar la codicia que lleva desear la mujer del prójimo lo mismo que sus bienes. Nos llama a purificar el corazón, a una pureza de intención vista de manera positiva, tanto en nuestra vida personal como en las relaciones sociales. Entonces se descubre que la llamada “permisividad de costumbres” se basa en una concepción errónea de la libertad humana, ya que encadena la mente y el corazón a los apetitos inferiores y a los vicios y establece un desorden en el ser que lleva a la infelicidad.
La Iglesia no teme ser acusada de retrógrada al hablar de estos temas. Sabe lo que se juega y que debe hablar en verdad al margen de una popularidad inmediata o de la persecución de determinada imagen. La sexualidad es una bendición divina a la que debemos corresponder desde el respeto y la gratitud.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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