¿Y de la vida eterna qué?


Por José María Gil Tamayo

Estando, como estamos, a estas alturas del año metidos en un ambiente tenso en los político con campañas electorales en cierne y por la dureza de la crisis económica, sólo aliviado de forma esperanzada por la gratificante visita del Papa Benedicto XVI a Santiago de Compostela y a Barcelona el próximo fin de semana, lo que nos traerá a primer plano las necesarias cuestiones esenciales de la fe, que son las que han hecho grande a nuestra patria y a sus gentes, que apenas nos queda aliento para fijarnos en el calendario litúrgico de este mes de noviembre, en especial estos dos primeros días de Todos los Santos y los Difuntos.
Son precisamente estos días y las semanas siguientes que finalizan el año cristiano aquellas en las que la Iglesia nos recuerda las realidades últimas de la existencia: los novísimos, a la par que nos invita a fomentar la virtud de la esperanza.
Pero al igual que ya denunciaban, hace precisamente en estas fechas más de una década, los obispos españoles en un magnífico documento titulado «Esperamos la resurrección y la vida eterna», hoy, según cantan los datos de las encuestas, el personal no está para mucho anhelo y deseo sobrenatural, antes al contrario se ha instalado en la finitud y no quiere saber nada de tejas para arriba, sino profesar el bienestar, estado del que se desea hacer partícipe hasta los muertos.
Nos hemos habituado a que cada año por estas fechas no se nos hable del más allá sino del aumento del coste de los servicios funerarios, así como de las modas sobre el particular, a gusto del consumidor que no del finado. Tampoco falta el dichoso y hortera “Halloween”, pero muerte, cielo, infierno, purgatorio y la gloria bendita… ni nombrarlos, incluso apenas se citan en la prédica del entierro, donde suele abundar, eso sí, el elogio fúnebre y el consuelo de la feligresía ocasional y escasea, en cambio, esta parte del Credo. Así está el patio postmoderno en el que, visto el fracaso de las utopías mundanas y progresistas, se ha contagiado a la ciudadanía con una creciente desesperanza ambiental, cuando no, para compensar, con esotéricos sucedáneos de trascendencia.
“Llama la atención –decían los obispos- que no pocos de los que se declaran católicos, al tiempo que confiesan creer en Dios, afirman que no esperan que la vida tenga continuidad alguna más allá de la muerte. ¿Qué Dios es ése en quien dicen creer quienes piensan que no ha vencido la muerte y que es ella la que tiene la última palabra sobre la vida del ser humano? No es, ciertamente, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el Dios vivo y verdadero”.
Pero ahí están los datos de reiterados estudios del CIS, según los cuales sólo cuatro de cada diez españoles creen en la vida después de la muerte. En el cielo creen en torno a un cuarenta por ciento, lo duda un treinta y rechaza su existencia otro tanto. En cuanto al infierno se invierten las cifras ya que la mayoría no cree, mientras que presenta dudas el mismo porcentaje que respecto al cielo. Lo del Purgatorio ya ni les cuento cuántos creen en su existencia.
Ciertamente estos datos muestran una escandalosa contradicción con la fe en el Dios cristiano y no deja de tener consecuencias para la propia existencia terrena, efectos que van desde la pérdida del sentido de la vida hasta el decaimiento de la solidaridad, pasando por la carencia de ilusión y el aumento del miedo a afrontar el futuro con decisiones duraderas. Una auténtica fragmentación vital: hechos polvo, nunca mejor dicho, aunque sin dejar de estar muy entretenidos y divertidos como muestra la banalización del final de la vida del ser humano que es el reiterado “Halloween” implantado machaconamente por los medios desde la escuela hasta el hogar del pensionista, pasando por discotecas y televiones… ¡Qué hartura!
Con este panorama, nada tiene de extraño que la Iglesia se haya propuesto darle la vuelta, haciendo de la recuperación de la esperanza una tarea urgente. Así lo promueven muchos de sus documentos, por ejemplo «Ecclesia in Europa» del recordado Juan Pablo II y la magnífica encíclica «Spe salvi» del Papa Benedicto XVI.
A los verdaderos creyentes toca hoy más que nunca “dar razón de nuestra esperanza” (1Pe 3,15) y pasar del dicho al hecho, o sea recuperar el artículo final del Credo: “…y en la vida eterna. Amén”.

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