Carta del arzobispo de Burgos con motivo de la beatificación del cardenal Newman


EL PAPA BEATIFICA A NEWMAN EN INGLATERRA

Durante todo el primer milenio, la Iglesia fue una tanto desde el punto de vista teológico como sociológico. Ciertamente, desde los primeros siglos, sobre todo desde que Constantinopla fue considerada como la nueva Roma, hubo una sensibilidad específica en Oriente y en Occidente. Sin embargo, ambos profesaron la misma fe. Fue al comienzo del segundo milenio cuando se rompieron las relaciones y llegó el primer gran cisma. Esta misma dinámica volvió a repetirse en el siglo XVI, momento en que la túnica de la Iglesia volvió a rasgarse, si bien esta vez afectaba a la porción occidental. Primero Lutero y luego Calvino y Zuinglio. Finalmente, el emperador Enrique VIII de Inglaterra, ante la negativa de Roma de anular su matrimonio con la española Catalina de Aragón, se constituyó jefe supremo de una nueva confesión: la anglicana.
John Henry Newman conocía esta realidad. Y fue ella la que sería el desencadenante de su primera simpatía hacia la Iglesia Católica Romana y su posterior abandono de la confesión Anglicana. Él razonaba de la siguiente manera: si durante el primer milenio no había más que una Iglesia, es decisivo conocer cuál de las confesiones cristianas actuales la conserva, para concluir que esa es la verdadera Iglesia. Para verificarlo se sumergió en un estudio muy a fondo de la Palabra de Dios y de los Santos Padres. Uno tras otro fue publicando escritos de gran altura intelectual y de insobornable rigor científico. Al calor de esas lecturas y de su profunda piedad, fue madurando su simpatía hacia la Iglesia Católica y, finalmente, su definitiva salida de la Anglicana. En esas lecturas se encontró con los escritos de san Agustín, cuya trayectoria intelectual y de fe le influyó no poco.
Esta conversión de Newman no fue fruto de un día ni tuvo una trayectoria lineal y ascendente. De alguna manera duró toda su vida, como ocurre con todas las conversiones verdaderas y conoció no pocas vueltas y revueltas. Además, su itinerario no fue fácil y tuvo que toparse con lo que se encuentran todas las almas grandes: la incomprensión y las críticas. Fue incomprendido no sólo por los anglicanos sino también por los católicos. Unos comenzaron a considerarle demasiado católico, cuando todavía era anglicano; y los otros, demasiado anglicano, cuando ya era católico. Él se defendió escribiendo una obra de gran envergadura intelectual y literaria: Apologia pro vita sua, una de las réplicas más hondas de las letras universales y libro clave tanto para restañar su credibilidad como para consolidar su fama.
Llama la atención en la vida de Newman su exquisita obediencia a su conciencia. Él creyó que por honestidad intelectual debía criticar puntos nucleares de la fe anglicana. Esto le valió fuertes contradicciones y ataques, no siempre respetuosos hacia su persona y su quehacer de investigación. Pero él supo sobreponerse y seguir obedeciendo a su conciencia, sin que esto le impidiera que después de su conversión al catolicismo se sintiera muy agradecido a su antigua fe. Al fin y al cabo, en ella había conocido a Jesucristo, la belleza de la liturgia y el modo de rezar.
Hoy Benedicto XVI le elevará a los altares en su querida tierra londinense. Seguramente que el Papa sentirá un gozo muy particular, porque tanto él como Newman son muy deudores de la doctrina y espiritualidad agustinianas, y también parte de su bagaje intelectual. Concretamente la imagen del hombre y la concepción de la Iglesia, así como pensar la teología históricamente, lo cual le ha servido para reconocer la identidad de la fe en todos los cambios. Benedicto XVI no va a Inglaterra para hacer un falso proselitismo ni para dar lecciones a nadie. Va acompañado, como siempre, con su amor inquebrantable a la verdad y a la Iglesia y con su respeto exquisito hacia los demás. ¡Dios bendiga su viaje para bien de todos!
Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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