"María en la oración del pueblo cristiano", carta del arzobispo de Burgos

El culto a la Santísima Virgen es tan antiguo como la Iglesia y a lo largo de los siglos ha experimentado un desarrollo ininterrumpido. Además de las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre del Señor, ha visto florecer innumerables expresiones de piedad. Muchas devociones y plegarias marianas son una prolongación de la liturgia y, a veces, han contribuido a enriquecerla.
La primera invocación mariana conocida se remonta al siglo III y comienza con las palabras: «Bajo tu amparo (Sub tuum praesidium) nos acogemos, santa Madre de Dios…» que encuentra una resonancia continuada en el himno oriental “Akatistos”. Sin embargo, la más común, desde el siglo XIV, es el «Ave María». En el Ave María llamamos a la Virgen «llena de gracia» y de este modo reconocemos la perfección y belleza de su alma. La expresión «el Señor está contigo» revela la especial relación personal entre Dios y María, que se sitúa en el gran designio de la alianza de Dios con toda la humanidad. Además la expresión «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús» afirma la realización del designio divino en el cuerpo virginal de la Hija de Sión. Al invocar a «Santa María, Madre de Dios», los cristianos son conscientes de que se dirigen a la que por singular privilegio es inmaculada Madre del Señor, pero se atreven a decirle: «Ruega por nosotros pecadores», y se encomiendan a ella ahora y en la hora suprema de la muerte.
El Ángelus es otra oración mariana preciosa y llena de contenido. Esta oración nos hace revivir el gran acontecimiento de la historia de la humanidad: la Encarnación. Aquí radica el valor y el atractivo del Ángelus, que tantas veces han puesto de manifiesto los teólogos y pastores, y hasta los mismos poetas y pintores.
Dentro de la devoción mariana, ha adquirido un puesto de relieve el Rosario, que a través de la repetición del «Ave María» lleva a contemplar los misterios de la fe. También esta plegaria sencilla señala al pueblo cristiano que el fin del culto mariano es la glorificación de Cristo. Esta oración ha encontrado una gran acogida en el magisterio y piedad de los recientes romanos pontífices. La exhortación apostólica Marialis cultus ilustra su doctrina, recordando que se trata de una «oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora», y reafirmando su «orientación claramente cristológica» (n. 46). La piedad popular une al Rosario las Letanías, entre las cuales las más conocidas son las que se rezan en el santuario de Loreto y por eso se llaman «lauretanas». Con invocaciones muy sencillas, ayudan a concentrarse en la persona de María para captar la riqueza espiritual que el amor del Padre ha derramado en ella.
Como atestiguan los numerosos títulos atribuidos a la Virgen y las peregrinaciones ininterrumpidas a los santuarios marianos, la confianza de los fieles en la Madre de Jesús los impulsa a invocarla en sus necesidades diarias. Están seguros de que su corazón materno no puede permanecer insensible ante las miserias materiales y espirituales de sus hijos. Así, la devoción a la Madre de Dios, alentando la confianza y la espontaneidad, contribuye a infundir serenidad en la vida espiritual y hace progresar a los fieles por el camino exigente de las bienaventuranzas.
Vale la pena recordar un hecho tan entrañable como sobrecogedor. La devoción a María, dando relieve a la dimensión humana de la Encarnación, ayuda a descubrir mejor el rostro de un Dios que comparte las alegrías y los sufrimientos de la humanidad, el «Dios con nosotros», que Ella concibió como hombre en su seno purísimo, engendró, asistió y siguió con inefable amor desde los días de Nazaret y de Belén a los de la cruz y la resurrección.

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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