"Ayuda para ayudar: día de la Iglesia diocesana", carta de Mons. Jesús Sanz


Queridos hermanos y amigos: paz y bien. Nos hacemos mil preguntas sobre la ayuda que podemos ofrecer a quienes tienen menos que nosotros. Despejamos la picaresca de quien pidiéndonos ayuda nos puede engañar, y despejamos igualmente nuestro propio cinismo que se atrinchera ante la picaresca para no soltar un duro. Así andamos de inseguros y ambiguos a la hora de ayudar. Pero la realidad es siempre dura, incluso terca, cuando nos tiende su mano mendiga y no tenemos tiempo de elucubrar nuestro pretexto y escabullirnos con una excusa.
Que cualquiera nos puede engañar es un dato que pertenece a la historia de los humanos. Pero eso no legitima que veamos a cada prójimo necesitado como un presunto delincuente, un atisbo de bandido, alguien que de seguro nos clavará la espada de su engañifa para sacarnos partido. Otra cosa es que tengamos los ojos avizores abiertos desde la prudencia. Y que acertemos a encauzar nuestra ayuda solidaria de la mejor manera, del modo más seguro cuando se trata de que llegue nuestro gesto al destino del necesitado real y verdadero.
La Iglesia Católica desde el principio señaló la caridad como la virtud que nos asemeja más a la entraña de Dios Amor. Y la caridad es el nombre cristiano con su particular denominación de origen, de ese otro nombre noblemente humano que es la solidaridad que se entrega y comparte con un hermano. Dios ha hecho precisamente esto al hacerse hombre dándonos así el gesto supremo de la entrega amorosa.
Por este motivo los cristianos hemos ido escribiendo a lo largo de los siglos las páginas más hermosas de ese amor que siendo distinto cuando tiene a Dios o al hombre como destinatario, es siempre un amor inseparable. Distinto pero inseparable. Tantas obras educativas, asistenciales, sanitarias, culturales, que han ido contando en cada tiempo y lugar, que amamos a Dios sin hacerlo contra el hombre. Hospitales, leproserías, colegios para niños y jóvenes, centros para ancianos, locales de acogida de transeúntes y marginados de todas las clases, instituciones de rehabilitación de alcohólicos y toxicómanos, viviendas para los que viven sin techo, ámbitos de humana dignidad para refugiados políticos o víctimas de malos tratos o ex presidiarios. Y junto a toda esa labor asistencial, hemos querido cuidar el arte y la cultura que testimonia la belleza y la bondad en la escultura, en la pintura, en la arquitectura, en la música y en la literatura.
El próximo domingo celebramos el día de la iglesia diocesana. No es el día de un extraño orgullo, sino el día en el que con sencillez y sin complejos pedimos ayuda para poder ayudar. Quienes no tienen miradas torcidas, saben que las manos de la Iglesia tienen nombre en cada Diócesis: Cáritas, Manos Unidas, Conferencias de San Vicente, y un largo etcétera de una red solidaria que conjuga el abrazo samaritano a los mil heridos en el camino, con el gesto precioso y preciso de abrazar a Dios que en nuestros hermanos más necesitados esperan nuestro apoyo.
En estos momentos de especial carencia en tantas personas, y de tanto desprecio por la presencia católica en una sociedad neopagana, nos atrevemos a pedir con sencillez una ayuda para que la Iglesia Diocesana pueda seguir ayudando en todos los frentes en los que se reclama nuestra presencia cristiana. Los indigentes de todas las penurias sociales, los hambrientos de una fe verdadera, los niños, jóvenes y ancianos con sus demandas y necesidades, las familias y sus tremendos desamparos y desafíos, nos están esperando. Dios sea bendito si podemos allegarles con lo mejor de nuestro amor que se hace caridad solidaria.
Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
A.A. de Huesca y de Jaca

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