"La cruz de los jóvenes", carta del arzobispo de Oviedo


Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
De muchas maneras ya se ha dado el pistoletazo de salida para ese encuentro que tendrá lugar en Madrid el próximo verano, con la Jornada Mundial de la Juventud que convoca y preside el Papa Benedicto XVI. Allí estaremos, Dios mediante, con el mayor número posible de jóvenes.
Estas Jornadas son una llamada puntual que la Iglesia nos hace y no un toque a rebato. No pretenden estas citas eclesiales suplir lo que con creatividad, método y constancia, debemos ir trabajando durante el resto del año a favor de nuestras generaciones más jóvenes, sino más bien todo lo contrario: es un precioso punto de partida, aldaba que nos mantiene despiertos, y ocasión providencial en donde Dios nos da la gracia que siempre acompañan estos encuentros. Después vendrán las distintas maneras de un estilo catequético, la diversa sensibilidad eclesial, la espiritualidad de cada grupo, su calendario y agenda. Pero el asomarse a un horizonte de miles y miles de chicos y chicas cristianos, nos ayuda a reconocer con gozo lo que dijo el Papa Ratzinger cuando empezó su ministerio papal: la Iglesia está viva, la Iglesia está joven.
Son muchas las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio cristiano que han salido de estos encuentros con el Papa. Y no es desdeñable el hecho positivo de verse una juventud católica, sana, alegre, responsable, eclesial y comprometida con su época. Quienes –como en mi caso– hemos participado en varias de estas Jornadas como joven, como cura y ahora como obispo, podemos dar testimonio humilde y apasionado del regalo que suponen, de la verdadera gracia que hay en ellas, y del mucho bien que a todos hace.
Pero antes del encuentro, se nos invita a acoger en la diócesis anfitriona y en las que estamos en el resto del país, un símbolo especial: la Cruz de los jóvenes y el Icono de María. Es algo que entregó Juan Pablo II en el año santo de 1984 a los jóvenes católicos de todo el mundo como santo y seña que identifica estas Jornadas Mundiales de la Juventud cristiana: “Queridos jóvenes, al clausurar el Año Santo os confío el signo de este Año Jubilar: ¡la Cruz de Cristo! Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención”. Una Cruz vacía que ha ido recorriendo todos los continentes en sus diversos rincones llenos de la necesidad más variopinta. Con motivo de estos más de veinticinco años de Jornadas, esta Cruz ha recorrido las capitales de esta vieja Europa, los aledaños de Asia, los contrastes del mundo americano del norte y del sur, Australia… En esa Cruz vacía, confiada a los jóvenes, Cristo se ha mostrado clavado en las distintas pasiones de cada uno de los crucificados a lo largo y ancho de las naciones. Es un Cristo que habla todas las lenguas, que tiene todos los colores de piel, que pertenece a todas las clases sociales y culturales, y que muere de todas las hambres y de toda la sed. Pide brazos cirineos que sean jóvenes, que le ayuden a llevar la cruz. Y junto a Cristo y a sus cirineos jóvenes, está María al pie de la Cruz representada en el Icono.
En los varios calvarios de nuestro mundo, el Señor no rehúye su sitio, asume el dolor y los desafíos con todos sus rostros, y en todo momento ofrecerá su redención salvadora, pronunciando su palabra última de vida resucitada, tras las palabras penúltimas de la muerte amortajada. Es el signo de nuestra victoria y no el pin de nuestra derrota. Dichosos los jóvenes que así lo entienden. Dichosos sus pastores si se lo enseñan a vivir. Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
A.A. de Huesca y de Jaca

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