El arzobispo de Granada da las gracias por la beatificación de Fray Leopoldo


Palabras de Mons. Javier Martínez, Arzobispo de Granada, al final de la Eucaristía de Beatificación de Fray Leopoldo, celebrada esta mañana en la base aérea de Armilla.

Dios nos sorprende siempre. En realidad, Dios es siempre la fuente y a la vez, en el fondo, el objeto, de ese asombro que es acaso el primer gesto específicamente humano ante la vida y la realidad. En todo asombro, lo que nos sorprende es la creación de Dios, nos sorprende su elección, nos sorprenden sus obras, nos sorprende su amor sin límites y sin condiciones. Y si no estuviera en nosotros esa ceguera que es fruto del pecado, entonces la lógica misma de ese asombro nos haría vivir establemente en el gozo y en la acción de gracias a Dios, que es en realidad la actitud más racional y más plenamente humana que pueda darse. Es la actitud que la redención de Cristo nos ha vuelto a hacer posible. Es la actitud que marca la vida de un hijo de Dios, de un cristiano.

¡Esa acción de gracias a Dios es tan fácil esta mañana, cuándo se han cumplido los deseos y las súplicas de tantos fieles, que hemos deseado ardientemente ver inscrito a Fray Leopoldo en el número de los Beatos! Antes que nada, Excelencia, le reitero ahora la petición de que haga llegar al Santo Padre, Benedicto XVI, la gratitud por la Beatificación de Fray Leopoldo de Alpandeire, petición que en este momento vuelvo a expresar en nombre de la Iglesia de Granada, en nombre de la Orden Capuchina, y en nombre de tantos miles de sacerdotes, de religiosos y de fieles cristianos laicos devotos del nuevo Beato. Gratitud por la gracia de la Beatificación y gratitud por la gracia que es para todos su abnegado ministerio al servicio de todas las Iglesias. Igualmente agradezco a su Excelencia su presencia entre nosotros: como Delegado de Su Santidad, hace presente entre nosotros al Vicario de Cristo, vínculo para todos de la unidad en la verdad.

La Iglesia de Granada es rica en historia, y también en lo que hace única la historia de la Iglesia, que es la santidad. Aparte de los santos que muy pronto trajeron la fe a estas tierras, y algunos de los cuales sin duda derramaron su sangre por Cristo en los primeros siglos —la tradición recuerda a San Cecilio, primer obispo de Granada, y San Tesifonte, ambos contados entre los varones apostólicos—, está en el siglo quinto San Gregorio de Elvira, que defendió con sus escritos la fe católica frente a la herejía arriana. Y luego están los muchos que más tarde habrían de testimoniar a Cristo con su sangre durante la ocupación musulmana, entre los que se encuentran, reconocidos por la Iglesia, San Rogelio de Parapanda en el siglo nueve, y San Juan de Cetina y San Pedro de Dueñas en el siglo catorce. Luego, tras la restauración de la Granada cristiana, Granada ha sido testigo de la entrega heroica de una serie de figuras egregias de santidad, reconocidas y queridas en la Iglesia Universal: San Juan de la Cruz, San Juan de Ávila y San Juan de Dios. Granada se gloría, además, de tener el sepulcro de la sierva de Dios Isabel la Católica, y tiene introducidas varias otras causas de beatificación de siervos de Dios que han vivido en el siglo veinte. Junto a todos ellos, y ahora junto al nuevo Beato Fray Leopoldo de Alpandeire, soy testigo de que existe en esta diócesis un pueblo cristiano conmovedor, que abunda en testimonios de santidad, y que ama tanto o más que a su vida la tradición que ha recibido de sus padres. Esa tradición no es otra que Jesucristo vivo y resucitado, único redentor y única esperanza verdadera de los hombres, y presente en su cuerpo que es la Iglesia. Esa tradición es Jesucristo, y la vida que Jesucristo nos da: una vida que, cuando se vive con verdad, hace posible reconocer la dignidad sagrada de toda persona, de su razón y de su libertad, y hace del amor a todos la regla suprema de la convivencia humana. Todos nosotros, y todo el cuerpo de Cristo, se goza hoy con la inclusión de Fray Leopoldo en el número de los Beatos, precisamente porque en él brilla de una manera particularmente sencilla, y extraordinariamente elocuente precisamente por su sencillez, esa vida nueva que Cristo ha obtenido para todos.

Los hombres buscaban al Beato Fray Leopoldo, ha dicho Su Excelencia en la homilía, porque lo veían “como un verdadero amigo de Dios y del prójimo”. Así era en su vida, y así sigue siendo hoy. Los miles de personas reunidos aquí somos testimonio bastante expresivo de ello. Una amistad que abrazaba a Dios y al prójimo en un solo movimiento, o más exactamente, que, que al acoger sin reservas ese Amor sin límites que Dios es, hacía desbordar a raudales el amor de Dios para todo el que se acercase a él.

Y acaso esa sea la enseñanza más duradera, la más significativa de Fray Leopoldo para nuestro tiempo. Durante varios siglos ya, la cultura de Occidente ha hecho todo lo posible por separar a Dios de su creación. Hasta el punto que muchos han creído que para ensalzar la creación, la libertad, la vida, había que prescindir de Dios. Y otros, como decía el poeta francés Charles Péguy, “se creen que aman a Dios porque no aman a nadie”. Para todos, Dios era como un adversario de la plenitud y de la realización humana, de la razón y de la libertad. Así lo veía Nietzsche, así lo veía Sartre, así lo han visto y lo siguen viendo tantos otros hombres de mundo, directores de cine, literatos, más o menos intelectuales. Es así, sin duda, como nosotros mismos les hemos hecho pensar a muchos de ellos con nuestras actitudes. ¡Cuántos de los ataques a la Iglesia y de las dificultades que la Iglesia ha vivido en los últimos siglos —Fray Leopoldo vivió en medio de uno de lo periodos más virulentos de odio a la Iglesia que ha conocido nuestra historia— nacen de esa división! Como fruto de esa división, no sólo hemos perdido a Dios. Como no podía ser de otro modo, hemos perdido simultáneamente el gusto por la vida y por la libertad auténtica, el aprecio por las personas y las cosas, la capacidad de gozar con sencillez de la criaturas. El olvido de Dios ha producido a la vez el olvido del valor y de la dignidad de la vida, el olvido de la alegría de vivirla, casi podríamos decir, una incapacidad para disfrutarla que hace difícil muchas veces hasta el deseo de transmitirla. De esa enfermedad de nuestro mundo es de la que sólo los santos nos pueden curar. Ella es la que puede ayudarnos a superar la mirada, siempre bondadosa y firme, de Fray Leopoldo.

No quiero dejar de saludar también, y de agradecer la presencia, en este momento, de los dos Cardenales que nos acompañan, Sus Eminencias el Cardenal Carlos Amigo y el Cardenal Antonio Cañizares, mi antecesor en la Archidiócesis de Granada, y por tanto tan especialmente vinculado a ella por eso lazos de afecto tan profundos que crea el ministerio; a los arzobispos y obispos de Andalucía, y de otros lugares de España que, movidos por el amor a Fray Leopoldo, han querido unirse a esta celebración. Muy especialmente dirijo mi saludo afectuoso a tantos fieles de la diócesis de Málaga, y especialmente de Alpandeire, y a los familiares de Fray Leopoldo aquí presentes, todos ellos acompañados por su Obispo, Don Jesús Catalá, y por su Obispo Emérito, Don Antonio Dorado. Vosotros nos habéis dado a Fray Leopoldo, vuestro paisano, que ahora, una vez beatificado, es más de todos, pero precisamente por eso es también más vuestro que nunca.

Una gratitud muy especial se dirige a Orden Capuchina, representada por el Padre Ministro General y por tantos de sus miembros de todas las partes del mundo, así como a las otras ramas de la gran Familia Franciscana. La Orden ha sido ha sido ya durante siglos cuna y crisol para una muchedumbre de Santos, y pedimos al Señor que lo siga siendo en el futuro. Que la figura de Fray Leopoldo, tan cercana en el tiempo a nosotros, y su intercesión, sean un estímulo para un incremento de santidad y de vocaciones en ella, tanto en Granada como en otras partes. Especialmente quiero mencionar al Padre Vicepostulador, el Padre P. Alfonso Ramírez, cuya dedicación ha tenido una parte no pequeña en que la devoción popular hacia Fray Leopoldo sea reconocida por la Iglesia, y en que la memoria de su vida ejemplar no se pierda, y a la comunidad entera capuchina de Granada. También he de dar las gracias a la Iglesia entera de Granada, a sus laicos, consagrados, religiosos y sacerdotes, que desde hace tiempo, meses, llevan preparando con todo cariño, con una generosa dedicación, y con una comunión que es acaso el primer gran fruto de la beatificación de Fray Leopoldo, esta Eucaristía multitudinaria. También a la Comisión para la Beatificación, especialmente a su Presidente, D. Mateo Torres Gómez, y a todos los voluntarios, de muy diversos tipos, los de liturgia y los de orden, los de sanidad y de las demás comisiones, que habéis contribuido de un modo u otro a hacer posible que esta Beatificación se celebre con belleza y dignidad. A todos, también a los que he dejado sin nombrar, gracias, muchas gracias. El Señor os recompensará como sólo Él sabe hacerlo, y Fray Leopoldo también.

Por último, y como ya he dejado escrito en mi carta pastoral con motivo de la Beatificación, que no todos, sin embargo, tendrán la oportunidad de leer, quiero también dar las gracias de todo corazón a las administraciones públicas, que han colaborado tan eficazmente en la preparación de la beatificación, tanto del Gobierno Central, como de la Comunidad Autónoma de Andalucía, como de los Ayuntamientos de Granada, de Armilla, de Alhendín, de Churrriana de la Vega, de los Ogíjares, de Otura y de Las Gabias. Su generosidad grande es expresión del afecto a la figura de Fray Leopoldo más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. Agradezco especialmente la presencia de representantes de otras instituciones del Estado, como el Parlamento español, y de la ciudad de Granada, como la Universidad, representada por su Rector Magnífico, D. Francisco Lodeiro.

Mi gratitud se dirige también a las fuerzas diversas de orden público: la Guardia Civil, la Policía Nacional, la Policía Local de Granada y de otras localidades cercanas, así como a la Cruz Roja y a Protección Civil. Sin su colaboración generosa y su profesionalidad, sencillamente la celebración de la Beatificación de Fray Leopoldo no habría sido posible. De forma muy destacada, quiero expresar mi gratitud al Ministerio de Defensa y a su titular, la Ministra Dña. Carmen Chacón Piqueras, que ha permitido que este acto, inevitablemente multitudinario, tenga lugar en la Base Aérea de Armilla, el único lugar de Granada en que hubieran podido reunirse los miles de personas de toda Andalucía y de otros lugares que previsiblemente había que acoger. Muy singularmente doy también las gracias al Arzobispo Castrense, D. Juan del Río Martín, que ha hecho en el Ministerio de Defensa las gestiones oportunas para que la celebración pudiera tener lugar en la Base Aérea; a los mandos de las Fuerzas Aéreas, y especialmente al Coronel de la Base de Armilla, D. Ángel Valcárcel Rodríguez, que ha trabajado desde el pasado mes de diciembre sin descanso y con una profesionalidad admirable, junto con todo el personal de la base, para que esta celebración, con toda su enorme complejidad, esté a punto en todos sus detalles, hasta los más pequeños. Con todos los mandos y con el personal de la Base, la Iglesia en Granada tiene, por todo el trabajo que ha supuesto este gesto, una deuda de gratitud muy grande y especial, que no deberemos nunca olvidar.

A todos los presentes, y a todos los que habéis colaborado en hacer posible esta hermosa Eucaristía, mi gratitud, en nombre de Dios y de Fray Leopoldo. Gracias, gracias, gracias.

+ Francisco Javier Martínez Fernández
Arzobispo de Granada

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