“El Rosario, compendio del Evangelio”, carta del arzobispo de Burgos

“El Rosario, compendio del Evangelio”


Octubre no es, en nuestra tierra, un mes de flores sino de frutos. En el campo podemos encontrar alguna, más o menos mustia, pero basta salir a la campiña para confirmarnos que estamos en el mes de la vendimia y de la recogida de las frutas tardías.
La piedad cristiana compensa, de alguna manera, esta carencia de la naturaleza haciendo de octubre el mes por antonomasia del Santo Rosario, nombre emparentado con las rosas, que son, quizás, las flores más hermosas. El Rosario es un collar de rosas que colgamos cada día en el cuello de la Santísima Virgen con el mismo amor que unos enamorados colocan en la mesa de trabajo el ramo de flores que se regalan con motivo de su cumpleaños o de otra fecha significativa. Por eso, las almas enamoradas rezan el Rosario sin cansarse y sin aburrirse.
Efectivamente, hay que estar enamorado para que la repetición de una frase o de un piropo no termine en monotonía y cansancio. Así lo entendía aquel esposo que escribía a su esposa e hijos desde el frente de guerra de un lejano país al que le había llevado su profesión de militar. Cada semana les remitía una carta en la que iba narrando con detalle las incidencias. Pero un día estaba tan emocionado y con tantas ganas de decirles lo mucho que les echaba de menos y les quería, que tomó un bolígrafo y un folio y escribió: “os quiero”. Con ese mensaje llenó las dos caras del papel. Él no se cansó de escribirlo ni su mujer y sus hijos de leerlo. Al contrario, a medida que estos lo iban leyendo, se iban emocionando más, hasta que las lágrimas se hicieron imposibles de contener.
Seguramente que a los que somos extraños y ajenos a los hechos y circunstancias, esa carta nos podría parecer chocante y hasta tonta. ¡Qué aburrido y qué pesado escribir y leer un mensaje tan común como “os quiero”! Pero a los protagonistas, precisamente porque formaban una familia de esposos e hijos enamorados, aquello les pareció maravilloso, sublime. ¡Son las cosas del amor, que usa un lenguaje incomprensible para los que no se aman! Me imagino la alegría que recibiría una madre si su hijo le escribiera el día de su cumpleaños, no digo un folio, sino un tarjetón con esta leyenda repetida desde la primera hasta la última línea: “Felicidades, te quiero mucho”.
Este es el secreto para rezar sin cansancio ni aburrimiento los cinco misterios del Rosario y la letanía que les sigue. Como sabemos muy bien, cada misterio está compuesto por un Padre nuestro, diez avemarías y un gloria al Padre. Las letanías son una cincuentena de jaculatorias, a las que siempre se responde con el mismo estribillo: “ruega por nosotros”. Siempre igual, pero siempre con la frescura del hijo que quiere a su Madre y no se cansa de decirle que necesita su ayuda.
Quizás alguno puede pensar si a estas alturas de la vida de la Iglesia devociones como la del Rosario no habrán sido superadas. Le desaparecerá todo escrúpulo al recordar que el Papa que convocó el concilio Vaticano II, Juan XXIII, rezaba cada día las tres partes del Rosario; y que Pablo VI, que lo concluyó y puso en práctica, además de rezarlo todos los días, en un documento sobre la adaptación al Concilio de las fiestas y devociones marianas, ratificó que el Rosario ya estaba adaptado y no precisaba ningún tipo de aggiornamento. En el ánimo de todos está el gran amor que Juan Pablo II profesaba hacia el Rosario. ¡Cuántos centenares de miles rezó a lo largo de su vida! Los burgaleses, además del ejemplo de estos grandes Papas, tenemos el orgullo de ser de la tierra de santo Domingo de Guzmán, gran apóstol de Rosario por sí mismo y por la Orden dominicana que fundó.

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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