"Vuelta al cole… de los adultos", carta del arzobispo de Oviedo


Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
Se ha convertido en un eslogan habitual por estas fechas pre-otoñales. Tras los sofocos del verano y las vacaciones largas de los más pequeños, decir la frase “vuelta al cole” significa un montón de cosas.
En casa y en cada familia donde hay niños o jóvenes, recomenzar el curso escolar supone volver a una cierta normalidad en las costumbres y los horarios. En algunas tiendas y grandes áreas comerciales, este recomienzo coincide con una campaña de ventas en los distintos ámbitos (libros de texto, ropa y calzado, complementos, etc.). En los centros escolares ya llevan semanas trabajando a destajo para ultimar programaciones de todo un año que a estas fechas ya lo tienen todo perfilado. Y así podríamos ir dibujando con todos sus matices y colores lo que supone esta vuelta al colegio.
Cuando veo a los chavales con sus mochilas y maletinas de ruedas arrastrando todo un saber desconocido que les espera, me viene al recuerdo los años de infancia y mocedad, cuando también a mí me quedaba tanto por aprender, cuando se llenaban mis ojos de curiosidad hojeando los nuevos textos que apenas nos habían dado, mientras con mis hermanos pequeños me entregaba con ilusión al rito de forrar los libros con toda su sorpresa y encanto.
Es hermoso ese momento en nuestros pequeños, y quizás si supiésemos mirarles los adultos, tal vez podríamos recuperar para bien el niño que llevamos dentro. Porque observarles a ellos en este trance de su vuelta al colegio, tal vez nos ayude a los mayores a afrontar sin escepticismo cansino, sino con una inocente audacia, lo que tenemos delante de un curso que también para nosotros comienza.
Jesús solía fijarse en momentos como este, y quedaba quedo observando a los niños que jugaban en la plaza de su pueblo cantando cantares con gozo ingenuo, o contando elegías tristes rompiendo en llanto como plañideros. Les veía con un futuro todavía no llegado, y temería que el mejor devenir quedara por los desmanes de los adultos frustrado en ellos. Por eso les tenía ese afecto que logra ver en los pequeños lo puro, lo delicado, lo tierno, motivo por el cual les ponía en medio de los discípulos y de los curiosos, para provocarles señalando a los niños como un evangélico ejemplo.
Debemos de algún modo volver al cole con ellos, acudiendo a nuestros deberes y responsabilidades con la sencillez y denuedo de nuestros pequeños. Tenemos problemas de adultos, retos de adultos, heridas de adultos, conocimientos y experiencias de adultos, y deberemos afrontar todo esto con una esperanza, una creatividad, una ilusión que genere en nosotros el gusto por la vida y el gozo de construir como mejor sabemos y podemos el trozo de mundo que se nos ha asignado. Pero sabemos que no estamos solos, que nos acompañan tantos: Dios que no deja de hacerlo como un Padre atento y bueno, las personas que nos rodean y que Él ha puesto a nuestro lado, los amigos que comparten en mayor o menor medida nuestro sueño y empeño, la Iglesia que siempre nos da el cobijo en nuestras intemperies, nos nutre en los desvalimientos y nos envía con la Buena Noticia de Jesucristo como mensajeros.
También en la Diócesis, en nuestras parroquias y comunidades cristianas, en nuestras asociaciones, cofradías y movimientos, nos disponemos a volver al cole para empezar un nuevo curso con ilusión, con esperanza y con agradecimiento. Por eso es tiempo de dirigir nuestra mirada al Señor, a María y a nuestros Santos, de unir nuestros talentos en una verdadera comunión eclesial, y de salir al encuentro de un mundo que nos espera para contarle en todas las lenguas las maravillas de Dios. Recibid mi afecto y mi bendición.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
A.A. de Huesca y de Jaca

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