El obispo de Lleida escribe una carta pastoral sobre la Iniciación Cristiana


LA INICIACIÓN CRISTIANA
CREER. VIVIR. ANUNCIAR EL EVANGELIO

Introducción
En la Asamblea Diocesana del pasado 29 de Mayo decíamos que el nuestro es un tiempo siempre abierto a un futuro que tenemos que ayudar a construir «entre todos», con humildad pero con mucha confianza en Dios, y añadíamos que estábamos celebrando el recorrido hecho (final de un trabajo e inicio de un camino …) optando por una vivencia de Iglesia «casa de todos y cosa de todos», empezando así un trabajo comunitario continuado que queríamos relanzar al inicio de curso en los encuentros de los sectores y evaluar al final en la asamblea correspondiente.
El AÑO DE DISCERNIMIENTO vivido con participación de todo el Pueblo de Dios nos ha llevado a concentrar la atención en puntos y criterios bien concretos que, después, hemos traducido en DOS PRIORIDADES COMUNES PARA TODA LA DIÓCESIS:

1.- Cuidar de manera especial LA INICIACIÓN CRISTIANA. (La preparación, la celebración y el seguimiento, con el correspondiente itinerario catecumenal diocesano y Plan de formación para los Presbíteros, Diáconos y Laicos en el mundo).
2.- Y asegurar una buena PRESENCIA DE IGLESIA EN LA SOCIEDAD LERIDANA. [Iglesia centrífuga y compromiso temporal de los cristianos.]
Igualmente, señalamos algunas ORIENTACIONES PASTORALES que ahora os recuerdo para llevarlas a la práctica:
1ª.- Ser una Iglesia acogedora practicando auténticos diálogos (estando presente y participando en los asuntos de interés común, pero haciendo entender porqué y cómo la Iglesia no puede adecuarse a leyes que considera opuestas al evangelio).
En las Parroquias, lo más importante es el trabajo callado y sencillo realizado en las pequeñas cosas de la vida de cada día dando ejemplo de convivencia fraterna y apostólica sin embargo, mirando un futuro inmediato, es urgente preparar agentes ‘interparroquiales’ de pastoral con el fin de ir constituyendo «Equipos en Misión». Hay que aumentar la pastoral en red racionalizando y coordinando fuerzas y planificando acciones conjuntas. Y en la iniciación cristiana, tendremos que procurar distinguir las diferentes manifestaciones de la indiferencia, discerniendo sus motivaciones y tratando de comprender qué tipo de actitudes o comportamientos nos están pidiendo.
Y en los Arciprestazgos, a la vez que se hace un discernimiento de la situación de increencia concreta del respectivo entorno social, el Arcipreste procurará crear un ambiente de hogar de fraternidad, acompañando y cuidando de los presbíteros del arciprestazgo (salud, economía, etc); y establecerá un puente permanente con las delegaciones y las instituciones diocesanas, preparando los consejos diocesanos del presbiterio y de pastoral, etc. El Arciprestazgo, abriéndose a la realidad de una única Iglesia diocesana, tiene que ser para sus miembros, clérigos y laicos, ámbito concreto de la formación permanente y taller de pastoral que facilita la experiencia de la fraternidad y la práctica de la corresponsabilidad con posibles ‘especializaciones’ y distribución de tareas específicas.
Sin olvidar que el momento más importante de reunión de toda la comunidad cristiana es la celebración de la Eucaristía el Día del Señor, ayudará a caminar hacia un descubrimiento de su sentido y de la importancia de participar (niños, adolescentes, jóvenes y adultos).
3ª.- Las Delegaciones Diocesanas, con el fin de ayudar a los Equipos Arciprestales en la realización de su tarea, tendrían que elaborar unos objetivos concretos para el curso 2010-2011 (subordinándolos al bien común de la Diócesis, teniendo en cuenta las prioridades señaladas y profundizando y promoviendo la espiritualidad de la comunión o de Iglesia) y valorarlos antes de la Asamblea Diocesana de final de curso con el fin de ofrecerlos a las parroquias y arciprestazgos. Al mismo tiempo, cooperarán con la tarea de la Coordinadora de los Delegados, Sra. Mª Àngels Altarriba, con el fin de ir desarrollando las tres Áreas de coordinación diocesana (espiritualidad y liturgia, evangelización y acción caritativa y social).
4ª.- Reconociendo y valorando la aportación específica de la vida consagrada, pido a las Comunidades Religiosas que continúen ofreciendo la riqueza de sus carismas a la vida de la diócesis a través de la participación concreta y específica en el proyecto pastoral diocesano (parroquias, escuelas, servicios a los pobres), en su compromiso ordinario en la vida de cada día. Son ámbitos significativos en los que se tiene que poder conectar con el misterio de Dios y se tienen que reconocer por su manera específica de participar en los trabajos de la evangelización, haciendo visible la unidad en la diversidad, siendo comunidades específicas que forman parte de la misma Iglesia, ramas de un solo tronco.
5ª.- Las Instituciones diocesanas o servicios a las comunidades eclesiales también tendrían que elaborar unos objetivos concretos para el curso y valorarlos antes de la Asamblea Diocesana.
 El Seminario: revise y actualice el plan de formación, convivencia y acompañamiento vocacional conveniente
 El Cabildo Catedral: llamado a ser, sobre todo, una comunidad de oración y un referente modélico de liturgia celebrativa …
 La Casa de la Iglesia (Academia Mariana): replanteando su funcionalidad pastoral y también el servicio que sus instalaciones pueden dar a la sociedad leridana a diferentes niveles.
 El Colegio Episcopal: siendo un referente de Escuela Cristiana con planteamientos pastorales explícitos buscando la conexión con los jóvenes y familias (contando también con las Delegaciones Diocesanas respectivas) y ayudando a sus Profesores a ser agentes de diálogo fe-cultura.
 El Instituto de Investigación y Estudios Religiosos (centro de estudios superiores): cuidando la formación de Agentes de Pastoral para las parroquias y arciprestazgos y promoviendo iniciativas de Diálogo Fe-Cultura y de encarnación en la sociedad.
 El Equipo de gobierno y la Curia diocesana: comunidad especial de servicio que debe realizar su tarea diaria de una manera bien hecha, pero con un acento de acompañamiento próximo y acogedor de las personas y, especialmente, de los agentes de la pastoral en las parroquias, las comunidades y los delegados (velando especialmente por los presbíteros y diáconos).
Sabemos que se trata sobre todo de convertirse al Evangelio y vivir mejor sus exigencias (Mt 16, 1-5; Lc 14, 28-33) y no únicamente de hacer obra de ingeniería eclesiástica mejorando estructuras u organizándose mejor. Lo que queremos es vivir practicando la esperanza cristiana y el elemento esencial que la caracteriza: la apertura a lo invisible de Dios. Una esperanza que tiene que motivar compromisos duraderos en una sociedad cambiante e imprevisible como la nuestra, teniendo claramente como un modelo el Magnificat de María (un referente ejemplar pero incómodo).
Lo repetimos: si vivimos en un «estado de misión», tenemos que aplicar los criterios de la misión: ‘presencia’ en todos los ambientes; ‘diálogo’ con los interlocutores; ‘colaboración’ en toda causa justa y noble; ‘testimonio’ cristiano de vida; ‘anuncio explícito’ de Jesucristo. Así nuestro testimonio pasará a ser una propuesta: acoger, escuchar y dialogar con sinceridad lleva necesariamente a proponer, que no quiere decir imponer ni presionar sino invitar a compartir.
6ª.- A propósito del compartir, considero necesario añadir ahora una cuestión de la que hablamos a menudo y que todos tendríamos que plantearnos seriamente, particularmente LOS JÓVENES LERIDANOS (y los no tan jóvenes).
He encontrado en Lleida y en sus comarcas jóvenes con inquietudes, con un deseo sincero de acertar en la vida. Gracias a Dios, quieren saber no tan sólo qué hacer sino sobre todo qué ser y, como os he dicho en otras ocasiones, con esta actitud de búsqueda se colocan en la parrilla de salida de una carrera en la que únicamente pueden participar aquéllos que aceptan ponerse a «escuchar» la voz de su conciencia.
Sabemos que todo cristiano es llamado a ser testimonio del Evangelio en virtud del Bautismo y de la Confirmación. Pero Dios ha invitado siempre a personas con vocación especial, para una entrega total de sí mismo a la causa del Reino. Es una invitación respetando nuestra libertad y normalmente con una serie de llamadas sucesivas que hay que querer escuchar…
Es bueno constatar -siempre con sorpresa y agradecimiento- esta maravillosa realidad de la llamada. El sacerdocio ministerial es un servicio que tiene su fundamento en una iniciativa de Dios. Nadie puede reclamar este derecho que no es sólo fruto de una decisión personal o de la elección de una comunidad cristiana concreta. No basta desear serlo, tienes que ser llamado. En el Evangelio leemos que Jesús empezó a llamar discípulos para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar… Lo hizo después de pasar la noche en oración y llamando «a los que quiso» (Mc 3,13).
El mismo Dios, que nos ha concedido el don de la vida, nos llama a vivirla siguiendo las huellas de Jesús y nos abre diferentes posibilidades de realización. Una de ellas es la que muchos (y yo mismo) escogimos con un largo proceso de respuesta a aquello que oíamos interiormente que al Señor nos pedía: servir a los hermanos como presbíteros de la Iglesia. Confieso que la adhesión absoluta e incondicional a Jesús es un acto ‘liberador’. Y este amor que hace crecer en la libertad es una gracia que tenemos que pedir cada día.

I.- La Iniciación Cristiana

1.- El mandato de Jesús
La Iniciación Cristiana es un proceso mediante el cual una persona es introducida en el Misterio de Jesucristo. Es una de las tareas encomendadas por Él a la Iglesia Apostólica: «Id, pues, a todos los pueblos y hacedlos discípulos míos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo aquello que os he mandado» (Mt. 28,19). La Iglesia universal, la diocesana, la parroquia, la familia cristiana han de de cumplir este encargo de Jesús acercándose al hombre concreto con sus circunstancias oportunas o inoportunas y ofrecerle la buena noticia de Jesús invitándolo a incorporarse y vivir en la comunidad de bautizados y seguidores de Jesús.

Sabemos que no nacemos cristianos sino que nos vamos haciendo paso a paso (Tertuliano), y hoy eso parece una experiencia particularmente compleja porque se ha ido consumando la ruptura entre Evangelio y cultura en la vida social: los criterios dominantes no suelen hacer mucha referencia al evangelio e, incluso, los itinerarios tradicionales de transmisión de la fe -las familias, la escuela y otros ambientes de socialización- se van haciendo cada vez más frágiles y muy a menudo no se puede presuponer casi nada en lo referente a la educación cristiana de las jóvenes generaciones.

El anuncio del evangelio y el camino de la iniciación cristiana alcanzará plenamente su finalidad si lleva a los fieles, con la aportación de la comunidad, no solamente a acoger la fe que les ha sido comunicada sino también a transmitirla, a saber dar razón de la esperanza que los mueve. El punto de llegada de la iniciación cristiana, pues, no es la celebración de los sacramentos sino la conversión, la adhesión a Jesucristo el Señor y la inserción plena y activa en la Iglesia.
Los tres sacramentos de la iniciación cristiana -Bautismo, Confirmación y Eucaristía- tienen un papel de primer orden, pero la iniciación no es principalmente en vista a los sacramentos. Los tres sacramentos están al servicio de la iniciación y no la iniciación al servicio de los sacramentos. Hay que hablar cada vez más de iniciación a la vida cristiana, incluso en la situación actual de chicos y chicas bautizados que se preparan para recibir los sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía.

2.- Es un compromiso personal
La Iniciación Cristiana es un compromiso personal en el mundo y en la vida de cada día: tenemos conciencia de un cambio de época pero a veces parece que la renovación de nuestro actuar va dejándose para más adelante. Tenemos que sentirnos interpelados por Dios a una tarea de una adhesión más personal a Jesucristo y de profundización y mayor interiorización de los contenidos de la fe, que no son ideas abstractas sino actitudes muy concretas. El contenido de nuestra fe (y de nuestro testimonio) es la persona misma de Jesucristo. Él es el Evangelio vivo, la Palabra eterna de Dios hecha carne humana. Por eso, nuestra adhesión a Él (el ser cristiano) nace del encuentro con Jesucristo y se refiere precisamente a Él, al secreto de su persona, su palabra, su vida, su misión y su destino. Jesucristo y sólo él es el máximo bien. Nada ni nadie, ni el personaje más grande de la tierra, vale más que Él. Sólo una vida que hace ver esta absoluta novedad y unicidad de Jesucristo, con signos (de gratitud, de alabanza y de esperanza) y al mismo tiempo con opciones y acciones concretas en el día a día, puede dar gran determinación a la transmisión de la fe.
Todos afirmamos que hay que salir de los muros de las iglesias al encuentro de los que están fuera pero no acabamos de hacerlo. Pentecostés es el relato del encuentro entre los discípulos y el mundo que los rodeaba. Ha sido el Espíritu quien los ha empujado hacia fuera, a no tener miedo, a superar la vergüenza de las propias limitaciones, de la propia fragilidad, haciéndose portadores de una verdad que hay que anunciar y no puede ser callada.
Mantener vivo este compromiso se convierte en signo de una gran confianza en Jesucristo, que es nuestra garantía y el fundamento que no cambia nunca: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta al fin del mundo» (Mt 28,20). Es una llamada permanente a afrontar las realidades con un nuevo coraje y a comprometerse (con pasión misionera) a «ir a predicar el Evangelio» a las mujeres y a los hombres de hoy en sus propias condiciones de vida y de cultura, teniendo bien claro y haciendo bien visible que nuestro anuncio se concentra y se agota en una gran confesión de fe como la del apóstol Pedro, que continúa día tras día en la historia de la Iglesia: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

3.- Y es un compromiso de cada comunidad y arciprestazgo
La iniciación cristiana es compromiso de cada comunidad cristiana y cada arciprestazgo y se traduce en un itinerario formativo. Una formación que puede madurar sólo con el tiempo, en la escucha constante de la palabra de Dios y con la presencia y la aportación determinante de la comunidad, como expresión de la presencia y de la función maternal de la Iglesia. El apóstol Pablo lo compara con la generación y el parto porque se trata de «formar a Cristo» en la persona del candidato (Gal 4,19).
Necesitamos pues, sobre todo, un esfuerzo con el fin de pensar estos itinerarios formativos y también de diálogo con el mundo que nos rodea. No nos podemos contentar con celebrar la fe con los que vienen. ¿Y los demás? ¿Y los que no vienen? ¿Por qué no vienen? ¿Quién les ha invitado? ¿Es posible pensar itinerarios formativos o de diálogo que puedan interesar y estimular la fe dormida de bautizados que no frecuentan la Eucaristía desde hace años?
Recordemos que lo que hacía atractivas a aquellas primeras comunidades (que tampoco tenemos que mitificar) era la perseverancia en la escucha de la Palabra y la vida en común. Compartir, pues, forma parte de esta vida en común. La acogida de la Palabra produce una comunión que hace interesarse por la vida y el bien de los demás. La Iglesia nace en la calle («salid a los caminos», les decía Jesús), en el encuentro con las personas y éstas no se encuentran únicamente en el Templo. Hay que valorar más los ambientes (la familia, el barrio, el trabajo, la escuela)…

4.- El objetivo de la iniciación cristiana
La iniciación cristiana se puede hacer a partir de una fe poco cultivada, de una fe implícita o dependiendo de una herencia sociológica, pero el objetivo tiene que ser siempre una fe explícita y operante en Jesucristo Resucitado, tal como es proclamada por los Apóstoles y sus sucesores, el Papa con el colegio episcopal. Convendría evitar el desequilibrio que puede darse entre nosotros en la educación de la fe, procurando la máxima armonía entre los conocimientos, la celebración y el compromiso de la fe. Teniendo siempre en cuenta que la fe es un don y el Evangelio una gracia y que nadie puede repensar el cristianismo desde cero, ignorando una experiencia eclesial milenaria.
Como decía Pablo VI (EN 18) «Evangelizar significa para la Iglesia llevar la buena noticia a todos los ambientes de la humanidad y con su influencia transformar desde dentro, renovar la misma humanidad»… «No se trata solamente de predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas sino de alcanzar y transformar con la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad» (EN 19).
En consecuencia, y con todos los respetos, como no podemos dar por supuesto que todos los leridanos bautizados están debidamente evangelizados, convertidos, catequizados y en plena comunión con la Iglesia, hace falta una tarea de evangelización que sea una llamada a la «conversión» de los «no creyentes» y también queriendo promover y reavivar la fe de los creyentes.
Pienso que los destinatarios principales de nuestra evangelización tendrían que ser los jóvenes y adultos, capaces de tomar opciones radicales, exigidas por la conversión. Y, como se pedía en la Asamblea del pasado mayo, la pastoral de la juventud tiene que ser una prioridad en nuestra Iglesia de Lleida. Tenemos que dar lugar y palabra a los jóvenes aceptando sus aportaciones. La evangelización de los niños y adolescentes será siempre necesaria, pero la tendríamos que plantear a partir de una comunidad cristiana adulta, con el fin de evitar su inoperancia de hecho.
Constatamos que aquello que falta hoy a los que se consideran cristianos -y que nosotros también los consideramos cristianos- es el fundamento de la fe, el «por qué» creo, «en quién o en qué creo», «qué quiere decir en la práctica creer». Por eso, también en los encuentros con los catequistas o en los cursillos de preparación a la celebración de los sacramentos, tendremos que partir muy directamente de los fundamentos de la fe: no se puede dar por supuesto…
Tenemos que agradecer mucho el trabajo que se hace en nuestra Diócesis, pero hay que tener guías, animadores, catequistas, ‘acompañantes’… con una preparación específica doctrinal y espiritual. No basta la buena voluntad o la disponibilidad. Necesitamos adultos profundamente maduros en la fe, verdaderamente «evangelizados», es decir, que se han dejado conquistar por Cristo (Fil 3,12), que se han enamorado de Él, y que, por lo tanto, están en condiciones de transmitir a los demás el don de la fe recibida. Y en este camino es fundamental el testimonio y proximidad de la comunidad.
Ciertamente también necesitamos una sana y responsable creatividad pastoral, pero ésta sólo será fecunda si está animada por una santidad de vida, acompañada por un amor grande y sincero a Cristo y a la Iglesia.

5.- Reavivar el catecumenado en nuestra Diócesis
El Concilio Vaticano II exhortó a restaurar el catecumenado -«formación y aprendizaje de toda la vida cristiana debidamente prolongado, a través del cual los discípulos se unen con su maestro, Cristo» (Ad Gentes 14)- y a implantarlo cuando las circunstancias pastorales de cada Diócesis lo aconsejen, a juicio del ordinario de la Iglesia local (SC 64-66; AG 14; ChD 14).
En las Diócesis de Cataluña quedó instituido el Catecumenado, por lo menos de Derecho, al promulgar el 27 de abril de 2000 el Directorio de Pastoral Sacramental, que había pedido el Concilio Provincial Tarraconense. Y dado que, en cada diócesis, el Obispo es el «promotor de todo el proceso de la iniciación cristiana» y le corresponde «establecer, dirigir y fomentar, personalmente o mediante delegado, la institución de los catecúmenos» (RICA. Advertencias previas, 44; 20 y 66) e, incluso, administrar los tres sacramentos de la iniciación cristiana -él mismo o aquél a quien él expresamente delegue- velando por su preparación, yo creería conveniente reavivar formalmente este SERVICIO en nuestra Diócesis de Lleida.
De hecho hoy hay muchas situaciones que piden una particular iniciación cristiana: chicos y chicas en edad escolar o catequética, que no fueron bautizados de niños y sus padres lo piden (p.e. con motivo de la 1ª Comunión); adolescentes o jóvenes que tampoco fueron bautizados ni empezaron a participar en la Eucaristía de niños y piden Sacramentos de Iniciación (p.e. la Confirmación); adultos que, al preparar el sacramento del Matrimonio o en otras situaciones, se hacen conscientes de que no han recibido la Confirmación -o incluso el Bautismo- y lo piden, y también bastantes adultos que quieren ser iniciados en la fe con motivo de lo que podríamos llamar «conversión». Sin olvidar la problemática referente a los padres que piden el Bautismo para sus hijos neonatos o de otros Sacramentos de la Iniciación Cristiana.
Aunque la mayoría de situaciones recibe un tratamiento pastoral esmerado, la petición de los Sacramentos es una oportunidad para ofrecerles una experiencia catecumenal que los inicie adecuadamente en el misterio de la salvación y los introduzca en la vida de la fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios y del apostolado (CDC 788 §2; AG 14).
Rogaría que, cuando haya algún caso en una Comunidad Parroquial y antes de empezar el proceso catecumenal, los responsables parroquiales y diocesanos, teniendo en cuenta las circunstancias del candidato, determinen el desarrollo del proceso catecumenal (c. 851, §1) de acuerdo con el Delegado del área pastoral respectiva. Tenemos que encontrar una respuesta adecuada que favorezca la comunión eclesial y que, al mismo tiempo, acentúe la importancia de la Iniciación cristiana y de una fe mejor discernida.
Los Sacramentos son acciones de Cristo en tanto que «significan» la actualización de la salvación, y son, también, acciones de la Iglesia porque se celebran en ella y por mediación de ella. De aquí que los Sacramentos implican la fe en Cristo y la aceptación de la Iglesia como Cuerpo visible de Cristo, primicia de una nueva humanidad.
Convendría, igualmente, poder coordinar las diferentes actividades y procesos de iniciación cristiana que ya se hacen en la Diócesis, y también regular y valorar el itinerario catequético a seguir por los eventuales catecúmenos, ayudando a seguir las 4 etapas del proceso (precatecumenal, catecumenal, purificación e iluminación y mistagogia o instrucción postbautismal) y las 3 celebraciones principales (admisión en el catecumenado y entrega de los Evangelios, elección, recepción de los sacramentos: bautismo, confirmación y eucaristía), con la colaboración de las Delegaciones correspondientes. (RICA. Advertencias generales, n. 44; nos podrán ayudar también las Orientaciones Pastorales de la CEE y del SIC y de otros). En función del número de catecúmenos se podría celebrar un encuentro conjunto de todos ellos (arciprestal o diocesano), en tiempo de Cuaresma o Pentecostés.

II.- La propuesta de trabajo sobre la Iniciación Cristiana para este curso
A pesar del ambiente de increencia que nos rodea, nos sentimos llamados a trabajar en la misión evangelizadora con el mismo entusiasmo que el Día de Pentecostés.
Nos ayudará a reflexionar la participación en los cursillos de formación permanente sobre el tema «De una pastoral de mantenimiento a otra de iniciación y reiniciación», programados para presbíteros y laicos.

1.- Adviento. La realidad pastoral que vivimos en cada lugar concreto. (A partir del primer cursillo de formación permanente de los días 20 y 21 de octubre de 2010).
Reflexión sobre el fenómeno de la increencia. (Cfr. Concilio Provincial Tarraconense, 2 –5).
 Situación que vivimos. Causas y consecuencias.
 Aperturas y dificultades en la iniciación cristiana.
Unirlo a la celebración del misterio de la Encarnación de la Navidad.

2.- Cuaresma. Tiempo de conversión al evangelio. (Segundo cursillo de formación permanente los días 16 y 17 de marzo de 2011).
 Trabajar a fondo el contenido de la Carta Pastoral (Cfr. apartado I. – La Iniciación cristiana), como respuesta a los desafíos de la increencia.
 Criterios teológicos, espirituales y pastorales de la Iniciación Cristiana en un tiempo de increencia.
 Confrontarlo con la práctica pastoral de la parroquia/arciprestazgo, delegación, comunidad, institución.
 Elaborar las mejoras que hay que introducir en la práctica parroquial.
 Concretar la formación de los agentes de pastoral para la tarea a realizar.

3.- Pascua. Tiempo de esperanza
 Elaborar el proyecto diocesano de Catecumenado, a partir del trabajo de todo el curso y de la experiencia vivida en las parroquias/arciprestazgos y delegaciones …

4.- Pentecostés. Celebración de la Asamblea Diocesana (4 de Junio de 2011). Balance y prospectiva.

III.- Conclusión: hacia una nueva presencia de los cristianos en la sociedad
En fidelidad a nuestros planteamientos (2ª prioridad diocesana= Asegurar una buena PRESENCIA DE IGLESIA EN LA SOCIEDAD LERIDANA. Iglesia centrífuga y compromiso temporal de los cristianos) intentaremos promover la lectura creyente de la realidad y vivir, «entre todos y para el bien de todos», un «proceso operativo» que ayude a adherirse de corazón a Jesús en nuestra vida y en nuestra historia concreta.
Decir eso es afirmar que la espiritualidad de la Iglesia nos tiene que llevar a servir a la persona humana con todas las energías, recursos y dones que ella tiene y hacerlo más allá de cualquier barrera o frontera. La pregunta de la parábola ¿»quién es mi prójimo»? es una llamada a acercarse a todo el mundo. El amor a los hermanos es el distintivo de los discípulos de Jesús (Jn 13,35).
Servir al hombre es servir a la comunión, a la fraternidad, al encuentro, al amor entre todos y con Dios. Y es preciso que este servicio sea vivido y practicado como comunidad. El Concilio pone de relieve la existencia de las Iglesias locales, las Diócesis, como primer «lugar» de este servicio eclesial, comunitario.
Cuando hacemos referencia a la necesidad de ser una Iglesia samaritana, estamos recordando expresamente que el Papa Pablo VI dijo que «la antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio» (Alocución en la Clausura del Concilio Vaticano II, el 7/12/1965).
Nuevamente lo presento todo a la protección de la Virgen Blanca de la Academia el día en que celebramos su fiesta, 2 de octubre de 2010.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,
+ Joan Piris
Obispo de Lleida

(Traducción del original en catalán)

Mons. Joan Piris
Acerca de Mons. Joan Piris 198 Artículos
Mons. D. Joan Piris Frígola nació el 28 de septiembre de 1939 en Cullera (Valencia). Fue ordenado sacerdote en Moncada el 21 de octubre de 1963. Desde 1964 a 1968 realizó los estudios de Licenciatura en Pedagogía en Roma y la Diplomatura en Catequética en el Pontificio Ateneo Salesiano de Roma. En 1971 obtuvo la Licenciatura en Pedagogía por la Universidad Civil de Valencia. En 1968 fue nombrado Vicario y de 1969 a 1974 párroco de San Fernando Rey de Valencia. Fue miembro del Grupo Promotor en España del Movimiento por un Mundo Mejor, de 1974 a 1979, fecha en la que ejerció como Director del Secretariado Diocesano y luego Delegado Episcopal de Pastoral Familiar en Valencia, hasta 1984. Este cargo lo compaginó con la dirección del Secretariado de la Subcomisión de Familia de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, en Madrid, de 1981 a 1984. CARGOS PASTORALES Ha sido párroco de diferentes parroquias de Valencia y Miembro del Consejo de Presbiterio de Valencia en 1984 y Párroco Consultor un año más tarde. Ha sido Vicario Episcopal de las demarcaciones de La Ribera, Valencia-Nordeste, Lliria-Via Madrid y Valencia-Nordeste. El 1 de marzo de 2001 fue elegido Obispo de Menorca y recibió la Ordenación Episcopal el 28 de abril de ese mismo año. El 16 de julio de 2008 fue nombrado por el Papa Benedicto XVI Obispo de Lleida y tomó posesión de la diócesis el 21 de septiembre de 2008. El 28 de julio de 2015 el Papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral (2001-2005) y desde 2005 es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social, de la que fue Presidente de 2009 a 2014.