"Dios en la plaza pública", artículo de Mons. Juan del Río


La visita pastoral de Benedicto XVI a Santiago de Compostela y a Barcelona ha tenido un “hilo conductor”: “Solo Dios basta” que diría el Papa, citando a Santa Teresa de Jesús. En el actual horizonte social y cultural resulta incomodo invocar a Dios, conformar la vida según sus mandamientos, y que su nombre sea reconocido en la vida pública. Parece como si para ser ciudadano democrático los católicos tuvieran que renunciar a su identidad religiosa, o al menos silenciarla. Lo que se “cotiza” en la nueva carta de plena identidad democrática al uso es declararse ateo, agnóstico o pertenecer a la cualquier otra religión menos aquella que ha configurado el “alma” europea y que es la cristiana.
En este panorama el encuentro entre la fe y la modernidad es clave para el futuro de Europa y de España. Si, como reconocen los más destacados analistas, Juan Pablo II fue uno de los artífices de la caída del muro de Berlín, a Benedicto XVI le ha tocado derribar una muralla más invisible pero por ello no menos encumbrada como son los mitos de la modernidad y de la postmodernidad. Esto lo está realizando mediante la revolución de la primacía de la verdad, del amor, la razón y la ley natural. En ella la libertad alcanza su verdadero sentido; de situarse en lo esencial del misterio cristiano; de la recuperación de los valores que hicieron grandes a nuestro continente.
Con estos presupuestos, la centralidad de Dios es primordial para el Papa Ratzinger. Desde su llegada a Galicia, en la primera escala de su reciente viaje a España, ha dejado claro que: “quién peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace para encontrarse sobre todo con Dios que, reflejado en la majestad de Cristo, lo acoge y bendice al llegar al Pórtico de la Gloria”. La gran tragedia de Europa es que se ha instalado en la ideología artificial de que Dios no es necesario; que, además, es enemigo de la libertad del hombre, de su felicidad y plena realización. Esta “enfermedad del espíritu” crea una sociedad asfixiante en su propio materialismo y con un gran “déficit motivacional” (Habermas) para construir un mundo justo y en paz. En la plaza del Obradoiro, el Sumo Pontífice señaló que para superar esta crisis que, sobre todo, es de valores “es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa”.
Pues bien, para ello hay que proclamar sin miedos, ni complejos ante la modernidad, que solamente Dios es la luz que ilumina la inteligencia, el amor fiel e indefectible, el horizonte infinito que nos redime y nos salva. Esto es lo que hicieron los jóvenes guardiamarinas de la Escuela Naval Militar en Marín, situados en la escalinata de la fachada principal de la catedral de Santiago, cuando entonaron la Salve Marinera que cerraría la solemne Misa del “peregrino de Dios” presidida por Benedicto XVI. ¡Ellos fueron una señal de una Europa más espiritual, más humana!
En el otro lado de la Península, el Papa se encontró en Barcelona con el templo de la Sagrada Familia, la obra de Antoni Gaudí. Ello es un claro exponente de cómo la fe de un cristiano ejemplar, unida a sus dotes geniales de arquitecto, crea religiosidad, arte, cultura para gloria de Dios y gozo de los hombres. El artista catalán no ocultó su fe en el intimismo de su conciencia, sino que: “sacó los retablos afuera, para poner ante los hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo… E hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como belleza…Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre”.
¿Habrá gente todavía que contemplando la asombrosa arquitectura de la nueva basílica de la Ciudad Condal sigan pensando que la fe aliena la mente, que creer en Dios es una superstición de incultos, que vivir según el Evangelio de Cristo es una pérdida de tiempo? ¡Pues sí los hay, y, por desgracia, no pocos! Son aquellos que, consciente o inconscientemente, se encuentran atrapados por el oscurecimiento de la verdad, por la pérdida de valores últimos y por la inmediatez de la utilidad técnica.
Al hombre de la posmodernidad, le desencajan estas expresiones artísticas que tienen como fundamento último –más allá del físico y material que aporta la naturaleza y la geometría- la idea de Gaudí de que la religión es la cosa más elevada en el hombre. Así, cuando el laicismo excluyente que recorre Europa tiene la pretensión de liquidar todo vestigio de presencia religiosa cristiana en el espacio público, tendiendo a una hegemonía cultural y política, la persona y obra de este universal barcelonés es toda una contracultura en la actualidad. Porque para él, como diría Benedicto XVI, la belleza es la gran necesidad del ser humano; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza…, porque la obra bella, como Dios, es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.
Ojalá cunda este empeño “contracultural” tan beneficioso. Es la tarea que nos ha puesto Benedicto XVI.

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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