Sentido de la ‘dedicación’ de un templo

PALABRA Y VIDA

El próximo 7 de noviembre, el Santo Padre presidirá la ceremonia de la dedicación del templo de la Sagrada Familia. El nombre exacto que le dan los libros litúrgicos es el de dedicar, es decir, destinar a Dios una iglesia. También se ha utilizado la palabra consagrar, aunque el más adecuado es el primero de estos términos.

¿Qué sentido tiene la dedicación de un edificio material a Dios? El edificio material nace de una necesidad práctica. La comunidad cristiana, para poder reunirse en asamblea litúrgica, busca un terreno y allí edifica una casa; de hecho será una casa de la Iglesia –a la que abreviando llamamos iglesia-, una casa donde se reunirá la comunidad para alabar a Dios y celebrar los misterios de la fe, proclamar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos y vivir los servicios a la comunidad y a todos los hombres y mujeres que se acercarán, en especial el servicio de la caridad.

Cuando se acaba la construcción, aquella iglesia se dedica a Dios nuestro Señor y se le hace ofrenda de aquella obra construida por manos humanas, pidiéndole que su presencia llene aquel espacio, que así ha empezado a ser un espacio separado de lo profano para convertirse en lugar sagrado donde Dios pueda encontrarse con las personas y sea, también, imagen del templo espiritual hecho de piedras vivas, obra de Dios, donde habita el Espíritu Santo.

Así que se ha dedicado a Dios aquel edificio ya no podrá ser usado para cualquier actividad, sino que, en principio, sólo ha de servir para aquello que lo define: su santidad y el testimonio que da, con su visibilidad, de la presencia cristiana en medio de este mundo.

El Ritual de la Dedicación expresa con claridad el destino de este espacio: «Es el edificio en el que se congrega la comunidad cristiana para escuchar la Palabra de Dios, orar comunitariamente, recibir los sacramentos y celebrar la Eucaristía». La plegaria de la Dedicación –que pronunciará el Santo Padre- pide que aquel sea un lugar donde los pobres encuentren misericordia y solidaridad en sus necesidades. La dimensión de la caridad no puede estar ausente en ninguna casa de la Iglesia.

El sentido de la dedicación se ha realizado en el pasado y de forma bien significativa. El Templo de la Sagrada Familia nació de la iniciativa de unos laicos, Josep Maria Bocabella y los miembros de la Asociación de Devotos de San José, que buscaron un espacio en el que entonces era un barrio alejado del centro de la ciudad, llamado el Poblet. Con limosnas compraron el terreno e iniciaron las obras, confiados en la Providencia de Dios y la generosidad de los fieles.

Estos promotores –entre los cuales estaba también el padre Josep M. Rodríguez, mercedario y general de la orden, y san Josep Manyanet, fundador de los Hijos de la Sagrada Familia- tenían muy claro que hacían una obra en honor de Dios y al servicio de la Iglesia y también al servicio de los pobres y de las necesidades del entorno en el que se construía. Cuando Gaudí asumió aquel proyecto y le dio la genialidad que hoy admiramos, no dudó en decir que quería hacer «una catedral de los pobres» y también proyectó unas escuelas –que afortunadamente se conservan- para unir al servicio social el servicio a la cultura.

Por ello, consciente de esta historia, el Papa ha querido visitar aquel mismo día por la tarde, antes de su retorno a Roma, una obra social de nuestra diócesis dedicada a las personas que necesitan una educación especial: la Obra del Niño Dios, cuya sede visitará. Este acto no es ajeno a la dedicación del templo, sino que concreta todo su sentido.

† Lluís Martínez Sistach
Cardenal arzobispo de Barcelona

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