Alocución de Mons. Asenjo en la beatificación de la Madre María de la Purísima


Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, arzobispo de Sevilla, pronunció la alocución final en la Eucaristía de beatificación de Madre María de la Purísima, que se ha celebrado esta mañana en el Estadio de la Cartuja ante unas 50.000 personas.

ALOCUCIÓN DE MONS. JUAN JOSÉ ASENJO AL FINAL DE LA BEATIFICACIÓN DE LA MADRE MARÍA DE LA PURÍSIMA, HERMANA DE LA CRUZ

Excelencia Reverendísima: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades». Con estas palabras del salmo 88 inicio la alocución conclusiva de esta Eucaristía solemnísima, en la que, como Legado Papal y en nombre del Santo Padre Benedicto XVI, ha agregado usted a Madre María de la Purísima al catalogo de los beatos de la Iglesia. Sí, es justo que demos gracias a Dios, que ha permitido que llegara este día y que, por medio de su Espíritu, es el venero y hontanar de la santidad de esta mujer excepcional que ha hecho de su entrega a Jesucristo y a los pobres la razón suprema de su vida.

En esta mañana damos también gracias a la Iglesia, que acaba de proponer a los cristianos de Sevilla, de las Iglesia hermanas de Andalucía y España, un modelo concreto y cercano de santidad, la vida de una mujer contemporánea nuestra, nacida en Madrid, que vivió la mayor parte de su vida en esta tierra, a la que muchos de los presentes han conocido, que ha vivido su fe y ha encarnado el Evangelio de forma heroica y radical en nuestro tiempo, en nuestro ambiente, en esta histórica y noble ciudad de Sevilla. La Iglesia en esta mañana nos ha mostrado a Madre María de la Purísima como modelo del amor más grande y de la fidelidad más plena para cada uno de nosotros, llamados como ella a la santidad. A partir de hoy, la vida y el testimonio de Madre María de la Purísima nos va a ayudar a todos a descubrir el rostro de Dios, que se ha encarnado y ha tomado forma en el rostro de esta mujer que ha hecho de Cristo la razón última de su existencia.

Y con la gratitud a la Iglesia, nuestra gratitud emocionada al Santo Padre por la gracia impagable que supone esta beatificación. Excelencia Reverendísima: le ruego que diga al Santo Padre que le queremos, que cuente con nuestro afecto filial, con nuestra plegaria diaria para que el Señor le sostenga en su esforzado servicio de confirmar a sus hermanos en la fe apostólica. Dígale también que en esta mañana solemne renovamos nuestra adhesión cordial a su espléndido y riquísimo magisterio. Se lo pido en nombre propio, en nombre de los sacerdotes, consagrados, seminaristas y laicos de esta Archidiócesis, de historia venerable, ilustre por la santidad de muchos de sus hijos, entre ellos las mártires Justa y Rufina, los Arzobispos Leandro e Isidoro, el Beato Marcelo Spinola, y Santa Ángela de la Cruz, fundadora de la Congregación de la que Madre María de la Purísima fue la séptima Superiora General.

Se lo pido especialmente en nombre de las Hermanas de la Cruz, cuyo Instituto está indisolublemente unido a la historia de Sevilla en el último siglo y medio. Como Vuestra Excelencia nos ha reiterado en su homilía, ellas han sabido, incluso en tiempos difíciles, conservar admirablemente, con la ayuda de Dios, las buenas esencias de sus orígenes y la fidelidad al carisma que el Señor concediera un día a su Santa Fundadora. En ello tuvo una parte destacada la nueva beata, que luchó denodadamente para que no se malbaratara el espíritu fundacional. Las Hermanas de la Cruz, con su pobre y tosco sayal son la admiración de Sevilla y de todas aquellas poblaciones de Andalucía y España donde tienen sus casas, porque viven el Evangelio químicamente puro, con toda su belleza y radicalidad. De ellas salen cada noche para velar y servir con infinito amor a los enfermos, y en ellas socorren a los pobres y cuidan con caridad sobrenatural a las ancianas acogidas y a las niñas de familias humildes, a las que brindan una sólida formación humana y cristiana.

Ellas, desde el cimiento firmísimo de una sólida vida interior, el ejercicio de las obras de misericordia, la pobreza radical, el amor al silencio, su humildad sencilla, su fraternidad alegre, la mortificación constante y la generosa penitencia, fijando su morada en el Calvario y viviendo a la sombra de la Cruz, como escribiera Madre María de la Purísima en 1996, nos están diciendo elocuentemente a todos dónde se encuentran los auténticos valores que dan consistencia a nuestra vida y cuáles son los caminos de la autentica renovación de la Iglesia y de la vida consagrada. Dios nuestro Señor premia su fidelidad con vocaciones abundantes, que hacen mirar con esperanza el futuro de su Instituto.

Excelencia Reverendísima: Le agradezco de corazón su presencia entre nosotros representando al Santo Padre y el inestimable servicio que en esta mañana nos ha prestado, poniendo sobre el candelero de la Iglesia las virtudes heroicas y la santidad de la nueva beata. Que Dios se lo pague y le recompense con muchas gracias sobrenaturales que hagan eficaz su ministerio de servicio al Santo Padre y a la Iglesia universal. Agradezco también la presencia del señor Nuncio de Su Santidad, del señor Cardenal Presidente de nuestra Conferencia Episcopal, del señor Cardenal Arzobispo emérito de Sevilla, del señor Cardenal Arzobispo emérito de Valencia y la de los hermanos Arzobispos y Obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, venidos de las parroquias, de las Hermandades y Cofradías de Sevilla, de Andalucía entera, de todos los rincones de España, de Italia y Argentina.

Gracias también a las autoridades presentes y a las distintas representaciones. Debo agradecer especialmente la colaboración del Ayuntamiento de Sevilla y de las empresas municipales, de la Subdelegación del Gobierno, Guardia civil, policía nacional y municipal, responsables del Estadio Olímpico que nos acoge, seminaristas, coros, voluntarios y todos aquellos que nos han brindado su apoyo, especialmente el Excmo. Cabildo de Sevilla. Gracias también a las instituciones y empresas y a los cientos de particulares que nos han ayudado a sufragar parte de los gastos de este magno acontecimiento, cuya brillantez está a la altura de lo que merecen Madre María de la Purísima, las Hermanas de la Cruz y Sevilla.

Agradezco además la colaboración de los Medios de comunicación social, que a lo largo de estos meses nos han ayudado a difundir la figura y el espíritu de la nueva beata, gratitud que se incrementa en el caso de Giralda TV, que ha transmitido la ceremonia a Sevilla y a todo el mundo a través de internet. Quiero dedicar una mención especial al Postulador, Fray Alfonso Ramírez Peralbo, que tanta ilusión ha derrochado en esta causa, a la Real Maestranza de Caballería, que desde el principio acogió nuestras necesidades como propias, y a los dos Delegados Episcopales para este acontecimiento, D. Luis Rueda y D. Francisco Muriel y a sus colaboradores, que han dedicado horas incontables a su preparación. A ellos se debe en gran medida el feliz resultado de todo lo que acabamos de vivir.

Desde esta mañana, Sevilla, la Iglesia en España y la Iglesia universal tenemos una nueva intercesora ante el Padre. En ella tenemos todos un espejo en el que mirarnos. Ella nos estimula con su ejemplo y nos dice elocuentemente que también hoy es posible aspirar a la santidad en Sevilla, en España y allí donde la Providencia nos ha situado a cada uno. Ella nos dice que también hoy, en un tiempo cercano al que a ella le tocó vivir, es posible responder a la palabra de Jesús: «Sed santos, como el Padre celestial es santo» (Mt 5,48). En realidad, esta es la primera necesidad de la Iglesia y del mundo en esta hora. Para poder anunciar con autenticidad el Evangelio, la Iglesia de hoy tiene necesidad de una nueva floración de santos, santos capaces de traducir con sus vidas en el momento presente la vida y las palabras de Jesús; santos capaces de hacer sentir a Cristo como nuestro contemporáneo y no como un recuerdo del pasado; santos en cuyo rostro se haga epifanía del rostro de Cristo resucitado; santos en los que sopla y habla el Espíritu Santo con dulzura y fuerza al mismo tiempo; santos en los que los hombres puedan vislumbrar el tesoro de la gracia que es Cristo custodiado por la Iglesia.

No olvido que Madre María de la Purísima profesó siempre una tierna y filial devoción a la Santísima Virgen, de la que escribió páginas hermosísimas. Ella, la Virgen, ha estado presente de modo singular en nuestra celebración a través de la imagen bendita de Maria Santísima de la Esperanza Macarena, que su Hermandad con gran generosidad ha querido que peregrinara hasta aquí rodeada de la devoción y el cariño de los sevillanos. Ella representa a tantas advocaciones entrañables con las que nuestra Señora es invocada en esta tierra de María Santísima. Que Ella os recompense a todos vuestra presencia en esta Eucaristía, os acompañe en el regreso feliz a vuestros hogares y os ayude a encarnar en vuestra vida diaria todo lo que en esta mañana hemos visto y oído.

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

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