El arzobispo de Sevilla explica en una carta la grandeza espiritual de la Madre María de la Purísima, que hoy es beatificada en Sevilla


MADRE MARÍA DE LA PURÍSIMA, MAESTRA DE VIDA ESPIRITUAL
Carta pastoral (Septiembre, 2010)

A los sacerdotes y diáconos, consagrados,
seminaristas y fieles laicos de nuestra
Archidiócesis y muy especialmente a
las Hermanas de la Cruz

Queridos hermanos y hermanas:

¡Demos gracias a Dios, que es admirable siempre en sus Santos! Con estas palabras prestadas de la liturgia de la Iglesia comienzo mi carta pastoral en las vísperas del gran acontecimiento que todos anhelamos. Sí, demos gracias a Dios porque el próximo 18 de septiembre, nuestra Archidiócesis va a vivir un acontecimiento excepcional. Por segunda vez en su larga y fecunda historia, Sevilla va a ser testigo de una ceremonia de beatificación, en este caso de la Venerable Madre María de la Purísima, séptima Superiora General de la Compañía de la Cruz, la Congregación fundada por Santa Ángela, beatificada también en Sevilla por el Papa Juan Pablo II el 5 de noviembre de 1982.

1. El Instituto fundado por Santa Ángela de la Cruz

Pocas instituciones son tan queridas y admiradas por los sevillanos como las Hermanas de la Cruz, que desde las dieciséis casas erigidas en nuestra Archidiócesis, son testigos de la caridad de Cristo, sirviendo ejemplarmente a los más pobres. La Congregación tiene hoy 620 hermanas y está implantada en tres países, España, Argentina e Italia. Gracias a Dios y al celo de las sucesivas Superioras Generales, entre las que descuella Madre María de la Purísima, han sabido conservar de forma admirable la fidelidad a su carisma fundacional. Su espiritualidad, centrada en la cruz y los consejos evangélicos, se caracteriza por la vivencia alegre de la virtud de la pobreza, la fidelidad a la oración, la mortificación y las obras de misericordia.

Su servicio a los necesitados, que siempre tiene un claro marchamo apostólico, se concreta en la asistencia, día y noche, a los enfermos en sus domicilios y en el servicio a los pobres, verdaderos “amos y señores” de las Hermanas de la Cruz, como afirman sus Constituciones. La Congregación acoge también en sus casas a mujeres ancianas y discapacitadas, y en sus colegios de enseñanza infantil y primaria a niñas de familias humildes, a las que brinda una sólida formación humana y espiritual.

2. Madre María de la Purísima, una historia de santidad

Este es el carisma que custodió como oro en paño la Venerable Madre María de la Purísima de la Cruz, en el siglo María Isabel Salvat Romero, nacida en el número 25 de la calle Claudio Coello, de Madrid, el 20 de febrero de 1926, en el seno de una familia acomodada, que le procuró una esmerada educación. Fue bautizada en la parroquia madrileña de la Concepción. El 8 de diciembre de 1944, a los dieciocho años, ingresó en la Compañía de la Cruz. Tomó el hábito en 1945. Hizo la profesión temporal en 1947 y emitió su profesión perpetua en 1952. Fue superiora de las casas de Estepa y Villanueva del Río y Minas, maestra de novicias y consejera general. Fue elegida Madre General de la Compañía de la Cruz el 11 de febrero de 1977.

Quienes la conocieron ponderan su piedad y altísima vida de oración, su austeridad y amor a la pobreza, su alegría, su fidelidad a la Regla hasta en los más mínimos detalles, su amor a los pobres y enfermos, y a las niñas de los internados. Las gentes de Villanueva del Río y Minas fueron testigos de su servicio ejemplar y lleno de cariño a las ancianas enfermas de las cuevas de esta población sevillana. A pesar de ser la Superiora de la comunidad, acudía diariamente a atenderlas. Les hacía la comida, les lavaba la ropa, reservándose siempre los trabajos más duros y penosos. Fue modelo de vida para todas sus hijas, falleciendo, víctima del cáncer, el día 31 de octubre de 1998, siendo enterrada en el mismo lugar que ocupó durante cincuenta años el cuerpo de Santa Ángela de la Cruz. De ella han afirmado sus hijas en innumerables ocasiones que «si se perdieran las reglas, sólo con verla actuar se podían escribir de nuevo».

3. Proceso diocesano. El milagro

El 20 de febrero de 2004, en la parroquia del Sagrario de la catedral de Sevilla, el Cardenal Amigo Vallejo abrió el proceso diocesano sobre la vida, virtudes y fama de santidad de Madre María de la Purísima. El proceso se desarrolló en sólo siete meses y fue clausurado el 15 de noviembre de ese mismo año en la catedral, enviándose a Roma la documentación preceptiva.
El día 4 de noviembre de 2005, en la capilla de la Casa Madre, bajo la presidencia del señor Cardenal, tuvo lugar la apertura de la instrucción del proceso diocesano sobre el milagro atribuido a la Sierva de Dios. Los hechos ocurrieron en 2004 en La Palma del Condado (Huelva) y la persona agraciada una niña de tres años y diez meses llamada Ana María Rodríguez Casado, nacida con una cardiopatía congénita al faltarle la vena cava inferior. Por ello, a los trece meses, los médicos le instalaron un marcapasos. En 2004 se rompió el cable de dicho marcapasos y la niña sufrió una parada cardiorespiratoria, cuyas consecuencias fueron un edema agudo de pulmón y la falta de oxigenación en el cerebro, provocándole graves secuelas neurológicas. La niña fue ingresada en el hospital Virgen del Rocío de Sevilla, siendo atendida en cuidados intensivos. Unos días después, salió del Hospital en silla de ruedas y sin capacidad para hablar. Las oraciones de su madre, de su abuela y de dos Hermanas de la Cruz, que les facilitaron una estampa de Madre María de la Purísima, a quien encomendaron a la niña, obraron el prodigio. De forma instantánea, Ana María recuperó el habla y la movilidad ante el asombro de su familia.

El 13 de febrero de 2006, también en la Capilla de la Casa Madre y bajo la presidencia del Sr. Cardenal, tuvo lugar el acto de clausura de la instrucción del proceso diocesano sobre el milagro atribuido a la Sierva de Dios. En dicho acto, el perito médico Dr. Manuel Nieto expuso todo el historial médico de la niña y finalizó su intervención afirmando que Ana María había tenido una evolución excepcional y una completa recuperación «difícilmente explicable y no previsible». Como es preceptivo, las actas del proceso fueron entregadas en la Congregación romana para las Causas de los Santos. A partir de ese momento, los hechos se desarrollan con una inusitada rapidez. El 29 de septiembre de 2006, el relator de la Causa, Mons. Gutiérrez, entregó la Positio sobre la vida, virtudes y fama de santidad de Madre María de la Purísima en la Congregación para las Causas de los Santos. El 17 de enero de 2009 se aprueba el Decreto sobre la heroicidad de sus virtudes, declarándola Venerable, y catorce meses después, el 27 de marzo de 2010, el Papa Benedicto XVI aprueba el Decreto sobre el milagro de la curación de Ana María.

Pocos días después, el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el Arzobispo Angelo Amato, comunica al Arzobispo de Sevilla que el Santo Padre Benedicto XVI ha autorizado la promulgación del Decreto mediante el cual se fija la fecha de la ceremonia de Beatificación de Madre María de la Purísima de la Cruz en la ciudad de Sevilla el sábado 18 de septiembre de 2010. En esa fecha memorable nuestra Iglesia diocesana dará gracias a Dios por la santidad de Madre María de la Purísima de la Cruz, modelo para todos de fidelidad al Señor y de amor a los más pobres.

4. Madre María de la Purísima. Virtudes heroicas

Beatificar a un cristiano significa reconocer sus virtudes heroicas. La Iglesia declara en esta ocasión solemne que dicho cristiano ha practicado todas las virtudes, aunque se haya destacado en algunas en particular, de acuerdo con su personalidad o carisma. La práctica de las virtudes no es exclusiva de quienes son incluidos por la Iglesia en el catálogo de los santos o beatos. Todos los cristianos estamos invitados a practicarlas. Cuando la Iglesia eleva a un creyente al honor de los altares, no sólo lo está presentando como intercesor ante Dios, al que nos podemos encomendar, sino también como un ejemplo de vida auténticamente cristiana. Por ello, nuestro acercamiento a la vida de los santos, en este caso a la vida de Madre María de la Purísima a través de sus Cartas, es una forma preciosa de alentarnos en el seguimiento e imitación de Cristo. Sus vidas nos estimulan, independientemente del carisma peculiar que hayan vivido. En el caso de Madre María de la Purísima, su vida santa no sólo debe interesar a las Hermanas de la Cruz, puesto que en ella todos tenemos mucho que aprender, porque es un reflejo de la vida de Cristo y ha sido conformada por el Espíritu, que es el que dinamiza nuestra vida cristiana.

En la tradición teológica las virtudes heroicas son las que se practican con prontitud, con facilidad y con gusto. Las personas que se proponen practicar la virtud saben muy bien la dificultad que esto lleva consigo. Es necesario el esfuerzo, la constancia y la vigilancia. En el caso de los santos, sin embargo, su amor ardiente a Jesucristo y su inclinación a la virtud, les lleva a practicarlas con naturalidad, con alegría espontánea y casi sin esfuerzo. Así sucede con la Venerable Madre María de la Purísima de la Cruz. Como seguidora de Santa Ángela, a lo largo de su vida vive abrazada a la cruz. De ello dan testimonio quienes intervinieron en el proceso diocesano acerca de sus virtudes y fama de santidad. Todos ellos coinciden en señalar que siempre, pero especialmente en su última enfermedad, sobrellevó los terribles dolores que le producía el cáncer haciendo vida normal y con admirable entereza y alegría.

Otra prueba de la heroicidad de sus virtudes es la veneración que le profesaron sus hijas y todas las personas que con ella se relacionaron, por su trato siempre amable y lleno de cariño por todos. No siempre es fácil mantener el equilibrio del espíritu en la diversidad de circunstancias que rodean la vida de una persona. Madre María de la Purísima, sin embargo, siempre trató a todos, tanto en su etapa de hermana como en sus años de Superiora local o Madre General, con exquisita caridad, que en su caso no es fruto solamente de la excepcional educación humana recibida en su hogar, sino que tiene una raíz sobrenatural muy profunda. Su mirada de amor no se reduce a las hermanas de la Congregación, sus hijas en su etapa de Superiora General. Mira también hacia fuera. Le duele en el alma la pobreza material de tantos hermanos. Por ello, urge a sus hijas que se esmeren en la postulación aún a costa de los mayores sacrificios.

Pero le duele también su pobreza espiritual, su falta de fe y de esperanza, dones que sus hijas poseen de forma absolutamente gratuita. «¿Por qué, Señor?-exclama en una de sus cartas- ¿Qué hemos hecho para merecerlo? Entonces brota un agradecimiento inmenso en nuestro corazón, que se traduce en amor. ¿Qué quieres, Señor, que haga? Y en seguida sentimos su respuesta: »No quieras hacer tu voluntad sino la mía»» (p. 41). Quien así escribe no lo hace al dictado de un manual de ascética y mística, sino desde la propia experiencia espiritual, que ella quiere extender a todas sus hermanas. Otro tanto sucede cuando define la santidad como una entrega total en manos del Señor de todo lo que somos y tenemos. Añade que hay algo especialmente difícil a la hora de entregarse a lo que Él quiera, nuestro «yo». Entonces apela de nuevo a su experiencia: «esto ¡qué difícil se nos hace!». (p. 576).

5. Madre María de la Purísima, maestra de vida espiritual

La fuente fundamental para conocer la fisonomía espiritual de Madre María de la Purísima son sus cartas, único punto de partida de esta carta pastoral. Aunque dirigidas a las diversas comunidades del Instituto, no olvida en ellas a aquellos que el Señor ha encomendado al ministerio de las hermanas: los pobres, los enfermos, las ancianas y las niñas a las que sirven. Las escribe en las vísperas de los tiempos fuertes del año litúrgico y tratan de ayudar a sus hijas a vivir el Adviento, la Navidad, la Cuaresma, el Triduo Pascual, Pentecostés, el mes de mayo, dedicado por la piedad cristiana a la Virgen, o el mes junio, dedicado al Sagrado Corazón. En ellas nos revela un profundo conocimiento del alma humana, de los mecanismos complejos de la vida espiritual y de la doctrina ascética secular de la Iglesia. En ellas se nos desvela además como la mejor intérprete del espíritu y del carisma de Santa Ángela de la Cruz. Al magisterio espiritual de la pluma, trasunto de su riqueza espiritual, se añade el testimonio de su propia vida virtuosa y santa, que sus hijas conocen de primera mano. Todo ello hace de ella una verdadera maestra de vida espiritual para sus hijas y para quienes nos acercamos a su biografía y a sus escritos para conocerla y enriquecernos con sus enseñanzas.

Que su cartas son un reflejo cabal de su propia vida lo refrendan quienes testifican en su proceso. Por ello, no extraña a sus hijas cuanto en ellas les propone, cuando les habla de la fe o el amor, de la unión con Cristo, de la oración, la humildad o la Santísima Virgen María; o cuando les habla de la santidad, la adoración, la reparación y la alabanza. Sorprende, sin embargo, el rigor doctrinal y la exactitud de los conceptos espirituales que maneja, fruto ciertamente de su sólida formación, pero sobre todo de su unión con el Señor, que le confiere una especie de afinidad o connaturalidad con la verdad revelada. Por ejemplo, cuando habla de adoración la refiere siempre a la Santísima Trinidad, incluso cuando se refiere a la adoración eucarística. Las Hermanas de la Cruz reciben sus orientaciones con total docilidad y entusiasmo porque conocen la verdad y autenticidad de su vida como consagrada y su alta experiencia de Dios.

Ella vive con gran docilidad su consagración, la fidelidad a los votos y a la Regla. Por ello, sus consejos no son palabras vacías, sino verdadero estímulo para sus hijas y proporcionalmente para cualquier cristiano que quiera vivir con hondura su vocación a la santidad. La cruz, la pobreza, la austeridad, el desprendimiento, el ir muriendo a nosotros mismos y la vida interior, son actitudes que cualquier cristiano consciente debe vivir en su propio estado y condición. De este modo, los santos no sólo nos asisten con su intercesión, sino que son verdaderos modelos que nos hacen cercano y accesible el Evangelio de Jesús, traduciéndolo y poniéndolo al alcance del hombre de hoy.

6. Transparencia cabal de Jesucristo

Madre María de la Purísima no sólo es modelo a imitar por sus hijas, las Hermanas de la Cruz, sino también por cualquier cristiano. Su vida es epifanía o manifestación en nuestro tiempo, en la segunda mitad del siglo XX, de la vida de Cristo. Por ello, la Iglesia la va a poner sobre el candelero para que la luz de su amor a Jesucristo y a los pobres y el testimonio de su santidad nos ilumine a todos. Su vida nos alecciona e invita a seguir a Jesucristo con radicalidad y entusiasmo.

Su beatificación es ciertamente un reconocimiento público de sus virtudes, pero tiene también una finalidad pedagógica: mostrarnos que la santidad radica en el amor y en la fidelidad al Señor, en las circunstancias más comunes y ordinarias de la vida y en las cosas pequeñas de cada día. Madre María de la Purísima lo afirma con mucha concisión y claridad: «La santidad no está en lo que hacemos, sino en cómo lo hacemos» (p. 261). Para ella, la santidad no consiste en hacer cosas raras o extravagantes, sino en poner enteramente la propia vida en manos del Señor, identificados en Él, consagrándole todo nuestro ser, viviendo la fidelidad diaria y cumpliendo los deberes y obligaciones del propio estado.

Todo esto no se puede alcanzar sin una vida interior sincera y sin la unión vital con el Señor, dejando que sea Él mismo quien nos conduzca. Así lo expresa ella de forma contundente: «Tenemos que convencernos que la santidad es más dejarnos hacer por Dios que hacer nosotros» (p. 43). La santidad efectivamente no es sólo fruto de nuestro esfuerzo. Es, sobre todo, la donación del mismo Cristo en nuestros corazones. Esto es lo que verdaderamente llama la atención en los santos. No los hace santos la razón, ni el estudio, ni la perfección humana de sus actos, sino Cristo grabado a fuego en sus corazones. Todos ellos son transparencia cabal de Jesucristo a pesar de las dificultades. En este sentido afirma Madre María de la Purísima: «Las caídas no son obstáculo para la santidad si sabemos levantarnos con nuevos bríos y más confianza en el Señor» (p. 540). Y en una carta de octubre de 1995 dice a sus hermanas: «Las contrariedades son la piedra de toque de la santidad, y se nos presentan muchas veces al día, unas a través de la obediencia que nos cambia los planes o nos manda cosas que nos cuestan; otras veces por medio de las Hermanas, que sin querer, nos dan muchas ocasiones de practicar la humildad y la caridad; y otras por acontecimientos imprevistos que el Señor presenta para que nos afiancemos en las virtudes, y muchas en la fidelidad a la Santa Regla». (p. 929).

7. Vivir el misterio de Cristo en la liturgia

En la carta de Cuaresma de 1997, propone a las hermanas como trabajo «profundizar en el misterio de Cristo», conocerlo y vivirlo (p. 344). Para ello, en las orientaciones espirituales que envía a sus hijas da mucha importancia a los tiempos litúrgicos. Ella misma da la explicación: «Quizás no nos demos cuenta de que es más importante vivir los acontecimientos en la liturgia, que haberlos vivido realmente, porque todos los acontecimientos del misterio de Cristo, salvan y santifican, en la medida en que uno los acepta y vive en fe. Cuando la Iglesia los actualiza, hace que podamos vivirlos desde dentro con más eficacia salvadora que cuando estaban pasando, porque ya los conocemos a la luz de la fe» (p. 58). En realidad Madre María de la Purísima es una mística que ha descubierto el valor de la liturgia que actualiza sacramentalmente los misterios de la vida del Señor.

7.1. El Adviento

Para ella el Adviento es el tiempo privilegiado para prepararnos para acoger al Señor en nuestro corazón, eliminando todos aquellos apegos y ataduras que impiden que Jesucristo sea el verdadero Señor de nuestras vidas y que ocupe el lugar que le corresponde en nuestros corazones: «La espiritualidad del Adviento –escribe a sus hijas en la carta de Adviento de 1989- consiste en descubrir lo que tengo en mí sin Cristo. Todo lo que haya en mí que no esté de acuerdo con Cristo son zonas de Adviento donde aún no ha llegado Él: el amor propio, la propia voluntad, la honra, el egoísmo. Puede ser también zona de Adviento, la frialdad e indiferencia ante la santidad que se traduce en el poco esfuerzo por conseguirla; el aferrarse a los propios planes, el querer santificarse a su modo, el desánimo, la desconfianza. En resumen deberíamos preguntarnos a nosotras mismas: ¿Hasta dónde realmente Cristo ha transformado mi vida?; ¿mis criterios, están plenamente de acuerdo con los suyos o están en contradicción? Esto último lo podemos ver con claridad comparando nuestros criterios con las Bienaventuranzas, resumen de los criterios de Cristo. Necesitamos también humildad para reconocer que diferimos de Él» (p. 59).

En otra ocasión dice a sus hermanas: «Adviento es preparar nuestras almas para vivir durante todo el año el misterio de Cristo, que por nuestro amor se hace hombre para salvarnos» (p. 50). Al mismo tiempo señala la humildad y la generosidad como las virtudes típicas del Adviento: «El Adviento, como tiempo litúrgico, trata de educarnos en la humildad, intenta enseñarnos a distinguir entre la voluntad de Dios y la nuestra, a santificarnos por los caminos de Dios. Para ello nos propone como modelo a María…» (p. 58). Por el contrario, la actitud más contraria al Adviento es la desgana, la falta de generosidad, «el vivir como el que ha renunciado a la propia santidad. Esta actitud se manifiesta en exigirnos lo indispensable en lo exterior y aún menos en lo interior, caminar un poco a nuestro aire, con poca fidelidad en la observancia y poca delicadeza en las virtudes, pareciéndonos todo demasiado, quejándonos con frecuencia, buscando cuantas compensaciones humanas podemos, en fin, pasando la vida, sin entusiasmo por nuestra vocación» (p.60).

7.2. La Navidad

Hablando a sus hijas de la Navidad, Madre María de la Purísima subraya la grandeza del misterio de la Encarnación, la generosidad de Dios, que envía a su Hijo en nuestra carne para acercarse a nosotros y ofrecernos su salvación. También en este caso destaca las actitudes con que se han de celebrar las solemnidades navideñas. Insiste de nuevo en la humildad de corazón. En la carta de Adviento de de 1994 dice a sus hijas: « En el misterio del nacimiento del Señor sobresale la virtud de la humildad. Trabajemos por tener una actitud humilde: ante Dios, ante nosotras mismas y ante los demás» (p. 100). Señala también como actitud propia de este tiempo santo la apertura de corazón para que el Señor lo posea completamente. En este sentido afirma que la contemplación del misterio de Belén «es un abrirle las puertas al Señor para que entre y cene con nosotras, es decir, nos llene de sus gracias, nos dé esa sabiduría de Dios que no se aprende en los libros sino en la contemplación humilde de sus misterios, en el trato asiduo con Él, en el silencio y en el recogimiento, en la unión de nuestra voluntad con la suya» (p. 164).

El misterio de Belén es además una llamada a seguir a Jesús, pobre y humilde, siervo y servidor: «La meditación del maravilloso Misterio de Belén, nos ayuda a la humildad, a la bondad, al amor. Es una llamada, un reclamo a seguir a Jesús, pobre, humilde, desapercibido. Si meditamos mucho y contemplamos en profundidad este misterio, no tenemos más remedio que adoptar interiormente una postura humilde que nos llevará, a estar con facilidad a los pies de todos» (p. 157-158).

Para la Madre María de la Purísima, Belén es «una escuela donde podemos aprender todas las virtudes: fe, humildad, pobreza, paciencia, conformidad con la voluntad de Dios, sencillez, alegría, obediencia, prudencia fortaleza… y sobre todo, un amor grande al Dios que »tanto nos amó que nos entregó a su Hijo Unigénito»» (p. 164). Belén es además escuela de amor auténtico, el amor de Dios que viene hacia nosotros para salvarnos y que se manifiesta en la pobreza más extrema, en la humillación y la obediencia incondicional a la voluntad del Padre. Este amor, dice la Madre es el que han de imitar sus hijas en el seno de sus comunidades, también con aquellos que están confiados a sus cuidados, los pobres, los enfermos, las niñas y las ancianas, un amor, como el de Cristo, a fondo perdido y sin esperar recompensa alguna.

7.3. Triduo pascual

En la espiritualidad de las hijas de Santa Ángela, especialmente en el Triduo pascual, ocupa un lugar eminente la cruz de Cristo, que por esto se llaman Hermanas de la Cruz. En ella deben aprender las virtudes características de su Instituto: «amor a la humillación, espíritu de sacrificio y abnegación… virtudes esenciales en nuestra vida» (cfr. p. 327). A los pies de la cruz de Cristo en el Calvario aprendemos, las Hermanas de la Cruz y todos los cristianos, el amor hasta el extremo. Por ello, da este consejo a sus hijas: «Meditemos mucho en este santo tiempo la Pasión del Señor, que siempre nos hace bien y nos estimula a la práctica de las virtudes sólidas, como son la caridad, la humildad, la abnegación, la paciencia, el sacrificio, el silencio…» (p. 226). Para Madre María de la Purísima, la meta última de la vida cristiana es llegar a tener los mismos sentimientos de Cristo y compartir con él sus propios padecimientos. Así lo declara abiertamente: «Necesitamos aprender tantas cosas, sobre todo a tener los mismos sentimientos de Cristo ante aquello que a nosotros nos parece injusto y proviene de los demás» (p. 213).

Estas han sido siempre las actitudes de los mártires y los santos y es lo que está llamado a vivir el cristiano en las celebraciones de la Semana Santa: «En estos días, profundicemos en los sentimientos de Cristo ante el comportamiento de aquellos mismos a quienes tanto había favorecido… Nos falta ese sentido sobrenatural para ver a los que nos rodean como instrumentos de santificación y como medios que el Señor nos ha puesto para purificarnos; sus defectos purifican los nuestros que también los tenemos» (p. 214). Junto a la cruz aprendemos «esas virtudes que tanto necesitamos: humildad, caridad, paciencia, y de las que vemos allí tan grandes ejemplos» (p. 215).

Madre María de la Purísima propone a sus hijas «la meditación frecuente de la Pasión, que mueva nuestro corazón, o al menos, fortalezca nuestra voluntad para abrazarnos con generosidad y alegría a nuestra vida de cruz» (p. 278). Su insistencia en la meditación en la Pasión de Cristo no significa que olvide que desde el horizonte del Calvario se adivina ya en lontananza cercana la resurrección, en la que también sus hijas deben meditar para resucitar «a una vida de más fervor, entrega y fidelidad» (p. 862). Tampoco olvida que la meditación de la Pasión debe tener siempre una impronta apostólica, pues de ella debe nacer «un gran deseo de la salvación de las almas que fue lo que le movió a Él a abrazarse con la cruz» (p. 278).

7.4. Pentecostés

Madre María de la Purísima invita también a sus hijas a vivir gozosamente la solemnidad de Pentecostés. Ella conoce por propia experiencia lo que significa para nosotros la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones y su acción decisiva en nuestras vidas. Él es el principio que unifica, dinamiza, vivifica y diviniza a la Iglesia; y en la vida cristiana individual, quien nos da el querer y el obrar. Sin Él nuestra vida espiritual carece de lozanía y fecundidad. Sin él es imposible la fidelidad. Todo será sequedad, esterilidad y tibieza. Por ello, pide a sus hijas que traten cada día al Espíritu Santo. Les va en ello la vida. Se lo pide, sobre todo, en las vísperas de la solemnidad de Pentecostés, que ella entiende como el Misterio de Dios santificador en nosotros. «Él –afirma en una de sus cartas- trabaja continuamente en nuestras almas transformándolas y santificándolas, pero necesita nuestra docilidad y que no pongamos impedimentos a su acción. Continuamente nos está mostrando lo más perfecto y moviendo a practicarlo, pero jamás fuerza nuestra libertad. Si fuéramos dóciles a cuanto nos pide, ¡cómo adelantaríamos en el camino de la perfección…! Y cuántas veces es un vencimiento, una palabra, una sonrisa, un ceder, olvidarnos de nosotras mismas, renunciar a un gusto…, cosas pequeñas que quizás regateamos demasiado. Dejémonos guiar por su luz y encender por su fuego, como la Virgen fiel se dejó conducir siempre por el Espíritu Santo» (p. 378). Justamente por ello, pide a sus religiosas que sean «muy devotas de la tercera Persona de la Santísima Trinidad y sobre todo muy dóciles, dejándonos guiar y conducir por Él; es el Maestro de la vida interior y el que nos va santificando si no le ponemos impedimento. Si fuéramos dóciles y nos dejáramos enseñar y conducir por Él, ¡cómo volaríamos a la santidad!» (p. 395-396).

8. Las grandes devociones de Madre María de la Purísima

8.1. El Sagrado Corazón

Madre María de la Purísima fue muy devota del Corazón de Jesús e inculca a sus hijas esta devoción, especialmente en sus cartas del mes de junio de cada año. «La devoción del Sagrado Corazón – les dice en una de ellas- es propia de las almas interiores y nosotros queremos ser de éstas» (p. 660). Es más, está convencida de que es una devoción que lleva a la santidad. Ella conoce bien sus fundamentos teológicos, pues «consiste en reconocer el amor que el Señor nos tiene e intentar corresponderle con una entrega total, y al mismo tiempo reparar y suplir por los que no tienen la dicha de conocerle ni de amarle» (p. 588).

En la carta de junio de 1982, que lleva por título: «La mejor manera de honrar al Sagrado Corazón, será creciendo en su amor», se pregunta: «Cómo… se aprende a amar? Amando. ¿Cómo se aumenta el amor? Amando más… Y de este amor al Señor brotará el amor a nuestros prójimos. Un amor limpio, desinteresado, sobrenatural, sacrificado…» (p. 556-557). Madre María de la Purísima no olvida la dimensión apostólica de esta devoción, pues en la oración, junto al Corazón de Cristo tienen que estar muy presentes quienes no han llegado a conocerlo ni a amarlo. Subraya además el nexo natural de esta devoción con la Eucaristía, puesto que es en ella donde se manifiesta del modo más palpable el amor del Señor hasta el extremo. En la Eucaristía, en efecto, el Señor «se ha reducido a un pedazo de pan para poder ser nuestro compañero de camino y que nunca nos encontremos solos, y al mismo tiempo para ser nuestro alimento y así transformarnos haciéndonos cada día más semejantes a Él» (p. 588).

8.2. Amor y reparación

La reparación por los propios pecados y por el pecado del mundo ha sido siempre un aspecto fundamental de la devoción al Sagrado Corazón. Amor y reparación son dos rasgos que van con frecuencia unidos en las cartas de Madre María de la Purísima, «porque el amor (si es verdadero) y la reparación son inseparables» (p. 659). En efecto, ella considera que el carácter de reparación pertenece a la esencia más genuina de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Así lo confiesa a sus hijas: «El amor infinito del Señor hacia los hombres exige una correspondencia por nuestra parte… A nosotras, a las que el Señor ha colmado de gracias nos corresponde amarle por nosotras y por todos aquellos que no le conocen ni le aman» (p. 570).

Le duele e impresiona que Aquel que tanto nos ama, en vez de recibir amor, recibe innumerables ofensas por parte de sus criaturas. Así lo manifiesta en la carta de junio de 1986: «Al ver cómo nos amó y se entregó por »nosotros», brota en nuestra alma, al par que un amor de correspondencia, un gran sentimiento por lo poco que es conocido y amado, y un deseo inmenso de reparar la frialdad con que la mayoría de los hombres corresponden a su amor» (p. 548). La frialdad y las ofensas sólo pueden ser reparadas con amor. Quien ama a Dios de verdad no puede sino sentir un gran dolor ante el desamor y el pecado. Por ello, pide a las hermanas que vivan el mes de junio «en un clima de reparación, pues si de verdad amamos al Señor, nos tiene que doler la frialdad y el desamor que continuamente recibe de la mayoría de los hombres. Por eso procuraremos hacer todas las cosas en espíritu de reparación y con mucho amor para que Nuestro Señor pueda descansar en nosotras y no tenga que decir: “Consoladores busqué y no los hallé” sino “Tu nombre está escrito en mi corazón”…» (p. 622).

Las Hermanas de la Cruz están más obligadas que nadie a reparar, «ya que hemos recibido muchas gracias y mucha luz, por lo que tenemos que suplir en amor y en virtudes a los que no han tenido esta dicha, y con nuestra oración y sacrificio alcanzarles a ellos estas gracias que nunca sabremos apreciar en esta vida» (p. 659). Tiene muy presente además la tonalidad apostólica de la reparación: «Otra forma de reparar es trabajar por dar a conocer y amar a Cristo, no perdonando sacrificios y trabajando por llevar las almas a Él» (p. 548). Enmarca, por fin, la reparación en la espiritualidad propia de la Compañía de la Cruz: «La devoción al Sagrado Corazón es devoción de cruz. Por lo tanto disponibilidad al sacrificio, para que Él sea conocido y amado. Celo por las almas, oración, mortificación, apostolado dentro de la voluntad de Dios » (p. 549).

8.3. La devoción al Sagrado Corazón y la Eucaristía

Como se ha apuntado más arriba, para Madre María de la Purísima existe una relación estrecha entre la devoción al Sagrado Corazón y la Eucaristía. El mes del Sagrado Corazón es también un mes eucarístico, porque la Eucaristía es la manifestación suprema del amor de Jesús hacia nosotros (p. 573). Lo subraya con intensidad en la carta de junio de 1980. A este amor se ha de responder con amor: «Procuremos, pues, – dice a sus hermanas en dicha carta- rodear de amor al Señor en el Sagrario, acompañarlo, fomentar en nosotras el aprecio de la Eucaristía, e incluso en el adorno y cuidado de la Capilla mostrar nuestra delicadeza y devoción» (p. 547). Ambas devociones son esencialmente reparadoras. En la carta de junio de 1985 afirma que «la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es eminentemente reparadora y eucarística» (p. 570).

Para ello, consciente del nexo profundo que existe entre esta devoción y la Eucaristía pide a las Hermanas que en el mes de junio gasten muchas horas junto al sagrario (p. 600). Allí, estarán muy cerca del Corazón de Cristo y aprenderán la mansedumbre y la humildad. Junto al sagrario, el Señor será «el centro de nuestros pensamientos, afectos y sentimientos como Rey único de nuestro corazón» (p. 659). Muy cerca del sagrario se caldearán sus corazones, pues «no podemos negar que la causa de todos nuestros fallos es nuestra frialdad en el amor. Si de verdad le amáramos ¡qué fácil se nos haría todo! Podríamos decir como San Pablo: “Quién nos separará del amor de Cristo ¿la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada…?” (Rm 8,35)» (p. 556-557). Por todo ello, invita a sus hijas a vivir con intensidad el mes del Sagrado Corazón, ellas que debieran ser «especialistas en el amor» (p. 557).

8.4. La devoción a la Santísima Virgen

Aunque trataremos este aspecto más adelante al delinear con Madre María de la Purísima la espiritualidad específica de su Instituto, sí es necesario anticipar que la Madre amó tierna y filialmente a la Santísima Virgen, medianera de todas las gracias necesarias para nuestra fidelidad en el seguimiento del Señor. Por ello, debe tener un lugar de privilegio en nuestro corazón, para que sea Ella quien nos inicie en la imitación de su Hijo. No tenemos mejor escuela, ya que su vida entera, «sus pensamientos, sus deseos, sus intenciones… todo iba dirigido únicamente a agradar a Dios, por Él sólo vivía y nada deseaba fuera de Él y su voluntad; su oración era continua y así su fe y su amor iban aumentando cada día» (p. 393).

Vivir muy cerca de ella influye benéficamente en nuestra vida, no solo por lo que ella puede conseguirnos del Señor como medianera, sino porque su humildad, amor, pureza, disponibilidad, unión con su Hijo y todas sus virtudes, por una especie de ósmosis transformante, van grabándose a fuego en nuestros corazones. Para Madre María de la Purísima la devoción a la Santísima Virgen es camino seguro para llegar a Jesús (p. 490). Ella no olvida nunca que la Santísima Virgen es la Madre de Jesús y que siempre nos conduce a Él. Habla desde su propia experiencia: «He procurado hacerlo todo con Ella y he visto el buen resultado que da» (p. 179).

Con la mejor tradición cristiana, sintetizada por Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Mater, subraya el nexo indisoluble que existe entre María y la Eucaristía. La devoción a la Santísima Virgen, mujer eucarística, nos lleva a la Eucaristía (cfr. RM 44). Así lo afirma en la carta de mayo de 1993, que lleva por título: «María nos guía a la Eucaristía»» (p. 458) Efectivamente, «Ella nos ayuda a vivir los tres aspectos de la Eucaristía: sacrificio, comunión y presencia» (p. 459). «Ella va a ser la que nos enseñe a amar y adorar al Señor en este Santísimo Sacramento, la que nos va a ayudar a prepararnos para recibirle, la que nos lleve a reparar tantas ofensas como recibe en este Sacramento de su amor» (p. 458).

9. Las virtudes cristianas

9.1. La virtud de la fe

Los santos son siempre modelos de vida para los creyentes en todas las virtudes cristianas. Sus vidas se fundamentan en la virtud teologal de la fe. Es verdad que la primera de las virtudes teologales es la caridad (1 Cor 13,13), pero ello no quiere decir que la fe sea menos importante, porque la fe actúa por la caridad (Gál 5,6), es decir, que la que obra siempre es la fe. Cuando se mira a una persona virtuosa como la Venerable Madre María de la Purísima, no cabe duda alguna que el motor de sus virtudes es la fe, que es alma de la esperanza y de la caridad. Su vida está traspasada por la fe. La vive desde la cruz, no cualquier cruz, sino la de Cristo que se entrega por todos, es decir desde lo más genuino del carisma de su Madre Santa Ángela. Por ello, hace de su vida una ofrenda total al Padre, que le lleva a entregarse por amor a los hermanos. Su amor a los pobres nace de su fe. No nace de una compasión puramente humana ante las necesidades del prójimo, sino contemplando la cruz de Cristo. Esta vivencia de Cristo crucificado le acerca al Padre, Creador de todo, que envía a su Hijo para nuestra salvación, y también a nuestros prójimos, por quienes Cristo murió haciéndonos hermanos.

9.2. La fe lleva a la esperanza

La fe cristiana vivida en plenitud conduce a la esperanza. Quien entrega la vida entera por los demás, está manifestando lo que desea alcanzar para sí mismo y para sus hermanos, aquello que Dios guarda en su corazón para todos, la vida verdadera, en la que no habrá dolor, ni llanto, ni luto, sino solamente una gran paz y una gran luz, la luz que destella el rostro de Cristo resucitado, y todo ello, por toda la eternidad. La fe y la esperanza son dos virtudes indisociables en la vida de Madre María de la Purísima. Desde la fe se entregó por completo a Dios y trabajó denodadamente por su santificación. No sólo aceptó intelectualmente todo lo que la Iglesia profesa en el Credo, sino que lo incorporó a su existencia cotidiana.

De la fe nació espontánea su vida de penitencia, todas las virtudes cristianas y el servicio constante a los pobres y enfermos, sin ahorrarse ninguna incomodidad, como si esa manera de vivir fuera lo natural. Y todo ello por puro amor a Dios, porque la fe vivida en plenitud es amor. Si Dios no es el centro de nuestra vida y si nos falta amor es justamente por la falta de fe. Así lo explica a las hermanas: «Nuestra fe no tiene la suficiente fuerza para saber descubrir la presencia de Dios en todo lo que nos rodea, para enfocar las cosas con un sentido sobrenatural, para valorar las contrariedades y mortificaciones que nuestra vida encierra» (p. 252).

En sus cartas describe ampliamente lo que es la vida de fe desde lo que ella vive, desde su propia experiencia. «La vida de fe no significa simplemente actos aislados sino actitudes ante todo lo que se relacione con nosotros. Actitud de sumisión y reverencia al Señor, que se manifiesta en nuestro trato con Él y en nuestras disposiciones para recibir lo que Él nos vaya presentando por medio de la Regla y de los superiores. Actitud de servicio con nuestras Hermanas y demás prójimos viendo en ellos al Señor, que se manifiesta en el trato con nuestras Hermanas y en los apostolados. Actitud de fe en todos los acontecimientos, viendo a través de ellos la mano bondadosa del Señor que nos los envía porque nos ama, y se demuestra en la paz y gozo en las contrariedades» (p. 829).

«Vivir de fe –afirma en otra ocasión- es vivir convencidas de cuánto nos ama Dios, cómo está en nosotras y nos ayuda en todo momento. ¡Qué poderosa es su gracia y cómo con ella podemos vencernos a nosotras mismas que es lo más difícil de todo. Es unirnos al Señor en los sacramentos, en la oración y acudir continuamente a Él durante el día. Vivir de fe es vivir con entusiasmo nuestra vocación, valorando todos los medios que nos da el Instituto para santificarnos, apreciando todo lo nuestro, nuestras Reglas, nuestras costumbres, nuestro estilo. Es dar sentido a las cosas pequeñas de cada día, es desear y buscar lo que más nos acerque al Señor, no lo más agradable a nuestra naturaleza. Es verle en los demás y amarlos sin esperar nada a cambio, es ver en todos los acontecimientos Su Voluntad y aceptarla porque nos viene de Él. Vivir de fe es, incluso en las penas y sinsabores de la vida, descansar abandonados en las manos del Señor, fiándonos plenamente de Él. En una palabra, es vivir ya desde ahora la felicidad que poseeremos en el Cielo donde sólo Dios y su Voluntad nos saciará. Merece la pena vivir de fe aunque nos cueste» (p. 412-413). En otra de sus cartas recoge estas enseñanzas con estas palabras terminantes: «… Necesitamos una vida de fe intensa para saber buscar las cosas de arriba y despreciar las de la tierra» (p. 863).

En el Adviento de 1980 escribe a las Hermanas una carta con este encabezamiento: «Vida intensa de oración y por tanto vida teologal: vida de fe, de esperanza y de caridad » (p. 9). En ella pone como modelo de fe a la Santísima Virgen: «Pienso que podemos tomar como modelo a la Virgen nuestra Madre. ¿Cómo se preparó Ella? Esperó a su Hijo en oración y de ahí su vida teologal intensa; siempre, pero en esos días, vivió con más intensidad una vida de fe, esperanza y amor. Si como Ella vivimos en oración, se fortalecerá nuestra fe, aumentará nuestra esperanza y crecerá nuestro amor» (p. 9). Parecidas ideas repite en otros contextos: «Necesitamos mucha fe para descubrir la presencia misteriosa de Dios que nos envuelve por fuera y por dentro» (p. 253). «Necesitamos actuarnos en el espíritu de fe: para convencernos de que nuestro esfuerzo es necesario y nadie lo puede hacer por nosotras, apoyándonos en la gracia de Dios nunca nos faltará; para no dejarnos llevar de miras humanas…; para vencer respetos humanos…; para valorar el «perder tierra para ganar cielo» y apreciar los medios que la vida religiosa nos proporciona para santificarnos, dándonos ocasiones de practicar virtudes; para comprender el valor de la fidelidad a las cosas pequeñas» (p. 878-879).

9.3 Crecer en el amor a Dios y al prójimo

Un tema muy frecuente en las cartas de Madre María de la Purísima es la necesidad de crecer en el amor. Éste es un tema que aparece en varios pasajes de sus cartas. En muchas ocasiones lo expresa con palabras equivalentes, como cuando estimula a sus hijas a progresar en su vida espiritual. Para ello son necesarios dos pilares: el amor al Señor por medio de la intimidad con Él y el amor a los demás. En la carta de Adviento de 1985 pide a las Hermanas «aislarnos lo más posible de todo lo exterior y transitorio» e intensificar la vida de oración, ya que el trato con el Señor es el que va haciendo que aumente el amor (p. 37). Pero el amor a Dios no crece sólo en la oración y en la intimidad con Él, sino cuando se cae en la cuenta de que el Señor vive en el prójimo y le acogemos y servimos por amor a Él. Por ello, afirma que «la caridad fraterna es la expresión más convincente del amor de Dios; nadie puede decir que ama a Dios, si no ama al hermano… Amor verdadero, sobrenatural, desinteresado, que busca sólo el bien del otro sin esperar ni recibir nada en cambio» (p. 552).

El amor a Dios, en la experiencia espiritual de Madre María de la Purísima, «es inseparable de una gran confianza en Él, un fiarnos plenamente aunque no veamos el fin del camino por el que nos conduce» (p. 552). Así lo manifiesta en una carta de 1981, en la que ve compatible la experiencia de Dios con la sequedad espiritual, tan frecuente incluso en almas de elevada virtud. Madre María de la Purísima insiste en que el amor a Dios se manifiesta fundamentalmente en la caridad con el prójimo. De ello habla en la carta de Adviento de 1997, en la que afirma que «el amor de Dios va creciendo en nosotros mediante la repetición de actos y poniendo amor en todo lo que hacemos, con el deseo de hacer en cada momento Su Voluntad» (p. 127), para continuar un poco más adelante: «Por otro lado, hemos de tener en cuenta que el amor de Dios, cuando es verdadero se manifiesta en el amor al prójimo, pero un amor lleno de Dios. Luego, nuestro amor a Dios cuanto más fuerte es, más se conoce en nuestra manera de tratar a todos» (p. 128).

El amor al prójimo debe ser a fondo perdido y sin esperar recompensa. Todo ello contribuye grandemente a vivir intensamente la fraternidad en el seno de las comunidades de las Hermanas de la Cruz: «Si tuviéramos este amor, -escribe en la carta de Adviento de 1980- desaparecerían las críticas, quejas, censuras, desatenciones, incomprensiones, actitudes de tirantez, brusquedad o indiferencia y aumentaría la paz y unión en las Comunidades, siendo todas para todas. Esto no lo podemos alcanzar sin una vida de oración intensa» (p. 14). Por ello, propone a las Hermanas algunas indicaciones concretas que mucho pueden ayudarles en la vida comunitaria: «Que cada noche al hacer el examen de conciencia podamos decir: he rezado para que en mi comunidad reine la paz y me he sacrificado para que no se rompa la unión, al contrario crezca y se fortalezca cada día más. Por eso, he sabido callar, ceder, dejar lo mejor para las demás, sacrificándome porque ellas no se sacrifiquen, he colaborado poniendo alegría y he procurado ser muy igual con todas. Y, todo esto, sólo por agradar al Señor y procurando portarme con cada una de mis Hermanas como lo haría con el Señor» (p. 179).

Madre María de la Purísima afirma muchas veces que el amor es solamente uno. No hay un amor a Dios y otro amor al prójimo. El amor procede siempre de Dios, que lo derrama en nuestros corazones a través de su Espíritu. Si amamos al prójimo con amor sobrenatural, al mismo tiempo estamos amando a Dios y viceversa. Efectivamente, si amamos a Dios, nuestro corazón no puede estar lejos de nuestro prójimo. Así lo manifiesta la Madre en una de sus cartas: «Tenemos que reconocer que nuestro amor a Dios es débil si débil es también nuestro amor al prójimo, ya que uno sólo es el amor con que amamos y éste es el amor de Dios; lo demás puede ser un amor natural de simpatía. Tenemos que empezar por trabajar la caridad fraterna en nuestro interior, fomentándonos el amor a nuestras Hermanas, aceptarlas a todas tal como son, disculparlas, alegrarnos de su bien y sentir sus males, respetar su modo de ser y de actuar» (p. 782-783).. Por ello, hablando del amor a Dios, termina por decir: «Con este mismo amor amaremos a los hermanos y por tanto será un amor sobrenatural, sacrificado y desinteresado que nos moverá a pensar bien, a hablar bien y a portarnos bien con ellos» (p. 594).

En la carta a las Hermanas para la Cuaresma de 1991 glosa otro de los rasgos del amor. Lleva por título «La aceptación por amor de todo lo que hay de costoso en nuestra vida» (p. 285), intensificando «nuestro esfuerzo por identificarnos con Cristo», poniendo «el máximo empeño en copiar a nuestro modelo, Cristo Crucificado» (p. 285). Ello no es posible más que desde el amor y por amor. Por ello, afirmará en otra ocasión que «en la vida espiritual no podemos tomarnos vacaciones, hemos de ser constantes en nuestro trabajo para no volver atrás y deshacer lo que tanto esfuerzo nos ha costado» (p. 185). En otros pasajes de sus cartas insiste en la necesidad de aceptar por amor todo lo que sucede en nuestras vidas, por muy costoso que nos resulte, porque viene de la mano de Dios y podemos convertirlo en ofrenda agradable a Él, aceptando su voluntad santa (p. 186). De este modo, concluye la Madre, «podemos hacer de nuestra vida un continuo acto de unión de nuestra voluntad con la de Dios, que es en realidad en lo que consiste la santidad» (p. 594).

9.4. La humildad

Madre María de la Purísima encarece en muchas ocasiones a sus hijas la vivencia de la virtud de la humildad, que a su juicio, pertenece al patrimonio espiritual más genuino de la Compañía de la Cruz. La humildad es condición indispensable para ser santos. Dios nuestro Señor teme dar su gracia a los soberbios, porque encontrarían nuevos motivos para la vanidad y para atribuirse en exclusiva los méritos de sus obras. Da su gracia a los humildes, como la Santísima Virgen, y los lleva a la cumbre de la santidad. La humildad es condición insoslayable en el seguimiento de Cristo. Él mismo nos encareció esta virtud: «Aprended de mí que soy paciente y humilde de corazón». El humilde es sencillo, bondadoso, acoge a todos y no quiere imponerse a nadie; es servicial con todos, no es pretencioso, porque lo único que pretende es ser útil en las manos Dios, poniéndolo a Él siempre en primer lugar. El humilde nunca hace nada buscando su propio interés. Sirve a todos, especialmente a los más pobres y sencillos. El humilde es siempre obediente. No se encastilla en su propio parecer y asume con alegría los trabajos más costosos y menos significativos.

Madre María de la Purísima vivió heroicamente la virtud de la humildad y la encarece repetidamente a sus hijas: «Tomemos una postura humilde, ante Dios y ante los demás, y nos sentiremos llenas de paz. Aceptemos con alegría las pequeñas humillaciones que la vida diaria nos presenta y sentiremos que Dios se acerca a nosotros» (p. 2). Ella está convencida de que viviendo la humildad de corazón crecen todas las virtudes, incluso las teologales. En una carta de 1978, que lleva por título «La felicidad en la vida religiosa está en la humildad » (p. 207), se pregunta: «¿Por qué fallamos en la caridad; por qué somos poco obedientes; por qué no somos tan felices como debiéramos?… Porque nos falta humildad. Todos los problemas de la Vida Religiosa, les repito, se solucionarían con humildad» (p. 208). Y en la misma carta afirma: «Convenzámonos que nunca seremos auténticas Hermanas de la Cruz, si no somos humildes, y sólo seremos humildes por medio de la humillación. Vale la pena abrazarnos con ella aunque nos sea costosa» (p. 210).

Madre María de la Purísima entiende que la humildad es siempre manantial de paz y de sosiego interior. Es al mismo tiempo venero de paz y fraternidad en las comunidades religiosas. Así lo confiesa abiertamente en la carta de Navidad de 1989, que lleva por título «Vivir en humildad es lo mismo que vivir en paz y unión. La contemplación de este misterio de humildad nos lleve a querer imitarle» (p. 175). Está convencida de que «la inquietud, la turbación, el desasosiego, la falta de paz, son frutos de la soberbia, del deseo de ser, del afán de dominar, de imponer nuestra manera de ser, nuestros gustos» (p. 575). Por ello, pide a sus hijas que sean humildes en el pensar, en el hablar y al actuar (p. 886), pues «el amor siempre se abaja». (p. 162).

9.5. La adoración de la grandeza de Dios

Otra virtud que encarece continuamente a sus religiosas es la adoración, que ella concibe como el honor y la reverencia que le debemos a Dios por su grandeza infinita. La adoración exige manifestaciones externas, aunque su raíz está en lo interior. En la carta de Adviento de 1991, que bien merece que se lea y se medite largamente, ya desde el mismo título les dice a las hermanas cuál es el verdadero sentido de la adoración: «Actitud de adoración sería la de la Santísima Virgen, en este santo tiempo de Adviento. La adoración está formada por: humildad, oración, silencio y amor sacrificado» (p. 76). La humildad nos hace reconocer que no somos nada y que lo que tenemos es pura miseria, mientras que Dios es infinito en todo. La oración nos introduce en la contemplación silenciosa de lo que es Dios y en el sentimiento de nuestra pobreza.

Dicha contemplación nos debe llevar al amor sacrificado para corresponder de alguna manera a lo que Dios ha hecho por nosotros. Así lo manifiesta en este fragmento: «Como ya nos estamos acostumbrando a vivir en adoración constante a la Santísima Trinidad, en este mes vamos a adorarla en María; la Hija del Padre, la Madre del Hijo y la Esposa del Espíritu Santo, gozándonos al verla tan enriquecida con todos los dones y gracias que estas tres Divinas Personas han derramado sobre Ella, y que por su medio también han llegado a nosotros. ¡Cuántas gracias hemos recibido a través de Ella! Por eso vamos a obsequiarla cuanto podamos dentro de nuestra pobreza y pequeñez, ofreciéndole una ‘corona imperial’ hecha con actos de virtudes practicados durante este mes, relacionados principalmente con la virtud de la humildad, virtud que tanto le agrada y de la que nos dio el más acabado ejemplo» (p. 452-453).

10. El trabajo ascético

Madre María de la Purísima no es una teórica de la vida espiritual. No habla de lo que ha oído, ni de lo que estudia o lee, sino de lo que está viviendo en su consagración personal y que después trata de inculcar en sus hijas. Es su experiencia espiritual la que le lleva a impulsar el trabajo espiritual, la ascesis y la fidelidad de sus hermanas. Por ello, hace cuanto está a su alcance para que cada comunidad y cada miembro del Instituto no tenga otra meta que llegar a la santidad por los caminos de la unión con Dios, la conversión continua, la oración y el silencio interior.

10.1. La unión con Dios

Ella quiere que el Instituto dé frutos abundantes, y se ha convencido, meditando la alegoría de la vid, que si el sarmiento no está unido al tronco vivificador, no da fruto. Por ello, reclama de sus hijas una unión íntima y vital con el Señor (p. 571), y para ello les pide poner los medios para vivirla: el recogimiento interior, situar en el lugar que les corresponde las cosas exteriores, oficios, encargos, pertenencias…, que en ningún caso les deben robar el corazón, que ha de permanecer anclado sólo en Dios y en su gloria. Para ello, han de procurar dejarse llevar por el Espíritu Santo, que vive en nosotros y en nosotros trabaja imperceptiblemente y que es el lazo y manantial de nuestra unión con Dios (p. 572). Madre María de la Purísima está convencida de que la santidad es igual para todos. Todos estamos llamados a ser santos. Cada uno la debemos vivir en nuestro propio estado y en las circunstancias que Dios nos ha situado. Por ello, no puede ser idéntica la santidad de un sacerdote secular que la de un monje cartujo, ni la de una Hermana de la Cruz que la de una monja de clausura, o la de un religioso que la de un simple seglar. Con todo, sea cual fuere nuestro estado, todos estamos llamados a vivir la unión íntima con Dios.

10.2. La conversión

Madre María de la Purísima habla con mucha profusión en sus cartas de la conversión. En la carta de la Cuaresma de 1989 exhorta a sus hijas con estas palabras: «Ya sabemos que hay tres conversiones: La primera, cuando nos hacemos cristianos; la segunda, cuando después de haber vivido alejados del Señor recuperamos la gracia perdida por el pecado; la tercera, cuando intentamos «cristificar», es decir, hacer que Cristo llegue a esas zonas oscuras de nuestra alma en las que no reina aún plenamente» (p. 267). La conversión es un tema fundamental en su enseñanza a sus hermanas. En la carta de Cuaresma de 1993, les dice: «Para nosotras, almas consagradas a Dios, ¿en qué ha de consistir la conversión? En lograr una mayor intimidad con el Señor. Para ello tendremos que quitar todo lo que obstaculice esta unión íntima con Él» (p. 308). En la misma carta confiesa que «lo que nos ha movido a pronunciar nuestros votos ha sido el deseo de liberarnos de los obstáculos que podrían impedirnos el amar a Dios ardientemente y adorarle con perfección, unido al de consagrarnos a Dios de la forma más perfecta, viviendo nuestros votos por dentro y por fuera» (p. 309). En otro pasaje de sus cartas afirma que «la conversión, antes de ser una necesidad personalmente sentida, es llamada amorosa del Padre de todo bien, a volvernos a Él, a que vivamos con Él y para Él. Convertirnos al Reino de Dios es lo mismo que comenzar a vivir como hijos y según el Hijo; es poder volver a llamar Padre a Dios» (p.645).

Madre María de la Purísima en ocasiones califica la conversión como un nuevo comienzo, refiriéndose sobre todo a la vuelta a Dios después del alejamiento que supone todo pecado. En otras ocasiones, sin embargo, entiende la conversión como un proceso continuado y diario en la vida espiritual, bien entendido de que en ambos casos la iniciativa parte de Dios, que cada día nos llama para que vivamos «con Él y para Él» (p. 645). A ello estamos urgidos todos los cristianos y no sólo en circunstancias excepcionales, sino en el conjunto o totalidad de la propia vida. Todos estamos llamados a vivir hoy lo que va a ser la vida futura, con la mirada puesta en la eternidad. En este sentido escribe: «Convertirse significa cambiar el modo de pensar y de vivir. Quien cree y se convierte se libra de falsos ídolos y se abre a una más plena comunión con Dios, con el prójimo y con el mundo: como hijo de Dios, como hermano entre hermanos, como receptor y administrador de los bienes recibidos» (p. 649). La conversión es un cambio total de la persona, por dentro y por fuera, dejando a Dios como el único conductor de nuestras vidas. Cuando se leen los datos biográficos de Madre María de la Purísima de la Cruz, se da uno cuenta de que esto es lo que ella vivió con un sentido de totalidad, en conversión progresiva y permanente. No tuvo otra meta a lo largo de su vida, ser totalmente para Dios según la imagen del Hijo.

Madre María de la Purísima quiso tomarse totalmente en serio su vida en Cristo. En una carta de Adviento dice a sus hijas: «La disponibilidad es, aceptar a Cristo y sus planes, para dejarnos hacer por Él, incluso renunciando a nuestros modos de santidad, porque aceptar que Él dirija nuestra vida, es matar nuestras ansias de independencia, y en la práctica es estar sujetas a todos. Sin embargo quien se abandona plenamente, es conducido segura y firmemente por Él» (p. 51-52). Ella entiende que la conversión es una tarea de toda la vida, pero muy especialmente de la Cuaresma, verdadero «tiempo de conversión, de volver a poner las cosas en su lugar; el pecado, la imperfección, sacan las cosas de quicio, la conversión las vuelve a poner en su sitio. Nuestra conversión no consiste en dejar una vida de pecado, pero sí en dejar muchas imperfecciones en las que estamos envueltas, muchas veces sin darnos cuenta, por engañarnos a nosotras mismas y no establecernos en la verdad» (p. 220-221).

La conversión no es, pues, patrimonio exclusivo de los grandes pecadores o de los pecadores públicos. «Nosotras –confiesa en la carta de Cuaresma de 1994- también tenemos que »convertirnos», es decir, llevar nuestra vida más de acuerdo con lo que hemos prometido al Señor, quitar de ella cuanto nos aleje de Él» (p. 319), cosa que explicita aún más en la carta de Cuaresma de 1992 que lleva por título: «El trabajo de nuestra conversión debe ir por el camino de la humildad. Humildad en el pensar, en el hablar y en el actuar » (p. 294).

Madre María de la Purísima entiende la conversión de las religiosas como la donación de la propia voluntad al Señor a quien se consagraron de forma definitiva en su profesión perpetua: «Nuestra conversión no puede ser como la de los seglares, nuestra conversión es, un ir muriendo cada día, a todo aquello que de algún modo desagrade al Señor o impida que Él reine en nuestro corazón por completo. Este ir muriendo a nosotras mismas lo vamos a concretar en un punto que es la clave de nuestra santidad. La entrega de nuestra voluntad a la de Dios en lo pequeño y en lo grande, a través de las personas y acontecimientos que van formando parte de nuestra vida» (p. 229). Insiste en ello en la carta de Cuaresma de 1989 diciendo que hay que «estar pendientes de agradar al Señor, poniendo amor y espíritu en todo lo que hacemos» (p. 269). Abunda en la misma idea bajo otro concepto, el progreso espiritual. Lo constatamos en la carta de Cuaresma de 1985: «Progresar en el espíritu es vivir con intensidad el momento presente, poniendo fe y amor en las prácticas que componen nuestro día» (p. 236).

El objetivo último de la conversión es la configuración con Cristo. Así lo manifiesta en la carta de Cuaresma de 1990 que lleva como título: «La conversión debe abarcar toda nuestra persona, que nos lleve a reproducir la imagen de Cristo y éste Crucificado» (p. 275). Lo explicita un poco más adelante con estas palabras terminantes: «La imitación de Cristo, especialmente de Cristo crucificado, es el termómetro de la autenticidad y profundidad con que asumimos nuestra conversión… Convertido, no es sólo el que abandona el pecado y retorna a Dios, sino también y principalmente el que se convierte en imagen viva y transparente de Cristo hasta poder decir con S. Pablo: ‘Vivo , ya no yo, sino Cristo en mí’ (cfr. Ga 2,20)» (p. 276). En otro pasaje de la misma carta completa esta idea diciendo que la «conversión abarca toda la persona, supone pensar como Cristo, sentir como Cristo y actuar como Cristo. Es llevar a cabo el consejo de S. Pablo en su carta a los Filipenses (2,5-8): Tened los mismos sentimientos de Cristo… » (p. 276).

La conversión exige conocimiento propio, entrar sin miramientos en nuestro mundo interior para descubrir las pequeñas o grandes esclavitudes que nos apartan del Señor y que impiden que Él llene por entero nuestro corazón y toda nuestra vida. En este sentido, citando al Santo Padre Juan Pablo II, en su Encíclica Dives in Misericordia, escribe: «El tiempo de Cuaresma es una llamada a la conversión, es decir, a un trabajo continuo y paciente sobre nosotros mismos, trabajo que ha de llegar al conocimiento de los motivos escondidos que nos impulsan a obrar y de los resortes ocultos del amor propio, de la sensualidad y del egoísmo. Este trabajo requiere empeño y constancia tanto a nivel personal como comunitario, a fin de que podamos ayudarnos a vivir cada día más cerca del Señor y conseguir esa intimidad con Él a la que hemos sido llamadas» (p. 225-226).

10.3. La oración

Madre María de la Purísima dedica muchas páginas en sus cartas al tema de la oración. Sin embargo, nunca la define. No dice a sus hijas qué es o en qué consiste la oración. La verdad es que no está escribiendo un manual de vida espiritual. Supone que ellas lo han oído infinidad de veces y que saben muy bien que orar es elevar la mente a Dios para pedirle, alabarle, o darle gracias. Ella, no obstante, sabe que la oración no es fácil y que todos encontramos en ella muchas dificultades, porque son muchas las condiciones que exige la oración. Por ello, recuerda a sus hijas sus requisitos esenciales: «recogimiento, silencio interior, abnegación y humillación», al mismo tiempo que les pide que «sean fieles en guardar el silencio y recogimiento, fomenten el amor a la humillación como medio de conseguir la humildad, virtud en la que tiene que estar cimentada la vida de una Hermana de la Cruz» (p. 819). La oración, por otra parte, siempre conlleva el cambio de la persona. Por ello, afirma que «si la oración no se traduce en virtudes, raramente es verdadera. El auténtico fruto de la oración es ir aceptando la voluntad de Dios en cada acontecimiento pequeño o grande de nuestra vida» (p. 385). Pero añade algo más profundo al afirmar que en la oración nos vamos transformando y asimilando paulatinamente a Cristo, hasta ser «una copia de Cristo y Éste Crucificado» (Ibd).

La oración fortalece en nosotros el espíritu sobrenatural (p. 372). En ella crecemos en fidelidad, «aprendemos a ver las cosas con espíritu sobrenatural y a cambiar nuestros criterios humanos por criterios de fe». En ella, «nos conocemos tal como somos en la presencia de Dios y… recibimos la fortaleza para luchar contra nuestro egoísmo y amor propio» (p. 23-24). El tiempo dedicado a la oración no es tiempo perdido. Por ello, convencida de que las religiosas, los sacerdotes y cualquier cristiano somos lo que rezamos, invita a sus hermanas a amar la oración, pues «de aquí depende nuestra santificación y la de las almas que el Señor nos ha confiado. Si no estamos llenas de Dios ¿qué podemos dar?» (p. 24).

10.4. El silencio interior

El progreso en la vida de oración depende en buena medida del silencio interior. En consecuencia, exhorta a sus hermanas a buscarlo: «No podemos contentarnos con un silencio externo; en nuestro interior tenemos que hacer silencio a todo aquello que nos separe del Señor, silencio al amor propio, al espíritu humano que todo lo juzga a la luz natural y se olvida de que Cristo nos ha enseñado un modo nuevo y verdadero de ver las cosas» (p. 24-25). El silencio interior, según el pensamiento de Madre María de la Purísima, consiste en «no perder el tiempo con pensamientos inútiles, no dejarnos llevar del amor propio y no consentirnos pensamientos de vanidad. El amor propio se suele manifestar con quejas interiores que nos hacen perder mucho tiempo incluso en la oración, contemplándonos a nosotras mismas» (p. 534-535). Abunda en la misma idea en otro pasaje de sus cartas al decir a sus hijas que el silencio interior «supone, acallar en nuestro entendimiento todo lo que no sea agradable a Dios: criterios humanos, juicios desfavorables respecto a los demás, censuras… En nuestra memoria: pensamientos de vanidad, de propia complacencia, pensamientos frívolos o inútiles de personas y cosas que nos afectan y que no nos llevan a Dios. En nuestra voluntad: deseos de ser, caprichos, todo lo que supone propia voluntad o falta de unión con el Señor. En fin, silencio a nuestro »yo» que siempre quiere sobresalir, ser el primero, imponerse a los demás, quedar bien» (p. 6).

Contra lo que pudiera parecer, para Madre María de la Purísima, el silencio exterior es fruto y consecuencia del silencio interior y no al revés. En una de sus primeras cartas a las hermanas como Superiora General así lo declara: «Si de verdad procuramos ese silencio interior, brotaría espontáneamente el exterior, seríamos exactas en guardarlo en casa y en la calle, en los sitios y horas en que está mandado. Si no nos consintiéramos juicios ni censuras interiores ¿podrían salir comentarios o críticas? Sabemos que el silencio ayuda mucho a la caridad, ya que muchos de los comentarios los hacemos en horas de silencio y la caridad es fruto de un corazón limpio. Porque el espíritu es vida y se manifiesta en la vida diaria; si nos derramamos al exterior preguntando por curiosidad, queriendo enterarnos de todo, es señal de que nos falta espíritu interior y unión con el Señor» (p. 7). El silencio interior ayuda grandemente a mantener a lo largo del día la presencia de Dios y la unión con Él.

11. Espíritu y carisma de las Hermanas de la Cruz

La lectura de las cartas de Madre María de la Purísima nos revela que la Madre hubo de emplearse a fondo en los primeros años de su servicio como Superiora General para defender la identidad del Instituto y la fidelidad al carisma fundacional. Algunas voces desde dentro, más bien escasas, y también desde fuera, algunas muy autorizadas, reclamaban una reinterpretación del carisma y la adaptación de las Reglas a los nuevos tiempos que estaba viviendo la Iglesia y la sociedad (cfr. p. 866 y ss; 914 y ss.). Es de admirar la clarividencia, la tenacidad y la capacidad de persuasión de la Madre para defender el patrimonio más preciado de su Instituto, que gracias a Dios y a su esfuerzo denodado, se conserva fiel al espíritu de su santa Fundadora.

Madre María de la Purísima dedica muchas páginas de sus cartas a desentrañar el espíritu y carisma de su Fundadora, Santa Ángela de la Cruz, y a exhortar a sus hijas a la fidelidad a las Constituciones del Instituto, y todo ello con el fin de ayudarles a vivir su vocación particular. Desea con toda su alma que lleguen a ser verdaderas Hermanas de la Cruz. En este sentido les recuerda que «fue el Señor quien nos llamó a seguirle muy de cerca y a poner nuestra morada en el Calvario» (p. 923). Ha sido Él personalmente quien les ha invitado a que le acompañen y vivan en sus cercanías. Así lo repite en una carta de 1987 invitándoles a vivir intensamente el mes del Sagrado Corazón: «Nosotras empezamos el mes [junio] con un deseo grande de conocer mejor y amar e imitar en cuanto nos sea posible a Jesucristo, el que nos ha llamado escogiéndonos entre millares para que le sigamos de cerca, y colaboremos con Él en la obra de la Redención» (p. 581).

11.1. Vivir abrazadas a la Cruz

Madre María de la Purísima expresa de distintas maneras lo que es ser Hermana de la Cruz. Su vocación específica es tener «por modelo a Cristo y éste Crucificado » (213). La vocación de las Hermanas de la Cruz es vivir abrazadas a la Cruz, en una renuncia total a sí mismas, centradas únicamente en Dios. No cabe una vivencia superficial y externa. La Madre está convencida de que su vocación es una vocación muy «hermosa», una vocación «sin igual», porque, como encarece a sus hijas, «… nos va introduciendo en el misterio de la cruz y nos hace corredentoras con Cristo, sin tener que hacer otra cosa que vivir con fidelidad nuestra Santa Regla, eso si, viviéndola por fuera y por dentro, poniendo espíritu y amor en todo lo que hacemos y entusiasmándonos con este tesoro que Dios ha puesto en nuestras manos y del que un día tenemos que darle cuenta» (p. 755).

Es verdad que entre la cruz del Crucificado y la que viven las hermanas hay una diferencia sustancial. Aquella era real, el suplicio infamante reservado en el derecho penal romano a los peores criminales. Éste no es el caso de las hermanas. Su cruz es distinta, pero lo es para toda la vida. Es la cruz del Señor la que les mueve a estar para siempre abrazadas al sufrimiento interno y externo. Madre María de la Purísima hace un extenso recuento de estos sufrimientos. «La sabiduría de la Cruz está, en aprovechar todas las pequeñas mortificaciones, renuncias y sacrificios que la vida diaria trae consigo; aceptación de las personas que son distintas a nosotras, contrariedades, obediencias que no entendemos, desatenciones, pequeños fracasos, limitaciones propias, etc. Y da pena, ver cómo nos quejamos y protestamos ante cualquiera de estas cosas. De aquí vienen los comentarios y las críticas que tanto lamentamos» (p. 22).

Ella está convencida de que la cruz es el núcleo de su vocación. Por ello, vuelve con frecuencia al capítulo de la Regla que trata de la «Vida de Cruz», insistiendo en que «lo importante es que nos convenzamos de que nuestra vocación nació en el Calvario, que nuestro país es la Cruz y que fuera de él somos forasteras y, por tanto, tenemos que fomentarnos el amor a la cruz para imitar a nuestro modelo Jesucristo crucificado» (p. 884). En la carta de Cuaresma de 1996 habla a las Hermanas de «fijar nuestra morada en el Calvario y vivir a la sombra de la cruz» (p. 336). Ellas –les dice- han de ser un «puñadito de víctimas que unidas a la Víctima por excelencia, contribuyamos con nuestra vida callada y obediente, padeciendo y muriendo a nosotras mismas, a la salvación de este mundo que camina en gran parte hacia la perdición». Les recuerda también que éste era el deseo de su santa Fundadora, «que fijáramos nuestra morada en el Calvario y que viviéramos a la sombra de la cruz» (p. 337).

Pero este espíritu no nace espontáneamente. Hay que cultivarlo. Humanamente hablando la cruz es una locura, que sólo se entiende desde el amor a Aquel que está clavado en ella por nuestro amor, y que sólo se alcanza acercándose al Crucificado. Por ello, dice a sus hijas que «para conseguir este amor a la cruz hemos de meditar mucho en la pasión del Señor, considerar su amor que le llevó a hacer de su vida un verdadero holocausto…» (p. 329). Sería incomprensible amar con toda el alma al Crucificado y huir de la cruz. Del mismo modo, reitera a sus hijas que es imposible vivir la espiritualidad de la cruz fuera de un ambiente espiritual de fe, «sabiendo aceptarnos, ceder, dar gusto, estando siempre dispuestas a sacrificarnos para que disfruten las demás, sabiendo aceptar las pequeñas contrariedades que no pueden faltar ni en los días de fiesta» (p. 153).

Madre María de la Purísima no reclama de los miembros de su Instituto únicamente sobrellevar por amor al Crucificado las cruces que nos procuran la convivencia o nuestras propias limitaciones físicas o psicológicas. Va más allá cuando dice a sus hermanas: «Nosotras, unidas a esa víctima divina, queremos ser »ese puñadito de víctimas» que Él ha escogido para que le imitemos y completemos con nuestra manera de actuar, lo que dice S. Pablo en su carta a los Colosenses 1, 24…» (p. 110-111). Ella es conciente de que la Pasión de Cristo es suficientísima y que no necesita ser completada por nada ni por nadie. No obstante, sabe que Dios ha querido depender de nosotros, haciéndonos colaboradores no de su Redención, sino de la aplicación de la gracia redentora a todos los hombres. Así lo confiesa abiertamente: «La fe nos lleva a ese abandono total en las manos del Señor, que es tan meritorio y que nos hace ‘completar lo que falta a la Pasión de Cristo’, que es el que nosotras aceptemos y ofrezcamos nuestra cruz en unión con Él por la redención y salvación del mundo» (p. 418-419). Lo repite en su carta de Adviento de 1995: «Cristo fue la primera víctima en la que el Padre se agradó y aceptó. Nosotras unidas a Él queremos ser ese puñadito de víctimas que saben obedecer, callar, padecer y morir» (p. 110).

No deja de sorprender que Madre María de la Purísima hablando de la cruz, dice en muchas ocasiones que uno se sus frutos es la alegría, que no procede de los sufrimientos soportados, sino de la sabiduría de la cruz, que llena el alma de luz, de sentido y de esperanza al vivir la misma vida del Señor crucificado. Por ello, dice a sus hermanas que abrazadas a la cruz sentirán «la alegría de ir comprendiendo la sabiduría de la cruz y alcanzaremos del Señor muchas gracias para todo el mundo y sobre todo para el Instituto» (p. 884).

Decididamente, la espiritualidad específica de las Hermanas de la Cruz es vivir bajo la sombra de la Cruz redentora, desafiando el espíritu del mundo, viviendo según el Espíritu, empuñando con fuerza y valentía las armas de la pobreza, la austeridad, la humillación, el desprendimiento y el sacrificio, viviendo con entusiasmo una vida de ocultamiento, tal y como se desprende de la Regla, letra y espíritu, de Santa Ángela de la Cruz (p.707). Por ello, en una de sus cartas pide a sus hijas que revisen con frecuencia y de modo especial las virtudes características del Instituto, «pobreza, humildad, austeridad, sacrificio, obediencia, silencio, vida interior, caridad fraterna». Todas ellas constituyen la identidad peculiar del Instituto y son la expresión más cabal del amor a Dios de cada uno de sus miembros (p.832). En otro lugar dice a las hermanas: «Seamos muy fieles al espíritu de nuestro Instituto; vivamos… nuestra vocación. No pensemos en ser otra cosa, sino Hermanas de la Cruz; austeras, sencillas, humildes, abnegadas… Nuestra vocación es de Cruz; tenemos que continuar la vida de Cristo, mostrar a los hombres del siglo XX a Cristo, pero a Éste crucificado» (p. 142).

Vivir la espiritualidad de la cruz, según el carisma de Santa Ángela, es imposible sin la humildad, el silencio y el ocultamiento. «Nuestra misión –afirma en la carta de Navidad de 1977- es con los pobres; tenemos que convencernos de que hemos de salvarlos a través de nuestro sacrificio, nuestra abnegación y nuestra vida humilde y escondida en Dios; no de otra manera, ni por grandes discursos y obras aparatosas que sólo producen ruido. Nuestra vida silenciosa y austera, de oración y sacrificio, será la que dará eficacia a nuestra labor con ellos» (p. 142). Madre María de la Purísima reconoce que este ideal no se alcanza sin dolor y esfuerzo: «A nosotras, a pesar de ser Hermanas de la Cruz, nos cuesta mucho entrar por este camino de pasión y muerte; porque no es una pasión y muerte física, sino espiritual, es ese ir muriendo cada día a nosotras mismas para vivir más para Dios, lo que no se hace sin dolor» (p. 238).

11.2. Fidelidad a las Reglas

Madre María de la Purísima insiste una y otra vez en las cartas a sus hijas en la fidelidad a las Reglas. Les pide un cumplimiento fiel. Si las siguen con exactitud, crecerán en amor y en santidad. Por ello, han de amar las Reglas, salidas de la pluma de Santa Ángela y aprobadas por la Iglesia como medio eficaz para alcanzar la perfección evangélica. Lejos de ser un instrumento coercitivo de la libertad, la encauzan, ayudando decisivamente en el camino de la propia fidelidad. Por ello, pide a sus hijas que se convenzan «del beneficio tan grande que es el que nuestra Regla nos exija tantas pequeñas y grandes mortificaciones. Si no fuera así, ¿seríamos capaces de hacerlas diariamente aunque tuviéramos deseos de santificarnos? Por lo tanto, amar mucho nuestras Reglas que tanto nos ayudan a crecer en el amor al Señor si las cumplimos con entusiasmo y alegría» (p. 377).

Al mismo tiempo enumera una serie de aspectos concretos de la Regla, que mucho pueden ayudar a las hermanas a vivir el propio carisma: «Seamos fieles a todo lo que nos pide [la Regla]: silencio, recogimiento, puntualidad, amor a la vida común, dulzura en el trato mutuo, separación de los seglares y espíritu de sacrificio con los enfermos y niñas. Esta fidelidad nos dará una gran paz y felicidad» (p. 377). En una carta de 1980 encarece la obediencia a la Santa Regla y pone como modelo de obediencia a la Santísima Virgen, la mujer fiel (p. 375). Afirma que la obediencia es inviable sin amor: «La obediencia debe ser una exigencia del amor, no algo forzado que se haga porque no hay más remedio, pero con protestas interiores y a veces hasta exteriores» (p. 377).

11.3. Esclavas de la Santísima Virgen

Otra característica de la espiritualidad de las Hermanas de la Cruz es la devoción a la Santísima Virgen, que pertenece a la entraña más profunda de la vida cristiana. Como escribiera el Papa Pablo VI en la exhortación apostólica Marialis cultus, “para ser auténticamente cristianos, hay que ser verdaderamente marianos”. En este sentido todos los cristianos estamos llamados a mantener cada día una relación filial con la Nuestra Señora. Nos va en ello la fecundidad y lozanía de nuestra vida espiritual. Pero la devoción a María en la vida de las Hermanas de la Cruz tiene algunos rasgos singulares. Madre María de la Purísima conoce bien la doctrina de la esclavitud mariana de San Luis María Grignon de Montfort (1673-1716). A ella vuelve con frecuencia en sus cartas, en páginas cargadas de fervor: «Nosotras –les dice en una carta fechada en mayo de 1991- somos esclavas de María para así serlo de Dios. En realidad somos esclavas de Jesucristo en María. Es que nos hemos convencido de que no hay camino más rápido y seguro para llegar a Jesús que por María, y de ahí nuestra consagración a Jesucristo por medio de Ella» (p. 443-444). Y en otro pasaje afirma: «Ser esclava de María es depender totalmente de Ella, de tal modo, que en todo lo que hagamos, la tengamos siempre presente, para que haciéndolo por Ella, con Ella, en Ella y para Ella, sea del agrado del Señor» (p 444). Insiste en ello en la misma carta: «A nosotras nos resulta complicado ese poder unir en un solo acto el hacerlo todo por Ella, con Ella, en Ella y para Ella. Sin embargo, no es tan difícil, ya que el hacer las cosas por medio de la Virgen, de modo que sea ella la que las purifique y se las presente al Señor, se une muy bien con hacerlas con Ella, es decir acompañada de Ella, procurando actuar como Ella lo haría y siempre buscando su gloria que es la gloria de Dios y todo esto en Ella, es decir haciendo que su Corazón Inmaculado sea nuestra morada, donde vivamos escondidas, encerradas en esa fortaleza inexpugnable desde donde amemos, padezcamos y muramos para vivir eternamente en la gloria con el Señor» (p. 444).

De estos fragmentos de las cartas de Madre María de la Purísima, que guardan una concordancia plena con los escritos de Santa Ángela de la Cruz, la depositaria del carisma, concluimos que la espiritualidad de su Instituto es profundamente mariana, pero sin descuidar la dimensión cristológica, sin la cual no existe espiritualidad verdaderamente cristiana. La Madre no olvida nunca que es Jesucristo el único salvador y redentor, el único mediador entre Dios y los hombres, el camino, la verdad y la vida del mundo. Pero ella entiende, con la mejor tradición cristiana, que María es el atajo más corto y enderezado para llegar a Jesús y que a Él le complace que vayamos de la mano de su Madre para encontrarnos con Él, tanto más por cuanto la Virgen es el canal a través del cual nos llegan todas las gracias necesarias para nuestra santificación y para nuestra fidelidad. Por ello, Madre María de la Purísima pone a María en el centro de la vida de Instituto y de cada una de sus hijas.

Todo, la observancia fiel de las Reglas y la fidelidad al espíritu y carisma de la Congregación, especialmente en el mes de mayo y en todas las fiestas marianas, se ha de dirigir a «obsequiar a la Santísima Virgen», verdadero modelo de las Hermanas de la Cruz (p. 380). Así lo encarece en la carta de abril de 1982. La disponibilidad de la Virgen ante el anuncio del ángel en Nazaret y su aceptación de la voluntad de Dios sobre ella es el modelo de la consagración de sus hijas. La respuesta de María fue la fidelidad plena, la consagración del corazón, de la voluntad y de la mente y la obediencia de los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,21). A partir de la Encarnación deja de pertenecerse, se vacía, se despoja, se expropia de sí misma para pertenecer sólo a Dios. Como María, las Hermanas de la Cruz deben vivir expropiadas. Como en el caso de María, la atención y la escucha de quien les ha llamado debe polarizar y absorber su afectividad, su tiempo, sus energías, sentimientos, deseos y su capacidad de amar, y todo ello definitivamente, es decir, para toda la vida; y exclusivamente, es decir, para una dedicación plena y única, incompatible con cualquier otro compromiso. Por ello, dice a sus hijas que el mejor modo de vivir una auténtica espiritualidad mariana es «parecernos a Ella» (p. 400).

Estas ideas brotan meridianas en su carta de de mayo de 1986, que lleva por título: «Imitar a la Santísima Virgen en su fidelidad» (p. 397). En ella dice a sus hijas que la Santísima Virgen «fue fiel a su vocación de Madre de Dios, que tantos sacrificios le exigió y a su vocación de Corredentora con Cristo. Fue tan fiel al plan de Dios sobre ella, que jamás torció su voluntad por muchas renuncias que le impusiera» (p. 398). «Nosotras –añade- podemos imitarla siendo fieles a nuestra vocación de Hermanas de la Cruz, viviéndola con entusiasmo, no como algo que ya no tiene solución y que hay que conformarse con ello, antes con la ilusión con que se vive lo que se aprecia y se valora como un tesoro» (p. 398-399). En la carta de mayo de 1990 pide a sus hijas entrar en «la Escuela de la Virgen», pues «Ella nos enseña y ayuda a conseguir esa »suma humillación» que nos pide nuestra santa Regla» (p. 435). Ella además, como intercesora ante su Hijo, nos alienta y ayuda en nuestro camino de fidelidad. En consecuencia, reclama de sus hijas poner «en manos de la Virgen nuestra vocación de Hermanas de la Cruz, para que ella nos ayude a vivirla en toda su plenitud, sin menguarle detalle alguno que lime la aspereza de la Cruz con la que nos hemos abrazado. A Ella hemos de pedirle, todas insistentemente, que mantenga nuestro Instituto en el verdadero espíritu, sin tergiversar ni alterar el sello de la Pasión del Señor con que está marcado» (p. 371).

11.4. Amor al Instituto

Madre María de la Purísima inculca muchas veces a sus hermanas el amor al Instituto, es decir a la Congregación fundada por Santa Ángela de la Cruz (cfr. p. 712, 783, 785, 911 y 924). La razón última es que el origen del carisma que ellas tratan de vivir es el Espíritu Santo. Él regaló a la Fundadora este don no sólo para la santificación propia, sino para el bien de la Iglesia y para el beneficio y enriquecimiento de todas aquellas almas que quieran seguir el camino que ella siguió. De ahí la estima y el amor a las Reglas y también al Instituto mismo, verdadero camino de santificación.

11.5. Amor al sacrificio y a la mortificación

La palabra sacrificio se repite constantemente en las cartas de Madre María de la Purísima. Como fiel seguidora de Santa Ángela de la Cruz reitera una y otra vez que donde no hay sacrificio, no hay amor, porque el amor y el sacrificio van unidos (cfr. p. 538). En no pocas ocasiones se refiere a los sacrificios y mortificaciones que entraña la convivencia y la vida fraterna en comunidad: «La caridad es la reina de las virtudes y esta virtud en el trato mutuo es muy necesaria en nuestras Comunidades. Con urgencia y con interés, hemos de tomarnos en serio el pensar bien, hablar bien y portarnos bien con todas, con las que nos son más agradables y las que menos, con las que congeniamos y con las que no» (p. 473). En la carta de Navidad de 1993 expresamente relaciona el sacrificio y la caridad fraterna. En este sentido dice a sus hijas que las fiestas de Navidad «son días de paz y de unión a los que todas hemos de contribuir con nuestro sacrificio, venciéndonos, olvidándonos de nosotras mismas, estando siempre dispuestas a sacrificarnos por las demás, procurando hacer la vida agradable a todas, en fin, convirtiendo nuestras comunidades en cielos anticipados por la paz y unión que reine en ellas…. Procuremos callar, ceder, sufrir en silencio, sin quejarnos, sacrificar un gusto, no empeñarnos en nada, buscar únicamente agradar al Señor… » (p.187-188).

11.6. Amor a la pobreza

Madre María de la Purísima, siguiendo el espíritu de Santa Ángela, dedica también extensas páginas a la virtud de la pobreza. Distingue en ellas la pobreza interior de la exterior. La pobreza exterior es la de aquellos hermanos nuestros que carecen de todo, y a los que debemos ayudar y servir. Es también la pobreza que las Hermanas de la Cruz deben vivir, desasidas de todo, imitando a Cristo pobre para poner el corazón sólo en Él. En este sentido comenta que «la pobreza tiene muchas ventajas: desprende al alma de las cosas materiales y con eso le da más gusto por las espirituales. Nos da mucha paz porque como no necesitamos nada, no tenemos inquietud por adquirirlo. Nos libera de muchas ataduras que nos impiden la vida de unión con el Señor y si nos adentramos en la pobreza espiritual, nos libera también del afán de honras y nos pone en el camino del »no ser» característico de nuestro espíritu, que tanto nos ayuda a desprendernos de nosotras mismas y establecernos en Dios» (p. 860).

En el último párrafo, Madre María de la Purísima se refiere a la pobreza interior, que es más compleja, pues requiere esfuerzo y todo un proceso espiritual de la persona. Ella la relaciona con frecuencia con la humildad. Con ello nos quiere decir que si no somos humildes, aunque carezcamos de todo, no podemos considerarnos pobres, pues somos ricos en vanagloria, en soberbia, en apego a nuestros propios criterios y juicios. Lo afirma con palabras equivalentes en una de sus cartas: «Después está la parte interior: las mortificaciones, las actitudes de nuestro corazón de las que pendiente está el Señor como nos lo dice Isaías 66,2: ‘En ése pondré mis ojos, en el humilde y abatido que se estremece ante mis palabras’. Parece decirnos que se encuentra a gusto con el verdadero pobre, que es el humilde, y a él le da su gracia» (p. 338). En otra ocasión lo dice con mucha mayor claridad hablando de la pobreza que llama espiritual: «… el punto más difícil es la pobreza espiritual en juicios, criterios y propia voluntad» (p. 229), todo lo cual es algo esencial en la vocación de Hermanas de la Cruz (p. 857).

La virtud de la pobreza, que nos desprende de todo y nos une al Señor (p. 671), sólo puede vivirse desde el amor grande a Jesucristo. Así lo declara en una carta de septiembre de 1986: «Sólo con amor profundo a Dios puede vivirse la verdadera pobreza, lo único que puede motivar el »sumo desprendimiento» a que hemos sido llamadas es un gran amor al Señor… Cuando Dios lo es todo para nosotras, necesitamos muchas menos cosas y todo nos parece poco para sacrificárselo al Señor». (p. 860). En la misma carta añade que «no se trata de soportar las privaciones que nos impone la Regla, se trata de escogerlas por amor al Señor, con gozo e ilusión. Por eso, para de verdad vivir la pobreza auténtica, necesitamos un gran amor a Dios y un deseo inmenso de imitar a Jesucristo» (p. 861). Lo repite de nuevo en el mismo texto: «La razón de nuestra vida es la imitación de Cristo y para lograrlo no podemos tomar otro camino que el de la pobreza, y una pobreza radical… »El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (p. 860-861). La meta final de la vivencia de la virtud de la pobreza es seguir al Señor sin obstáculos que nos roban el corazón, los ídolos ante los que se postran tantos hermanos nuestros y que son obstáculos que impiden que el Señor sea el eje de nuestra existencia y ocupe lugar que le corresponde, siguiéndole con un «corazón indiviso», de manera que sea Él «el centro y la meta de toda nuestra vida» (p. 168).

11.7. Amor al silencio

Son también muy hermosas las páginas que Madre María de la Purísima dedica al silencio. En muchas ocasiones inculca a sus hijas su necesidad «para saber vivir hacia dentro y unirnos cada día más íntimamente con el Señor» (p. 782). En el mismo texto, una carta fechada en julio de 1994, afirma que no basta «el silencio exterior que ya evita otras muchas faltas de observancia». Es necesario también el interior, «no consintiéndonos pensamientos que de algún modo nos pueden perjudicar o hacer daño a los demás». Pondera la importancia del silencio interior, «pues al dejar vagar nuestra imaginación a su aire, nos hace sufrir muy tontamente, nos quita la paz, y sobre todo, nos hace perder mucho tiempo, ya que mientras nos damos vueltas a nosotras mismas, no estamos glorificando al Señor y estamos alimentando nuestro amor propio en vez de fomentar en nosotras el amor a Dios» (p. 782).

El silencio exterior es fuente de paz y de virtudes, edifica a los demás y ayuda a mantener la intimidad con Dios (p. 782). Repite esta misma idea en la carta de mayo de 1985: «Hemos de tener en cuenta que el silencio no debe ser un »silencio vacío», lo cual no tiene objeto, sino un silencio necesario para poder ocuparnos de Dios y de nuestra santificación. De este modo se nos hará fácil vivir la presencia de Dios y el recordarla será más eficaz, tendrá más fuerza, por ser consecuencia de haberla vivido antes nosotras. Este silencio consiste en dominar nuestra imaginación y no dejarla divagar a su antojo, tenerla ocupada en cosas provechosas que nos ayuden en nuestra lucha por la santidad; de esta manera los ratos de oración se nos harán mucho más fáciles por estar mejor preparados, los Sacramentos los recibiremos con más fervor evitando la rutina y todos los rezos los haremos con más unión; en una palabra, cuidaremos al máximo nuestro trato con Dios, que es la base de todo lo demás que constituye nuestra Vida Religiosa» (p. 393).

12. La beatificación de Madre María de la Purísima, verdadero acontecimiento de gracia e invitación elocuente a la santidad

Las páginas precedentes recogen de forma limitada y parcial el magisterio espiritual de Madre María de la Purísima. Recogen, sobre todo, el testimonio de la heroicidad de sus virtudes y la suprema aspiración de toda su vida, la santidad, a la que todos estamos llamados en virtud de nuestro bautismo. La santidad es en esta hora la primera urgencia pastoral de la Iglesia, más si cabe que en épocas anteriores. La constitución Lumen Gentium comienza el capítulo V, dedicado a la vocación universal a la santidad, con una profesión de fe en la santidad de la Iglesia. Nos dice el texto conciliar que «Cristo, el Hijo de Dios, quien con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado ‘el único Santo’, amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose así mismo por ella para santificarla (Ef 5,25-26)». Por ello, añade el Concilio, «en la Iglesia, todos, jerarquía y fieles, están llamados a la santidad» (LG 40). A ella invita y urge Jesús a todos los cristianos, cualquiera que sea su estado y condición: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48)». Para ello nos regala el don de su Espíritu, que nos permite amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (Mt 11,20), y al prójimo como Cristo nos ama (Jn 13,34 y 15,12).

Desde el bautismo somos hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina. Somos santos con esa santidad que los teólogos llaman ontológica, llamada a desplegarse y completarse con la santidad moral, que es fruto del Espíritu, pero que necesita también de nuestra humilde colaboración. Por ello, San Pablo nos pide que vivamos como conviene a los santos (Ef 5,3) y que como elegidos de Dios, santos y amados, nos revistamos de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia y paciencia (Col 3,12) y produzcamos frutos de santidad (Gal 5,22; Rom 6,22). El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2013-2016) nos recuerda también esta verdad fundamental, simple y sencilla, declarada por la Iglesia y vivida por ella a lo largo de veinte siglos: la llamada universal a la santidad.

Todos, sacerdotes y laicos, religiosos y religiosas, jóvenes y mayores, estamos llamados a la santidad más alta. Todos estamos llamados a participar de la vida y santidad del Padre que nos ha engendrado, santidad que nos ha merecido Jesucristo, el Hijo, con su sacrificio redentor, santidad que es el mismo Espíritu Santo, recibido como huésped y como don en nuestras almas. En realidad la santidad es la única vocación del hombre. No hay otra vocación, ni tenemos otra tarea mejor que realizar en la tierra. Todo para ser santos, todo para glorificar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. La santidad no consiste en hacer cosas raras o extraordinarias, como nos demuestra la biografía de Madre María de la Purísima. La santidad consiste en la participación en la santidad del mismo Dios. Esto es lo realmente raro, lo realmente asombroso: que Dios quiere compartir su santidad inmensa con sus criaturas, que Dios quiere hacer gustar a su criatura de la comunión plena con Él.

En la carta apostólica Novo millennio ineunte (n. 30-31), verdadero vademécum de las comunidades cristianas en los comienzos del nuevo milenio, nos recordaba el Papa Juan Pablo II que el empeño por la santidad no es para una élite o para una minoría selecta. Nos urge a todos los bautizados. Todos estamos llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. En el bautismo fuimos consagrados a Aquel que es por excelencia el Santo, el tres veces Santo. En aquel día, sin duda el más importante de nuestra vida, entramos en la órbita de la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación del Espíritu Santo. Entramos también a formar parte de la Iglesia, esposa de Cristo, por la que Él se entregó precisamente para santificarla (Ef 5,25-26). Por ello, añade la carta apostólica, que sería un contrasentido contentarse con una vida cristiana mediocre, vivida según una ética de mínimos y una religiosidad superficial. Cuando a un catecúmeno se le pregunta si quiere recibir el bautismo, nos dice el Papa que en realidad se le está preguntando si quiere ser santo. Significa en último término ponerle en el camino del Sermón del Monte, en el que todos hemos sido llamados a ser santos (Mt 5,48), porque «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tes 4,3).

La santidad es el sentido último de toda la actividad de la Iglesia, de la vida de una parroquia, del trabajo ministerial del sacerdote y de todo programa pastoral. Es la meta final de la educación cristiana en la familia, de la catequesis, de la enseñanza religiosa escolar y de los movimientos, asociaciones, hermandades y cofradías. Es la meta final de todas las instituciones eclesiales. Ningún otro objetivo, ni la caridad ni el servicio a los necesitados, debe anteponerse a este empeño que constituye la finalidad casi única de la Iglesia, porque sin el fundamento de la santidad de vida los mejores impulsos de fraternidad terminan agostándose por falta de raíces, pues sólo los santos han amado hasta el final. La beatificación de Madre María de la Purísima debe ser para todos, comenzando por sus hijas, las religiosas de la Compañía de la Cruz, y para todos los cristianos de Sevilla, un verdadero acontecimiento de gracia, que a todos nos ayude a dinamizar nuestra vida cristiana y nuestro amor al Señor y a los hermanos. Debe ser para los cristianos de nuestra Archidiócesis, en definitiva, una vigorosa y elocuente invitación a la santidad.

13. Madre María de la Purísima, modelo cercano para todos

El próximo día 18 de septiembre la Iglesia nos va a proponer a los cristianos de Sevilla un modelo concreto y cercano de santidad, la vida de una mujer contemporánea nuestra, que ha vivido su fe y ha encarnado el Evangelio de forma heroica y radical en nuestro ambiente, en Sevilla, respirando el mismo aire que nosotros respiramos y contemplando el mismo paisaje hermosísimo de su entramado urbano que nosotros contemplamos. La Iglesia nos la va a mostrar como referente y modelo del amor más grande y de la fidelidad más plena para cada uno de nosotros, en las variadas condiciones en que debemos vivir nuestra vida cristiana. La Iglesia nos va a mostrar, a través de su figura, cómo Cristo sigue presente en el mundo y salva y transforma las vidas de los suyos.

Como escribiera el Papa Pablo VI en 1974, «el hombre de hoy presta más atención a los testigos que a los maestros; o si escucha a los maestros, lo hace porque son testigos». Así es en realidad. Por ello, la vida y el testimonio de Madre María de la Purísima nos va a ayudar a todos a descubrir el rostro de Dios, que se ha encarnado y ha tomado forma en el rostro de esta mujer que ha hecho de Cristo la razón suprema de su existencia. En efecto, como nos dice la constitución Lumen Gentium, «en la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (Cfr 2 Cor 2,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro» (LG 50). Y es que los santos son los hombres y mujeres que ofrecen continuamente su propio rostro a Cristo para que en ellos pueda seguir hablando al mundo.

En los últimos años, desde algunas instancias mediáticas de nuestro país se ha calificado reiteradamente a las obras sociales y caritativas de la Iglesia en España como las «joyas de la corona» de nuestra Iglesia. Sin despreciar a estas instituciones, que son motivo de orgullo para todos, las verdaderas «joyas de la corona» son los santos. Los santos embellecen el rostro de la Iglesia, en el que si es cierto que hay sombras y arrugas por los pecados y deficiencias de sus miembros, es también cierto que la luz es más intensa que las sombras y que el heroísmo de los santos, nuestros hermanos, es más fuerte que nuestro pecado y nuestra mediocridad.

Los santos constituyen para la Iglesia un grandioso patrimonio de vida cristiana, acumulado a lo largo de veinte siglos por quienes con toda justicia pueden ser calificados como los mejores hijos de la Iglesia. Sus figuras, incluso desde el punto de vista civil, son la encarnación más perfecta de los grandes valores humanos y cívicos, la solidaridad, la compasión, el servicio a los demás, el amor, el heroísmo, la paz, el perdón, el respeto a los semejantes, el respeto a la naturaleza, etc. Sus vidas son el verdadero espejo en el que los cristianos debemos mirarnos, muy especialmente los santos de nuestro tiempo, aquellos que, desde todas las profesiones y estados, han vivido experiencias humanas muy cercanas a las nuestras y que con tanta profusión los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI han elevado a los altares en los últimos años. Como rezamos en el Prefacio II de los Santos del Misal Romano, mediante el testimonio admirable de los santos, el Señor fecunda sin cesar a su Iglesia, con vitalidad siempre nueva, dándonos así pruebas evidentes de su amor. Ellos nos estimulan con su ejemplo en el camino de la vida y nos ayudan con su intercesión. Sus vidas nos alientan en nuestro camino de fidelidad.

Para responder a la palabra de Jesús: «Sed santos, como el Padre celestial es santo» (Mt 5,48) y para poder anunciar con autenticidad el Evangelio, la Iglesia de hoy tiene necesidad de una nueva floración de santos, santos capaces de traducir en el momento presente la vida y las palabras de Cristo; santos capaces de hacer sentir a Cristo como su contemporáneo y no como un recuerdo del pasado; santos cuyo rostro se haga epifanía del rostro de Cristo resucitado; santos en los que sopla y habla el Espíritu Santo con dulzura y tenacidad al mismo tiempo, santos en los que los hombres puedan vislumbrar el tesoro de la gracia que es Cristo depositado en la Iglesia.

Este es el desafío, la tarea y el compromiso que corresponde a los religiosos, en nuestro caso especialmente a las Hermanas de la Cruz. Este es el empeño que nos corresponde como bautizados, jerarquía y laicos, vivir en nuestra vida personal la santidad de la Iglesia. Este es el desafío, la tarea y el compromiso que compete a los pastores: acompañar a los fieles en la pastoral de la santidad y servirnos en la pastoral ordinaria del testimonio de quienes han seguido fielmente a Cristo. Ellos pueden y deben ser para todos nosotros un auténtico sacramento y un camino privilegiado para el encuentro con Dios.

14. Conclusión

La Iglesia particular de Sevilla y también las demás Diócesis en las que están presentes las Hermanas de la Cruz, tenemos el inmenso privilegio de contar con el precioso testimonio de fe y de vida cristiana de Madre María de la Purísima, hija espiritual de Santa Ángela de la Cruz. Ella aspiró con todas sus fuerzas a la santidad. No se conformó con mediocridades, porque estaba convencida de que el amor de Dios es inmensamente más fuerte y abundante que la debilidad humana. Ella conoció el amor de Cristo y creyó en él más que en sus propias fuerzas. Quiso entregarse totalmente a Cristo, porque Cristo se le había entregado totalmente a ella. Confió en el Espíritu Santo y procuró secundar sus inspiraciones. Amó a la Iglesia y a los pobres hasta el heroísmo, como manifiestan los testigos de su proceso de beatificación. Quiso ser testigo de un amor que convence a otros, un amor que salva a muchedumbres.
Quienes la conocieron ponderan su vivencia gozosa del amor de Dios y su intensa vida interior. Dan testimonio también de su humildad sencilla y alegre; de su conciencia de mero instrumento de la acción de Dios, rehuyendo todo afán de protagonismo. Dan testimonio además de su libertad de espíritu sin cálculos ni condicionamientos, de su alejamiento de la mediocridad y de la rutina, de su radicalidad que apuntaba siempre a lo más, de su recia austeridad, de su fe hecha vida, antes que concepto o doctrina, de su generosidad heroica en el servicio a los pobres. Los testigos citados a deponer en su proceso ponderan además su amor ardiente a Jesucristo, eje y pasión de su vida. Para Madre María de la Purísima, Jesucristo fue el centro de gravedad de su corazón, la razón última y definitiva de su vida, el valor supremo, la fuerza para esperar, la motivación de su misión de servicio a su Instituto, a sus hermanas y a los pobres, teniendo siempre en lontananza la gloria de Dios.
Madre María de la Purísima, que vivió en nuestra Archidiócesis la mayor parte de su vida en la segunda mitad del siglo XX, nos demuestra que también hoy es posible ser santos en Sevilla. Por ello, invito a todos los fieles de nuestra Iglesia diocesana a conocer su figura, a acudir a su intercesión y a familiarizarnos con su biografía, pues como dice un viejo aforismo ascético, «con los santos, serás santo». Es necesario que todos conozcamos el testimonio de su caridad heroica y que demos a conocer a todos el inmenso patrimonio que representa para la Iglesia este testigo de la verdad, de la firmeza en la fe, de la caridad y del amor más grande, un amor que, cuando es conocido, atrae, convierte y salva.

Al mismo tiempo que felicito a las Hermanas de la Cruz y todos los cristianos de la Archidiócesis en esta ocasión solemne, a todos les saludo con afecto fraterno y les imparto mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

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