Homilía del Arzobispo Castrense en el funeral por el capitán José María Galera y el alferez Leoncio Bravo, asesinados en Afganistán


Logroño 26, agosto, 2010
Lam 3,17-26; Sal 26; Mat 5,1-12a.
1º. “Me han arrancado la paz, y ni me acuerdo de la dicha! Así, se expresaba el profeta Jeremías cuando los hechos dolorosos de su alrededor le desbordan y le herían en lo más profundo de su ser. De la misma manera, nos sucede a todos nosotros en estos instantes. Exclamamos desde nuestro interior: ¡Dios mío! ¡Qué difícil es encontrarle sentido a estos acontecimientos! El vil atentado terrorista en Qala-i-Now (Afganistán) acabó con las vidas de estos jóvenes Guardia Civiles, el capitán José María Galera Córdoba y del alférez Leoncio Bravo Picayo, este es un acto que ofende a Dios, repugna a la razón, degrada la dignidad humana y enfrenta a los pueblos.
2. Efectivamente, nuestro espíritu está turbado, la pregunta sobre la muerte desata en cascada otras cuantas: como por ejemplo ¿Qué valor tiene la vida? ¿Dónde quedan los imperativos éticos absolutos de la justicia, libertad, dignidad… en estas acciones diabólicas contraías a la naturaleza humana y al verdadero Nombre de Dios? ¿Cómo entender que nuestro complicado mundo civilizado y libre se juegue su seguridad e independencia a muchos kilómetros de nuestras fronteras? ¿Cómo encontrar consuelo y serenidad cuando se pierde un hijo, un esposo, en circunstancias tan atroces? Pues bien, no hay formulas mágicas, ni palabras que llenen el vacío que deja la muerte de un ser querido. Pero hay algo dentro de nosotros que nos empuja a buscar un resuello de esperanza, porque entrar o regodearse en la desesperanza daña nuestra naturaleza y engendra más sufrimiento para todos. La muerte, aún la más violenta, tiene sentido sólo si junto a ella se anuncia también la vida. La nada no es la respuesta más humana. Sin embargo, el abrirse confiadamente al Misterio que nos sobrepasa es fuente de superación. De ahí, que la primera lectura termina haciéndonos una invitación: “hay algo que traigo a la memoria y que me da esperanza: es bueno esperar en silencio la salvación de Dios”
3. La propuesta cristiana no oculta ni silencia el sufrimiento, el dolor, la misma debilidad y caducidad de nuestra propia existencia. Dice el libro de la sabiduría: “corta y triste es nuestra vida, no hay remedio para el hombre cuando llega su fin” (Sab 2,23-24). Los cristianos sentimos el dolor como cualquier otro, pero la diferencia está en que la fe en la muerte y resurrección de Jesucristo como Señor de vivos y muertos, cambia el sentido de nuestro pesar: “Bienaventurados los que lloran, porque seréis consolados” ¿Y quién puede consolaros? Sólo Aquel que siendo de condición divina pasó entre nosotros como uno de tantos (cf. Filp 2,6-7). Él tiene el poder de aniquilar la muerte y hacer de ella no un fin, sino un tránsito; no un término, sino una Pascua. Sí, Jesucristo es el único ser histórico conocido, en la concreción de un lugar y tiempo verificables que asumió su propia muerte como un acto supremo de libertad y amor a la humanidad (cf. Jn 10,18; 15,13). De esta forma la muerte ha cambiado de significado y ya no somos seres para la muerte sino para la vida eterna, donde “Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos” (Is 25,7). De esta manera la muerte ha dejado de ser la última palabra de la realidad y de la historia: “tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,14).
4. Las Bienaventuranzas que se acaban de proclamar, son la carta magna del Reino de Dios. Hemos escuchado que se nos dice: “Bienaventurado los que trabajan por la paz” Quienes como nuestros hermanos José María y Leoncio, trabajan por lograr la paz entre los hombres actúa como Dios mismo, porque Dios es el Dios de la paz (cf. Rom 15,33; 16,20). Él envió al mundo a su Hijo, “Príncipe de la paz” para traer la concordia entre los de cerca y los de lejos. Sin embargo, los enemigos de la luz amaron más las tinieblas del terror y terminaron crucificándolo en una cruz.
5. Pues bien, estos valientes Guardia Civiles, servidores de nuestra propia seguridad y la del Estado: buscaron la paz y encontraron la guerra, lucharon por la libertad y fueron victimas de los tiranos, enseñaban a otros y les pagaron con la muerte. Pero sus nombres quedarán grabados en los corazones de sus familias, de sus compañeros, y de todos los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado Español.
Que la Virgen del Pilar, Patrona de la Guardia Civil os reconforte con el bálsamo de la esperanza en su Hijo Jesucristo. Y a estos luchadores de la libertad y de la paz, Dios le conceda el premio de la vida eterna.

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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