Mons. García Aracil: "Los católicos estamos llamados a procurar un clima sereno en que predomine la voluntad constructiva"

«Una sorpresa tras otra», carta del arzobispo de Mérida-Badajoz

Para defender la libertad con acierto es necesaria la madurez personal tanto intelectual como afectiva. La presión de las ideologías puede enturbiar la claridad mental; y la fuerza de los instintos puede activar inclinaciones escasas de la necesaria serenidad.
Tanto los condicionantes mentales como las presiones instintivas, y más todavía cuando se unen ambas, pueden constituir un telón que impide la claridad propia de la luz que solo al espíritu diáfano.
Lo que ocurre es que determinadas corrientes propiciadas por algunas posturas que se caracterizan por la ley del “anti” en que se mueve la inercia pendular, impide o condiciona la serena visión y el análisis objetivo. No extraña, que después de un periodo de nacional-catolicismo haya impulsos no fácilmente dominables que inducen a un anti-catolicismo. Postura ésta que no está motivada tanto en una reflexión capaz de analizar y valorar el lugar del catolicismo en la vida personal y social, cuanto en la tendencia, ya albergada desde antiguo y por diversas causas, hacia el barrido de los elementos políticos, económicos, culturales y populares en general que apoyaron o manifestaron una cómoda connivencia con el nacional-catolicismo.

Apertura a la verdad
En esta situación, de la que sufre notables influencias nuestro momento cultural y político dominantes, los católicos estamos llamados a procurar un clima sereno en que predomine la objetividad, el domino de las pulsiones y de las fuerzas instintivas o espontáneas, y la voluntad constructiva.
La fe cristiana, que es el don raíz que nos permite percibir, apreciar y defender el inmenso cúmulo de dones con que el Señor nos bendice cada día, tiene una característica fundamental: la apertura a la verdad, que no es patrimonio de nadie en particular, ni personas, ni grupos en cada presente de su historia. Esa apertura a la verdad nos ayuda a descubrir, a su vez, no sólo el error ajeno, sino también el propio, cualquiera que fuere; tanto si es protagonizado por uno mismo, como si tuvo como sujeto a grupos que participan de la fe cristiana. Sabemos que esos defectos no son adjudicables a la fe, que siendo un don de Dios no es compatible con el error ni con la injusticia. Pero sabemos, por experiencia, que han sido, es y pueden seguir siendo protagonizados por personas y grupos que no ejercen suficientemente el adecuado discernimiento creyente, o que parten de un supuesto de fe que no es motivado por la verdadera fe. Estas posturas, motivadoras de errores y de las consiguientes descalificaciones, no siempre son imputables moralmente a quienes los ostentan; pueden ser fruto de ignorancia o de presiones familiares y sociales cuyo discernimiento y superación les desborda.

Formación necesaria
Ante esta compleja panorámica, nada ajena a nuestro mundo, es necesario vencer una tendencia bastante espontánea y generalizada que consiste en la condena de quienes manifiestas dicho error de pensamiento o de conducta. Por este camino pronto llegaríamos a dividir las fuerzas entre quienes recíprocamente se consideran víctimas del error o portavoces de posturas inaceptables. Lo que importa, sobre todo, es tomar conciencia de la necesidad de formación que nos afecta a todos. Asumida esta convicción, que es la puerta para la humilde aceptación de las propias equivocaciones o imperfecciones, ya es posible el diálogo sereno y fraternal. Diálogo que ha de superar, desde el primer momento, la tendencia instintiva a convertirlo en un monólogo alternado en el que importa más replicar al adversario que descubrir su parte de razón o la causa de su equivocación. En cambio, sabemos muy bien que esa forma de conversación jamás llevará a convergencia alguna, sino que endurecerá las posiciones, hará crecer las distancias, e impedirá el crecimiento de cualquiera de las partes.
Diálogo enriquecedor
Desde estas líneas, conociendo la dificultad de la empresa que nos concierne, especialmente desde la fe, quiero hacer una llamada paciente y constante, por encima de toda realidad o apariencia de posturas “anti” que son motivo de sorpresas desagradables para los católicos, hagamos un ejercicio de diálogo, precedido de un examen de las propias actitudes, y siempre abiertos a agradecer la verdad que pueda llegarnos del otro.
Vivimos tiempos en que, en muchos ocasiones, parece privar la agresividad sobre la serenidad y el avasallamiento sobre la escucha respetuosa; y, en consecuencia, el enfrentamiento antes que el enriquecimiento mutuo.
No olvidemos que el Evangelio nos llama a la conversión constante; y que sólo desde la propia conversión podremos llegar a ser testigos y apoyo para la conversión de los hermanos.
Recordemos que para ello, necesitamos estar abiertos día a día, a la formación intelectual y a la educación moral que nos ayuden a un correcto discernimiento y a adoptar posturas coherentes con la Verdad que el Señor nos ha regalado.

+ Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz.

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