Mons. Palmero escribe sobre el significado de la festividad de Todos los Santos

“La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero” (Ap 7,10).
Esta afirmación tan rotunda del Apocalipsis nos invita a recordar a quienes ya son abogados e intercesores nuestros en el cielo. Abrimos la puerta del mes y celebramos su fiesta, la de todos los Santos. Desde la edad media, invocamos ese día a Cristo Rey, en la Liturgia de las Horas, como Redentor del mundo y Salvador nuestro. Sabemos que quienes nos han precedido en la fe y gozan ya de una vida bienaventurada y feliz, la vida del cielo, alaban al Señor, le adoran y le bendicen. Y no sólo son para nosotros modelo de comportamiento, sino que nos ayudan también, nos echan una mano. Así de sencillo y alentador.
“Piadosamente se cree, enseña Santo Tomás de Aquino, que la Iglesia no yerra cuando afirma la santidad de alguien en un acto solemne de su canonización, desde la credibilidad de los testigos, la confirmación por los milagros y, sobre todo, la dirección de la Iglesia por el Espíritu Santo”. Cada año que pasa, el 1 de noviembre recordamos a todos los santos y santas canonizados. Pero no sólo a ellos, también a aquellos otros hermanos y hermanas, familiares nuestros, de nuestro entorno o de lejos, que son “santos”, porque han sido salvados. Este era el lenguaje que San Pablo utilizaba en sus cartas.
Estos, que nos dejaron y se purifican para el encuentro definitivo con Dios y quienes gozan ya del “descanso seguro y de la visión de la inefable verdad” –así habla San Agustín- forman con todos nosotros la gran familia de Dios. Compartimos, por tanto, sus bienes, y buscamos juntos la felicidad. “La felicidad de la plenitud, la felicidad de la vida divina, hecha posible a una admirable participación humana” (Pablo VI).
Somos conscientes de ello. Tratemos de vivirlo. Si nos comprometemos a hacer algún sacrificio o alguna oración a favor de quienes tanto lo necesitan, cumplimos con nuestro deber.
Nada pueden hacer ya en su favor, porque ha pasado para ellos el tiempo de merecer, es decir nuestros familiares y amigos que nos han ido dejando y se purifican en el purgatorio, no un lugar, sino un estado de ánimo: no ven todavía a Dios… Pensando en ellos.
El 2 de noviembre celebramos la memoria de todos los fieles difuntos. Tres veces podemos celebrar la Eucaristía en esa fecha los Sacerdotes, para brindarles una ayuda mayor. “La fe, explicaba San Agustín en su tiempo, tiene ojos más grandes, más potentes y más perspicaces que el cuerpo”. “A los que murieron, se les llama durmientes, porque en su día serán resucitados”. “Y si buscáis la verdad, veréis que nuestros padres viven, porque el alma no muere”.
Seamos, pues, generosos, a la hora de ayudar a los necesitados de cercana salvación, de gozo inefable, de vida bienaventurada y feliz!
En la Encíclica Spe Salvi, recuerda Benedicto XVI, se ha intentado demostrar que precisamente el juicio final de Dios garantiza la justicia. Todos queremos un mundo justo. Pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasado, a todas las personas injustamente atormentadas y asesinadas. Sólo Dios mismo puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos. Y como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurrección de la carne, en la que no todos serán iguales. Actualmente se suele pensar: qué es el pecado, Dios es grande, nos conoce, así que el pecado no cuenta, al final Dios será bueno con todos. Es una bella esperanza. Pero existe la justicia y existe la verdadera culpa. Quienes han destruido al hombre y la tierra no pueden sentarse de inmediato en la mesa de Dios junto a las víctimas. Dios crea justicia. Debemos tenerlo presente. Por ello me parecía importante escribir… también sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan evidente y también tan necesaria y consoladora, que no puede faltar. He intentado decir: tal vez no son muchos los que se han destruido así, los que son insanables para siempre, los que carecen de elemento alguno sobre el que pueda apoyarse el amor de Dios, los que no tienen en sí mismos una mínima capacidad de amar. Esto sería el infierno.
Por otra parte, son ciertamente pocos –o en cualquier caso no demasiados- los que son tan puros que pueden entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros esperamos que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y de servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay tantas y tantas heridas, tanta inmundicia. Tenemos necesidad de ser preparados, de ser purificados. Esta es nuestra esperanza: incluso con tanta suciedad en nuestra alma, al final el Señor nos da la posibilidad, nos lava por fin con su bondad que viene de su cruz. Nos hace así capaces de existir eternamente para Él. Y de tal forma el paraíso es la esperanza, es la justicia por fin cumplida. Y nos da también los criterios para vivir, para que este tiempo sea de alguna forma paraíso, una primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos criterios, aparece un poco de paraíso en el mundo, y esto es visible. Me parece también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir el camino de los mandamientos, de los que debemos hablar más. Estos son realmente indicadores del camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo elegir la vida. Por ello debemos también hablar del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar, que debería ser purificado. Y ésta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor: existe una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza con nosotros de nuevo y nosotros podemos recomenzar así también con los demás en nuestra vida” (7.2.2008).
Honor y alabanza a Dios el día 1 y ayuda fraterna a los difuntos el día 2. Encontremos un momento para hacerlo realidad.
+ Rafael Palmero Ramos
Obispo de Orihuela-Alicante

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