Homilía del arzobispo de Santiago de Compostela en la Solemnidad del Apóstol


La solemnidad del Apóstol Santiago el Mayor, Patrón de España, nos motiva a tomar conciencia de nuestra condición cristiana, encomendándonos a su patrocinio para ser fieles a la tradición apostólica que fundamenta nuestra fe y revitalizar nuestra identidad que ha vertebrado la historia de los pueblos de España, con lo común de todos y lo específico de cada uno.

El sentido de nuestra existencia

El Apóstol nos transmitió el Evangelio de Jesucristo, que nos descubre la vocación profunda de nuestra existencia, deseosa de la plenitud en Dios. “Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo”1. El hombre del tercer milenio desea una vida auténtica y plena, tiene necesidad de verdad, de libertad profunda, de amor gratuito. También en los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene sed del Dios vivo.

En nuestro peregrinar nos damos cuenta de que el hombre es el sentido del mundo creado por Dios. Dice san Agustín: “Camina a través del hombre y llegarás a Dios”. El respeto por la dignidad de la persona ha de ser la norma inspiradora de todo auténtico progreso social, económico, cultural y científico. Los desafíos de nuestra época están ciertamente por encima de las capacidades humanas: lo están los desafíos históricos y sociales, y con mayor razón los espirituales. Con Cristo podemos afrontarlos, animando una profunda renovación cultural cristiana y recuperando los valores esenciales como la austeridad, el esfuerzo y la solidaridad sin olvidar la caridad, “principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad”, para ofrecer a todos la esperanza de un mañana mejor y digno del hombre sobre todo en estos momentos no fáciles como decía Su Majestad. En este sentido, la mirada de la fe, abierta a medirse con el juicio de Dios y con su proyecto de bien para todas las criaturas, es un faro orientador y perceptible ante la devaluación del sentido moral. La persona busca un sentido a su vida que le ayude a situarse ante sí misma y ante la sociedad, cualesquiera que sean las circunstancias en que vive. Evadir la búsqueda de sentido de la vida o resignarse a una falta de esperanza empobrece la calidad de vida para uno mismo y para los demás.

Necesidad de Dios por parte del hombre

El hombre es un peregrino abierto a lo trascendente, capacitado para transformar la sociedad a través del amor de Dios derramado en su corazón. “Puesto que todo hombre retiene siempre su condición de imagen de Dios, aun cuando esté quebrada por el pecado y con ella rota la brújula para buscar la verdad, discernir y realizar el bien, y admirar la belleza, el católico considera siempre posible el diálogo y la colaboración, incluso en las situaciones más difíciles, porque Dios nunca está del todo lejos del corazón del hombre”2. Dios es nuestra felicidad. “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”, escribió san Agustín. No hay lugar para el conflicto entre la ley divina y la libertad humana. “La libertad recibida de Cristo y el servicio debido al prójimo son los fundamentos de la moral cristiana”3. El Apóstol Santiago, llamado a profundizar su relación personal con Dios como toda persona humana, profesó libremente su fe y fue el primero entre los apóstoles en beber el cáliz del Señor por fidelidad al Evangelio “Si pensamos en los dos milenios de historia de la Iglesia, acaba de decirnos el Papa, podemos observar que nunca han faltado las pruebas a los cristianos, que en algunos periodos y lugares han asumido el carácter de verdaderas y auténticas persecuciones. Estas, sin embargo, a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El mayor daño, de hecho, lo padece ésta de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, erosionando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro”.

La vida como servicio

La madre de Santiago y Juan pidió al Señor que sus hijos se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda. Con este motivo Jesús le contesta: “El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en rescate por todos”. El cristiano ha de interpretar su vida en clave de servicio, sabiendo que servir a los demás configura su manera de ser, y que necesita amar lo que ha de hacer. Sentirse miembro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, conlleva servir y amar porque la calidad de nuestra vida se construye ofreciéndonos como don total en el amor a Dios y a los demás. La lógica del Evangelio pide que no se ponga límite al don de uno mismo si no se quiere rebajar al ser humano.

El individualismo infiltrado en la conducta y relaciones sociales, inspira con frecuencia actitudes de vida insolidarias. Perdidos en el anonimato de un mundo sin hogar, nos es difícil mirar desde Dios a los demás. Sólo el espíritu de renuncia gratuita a todo lo propio nos hermana, porque no nace del heroísmo del fuerte y del que da pero no recibe, sino de la acogida del otro y de la experiencia de la propia debilidad. La espiritualidad cristiana debe ser continua inspiración para roturar nuevos campos y comenzar siempre de nuevo, porque se apoya en la promesa de Dios que llama a las cosas que no son para que sean (Rom 4,7).

Nuestro compromiso cristiano

Este compromiso nos lleva a ser presencia de la luz de la verdad que nos hace libres y presencia de caridad como transparencia del Maestro en el discípulo. “En esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis como yo os he amado” (Jn 13,35). La incomprensión será la normal reacción del mundo contra esta presencia activa del cristiano como testigo viviente de la santidad evangélica por la virtud. Lo que de anticristiano hay en el mundo tiene que reaccionar siempre igual contra Cristo y los suyos. “Mi cáliz lo beberéis”. El proceso de conversión que capacita al creyente para su configuración cristiana, no será auténtico si no abre el corazón humano al Misterio de la Cruz. Cristo aclara que la generosa decisión de los Zebedeos dispuestos a beber el cáliz del Señor, ha de ser con espíritu de disponibilidad absoluta y de obediencia a los planes de Dios, no bajo intenciones de ambición personal y humana. La exigencia cristiana es recrear las mismas actitudes de Cristo en la situación histórica de cada uno de nosotros. Hoy la comunidad cristiana tiene que dar razón de la esperanza, pero es llevada también al desierto para ver dónde cifra su confianza. Cuando nos invade el pesimismo y sentimos la tentación de abdicar de nuestras responsabilidades terrenas, no debemos ignorar los imperativos de la fe. “Creí por eso hablé, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará”. Vivimos en una organización eclesial y en un tejido de relaciones sociales donde simultáneamente crecen el trigo y la cizaña, como nos dice el Evangelio que se nos ha confiado. El esfuerzo por reducir el mal ha de ser persistente, sabiendo que la oferta del Evangelio es un camino humanizador de porvenir. Los cristianos han de ser portadores en el mundo de una esperanza temporal realista, no de vano sueño utópico. Conocer, imitar y vivir en comunión con Cristo significa también estar dispuestos a renunciar a todo lo que constituye la negación de su amor, para que “la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”.

A Igrexa ten como misión levar aos seus fillos a Deus, ao seu destino eterno. Pero non se desentende das tarefas humanas; pola súa mesma misión espiritual, move aos seus fillos e todos os homes a que tomen conciencia da raíz de onde proveñen os males, e urxe a que poñan remedio ás inxustizas e ás deplorables condicións en que viven moitas persoas. Os discípulos de Xesucristo habemos de ser sementadores de fraternidade en todas as circunstancias da vida. Cando vivimos intensamente o espírito cristián, todas as súas actividades e relacións reflicten a caridade de Deus e poñen o selo do amor cristián, que é sinxeleza, veracidade, fidelidade, mansedume, xenerosidade, solidariedade e alegría.

Dando grazas a Deus con ledicia pola súa pronta recuperación, acollo a vosa ofrenda nacional, Maxestade, encomendando á intercesión do Apóstolo Santiago a todos os pobos de España, de Iberoamérica e de xeito especial ao pobo galego para que manteñamos unha convivencia solidaria non esquecendo as nosas raíces. Pido por todos os peregrinos que chegaron e seguirán chegando a venerar a túa tumba neste Ano Santo, e por todos os nosos gobernantes para que teñan fortaleza, xenerosidade e constancia na busca do ben común e da renovación ética e moral da nosa sociedade.

Encoméndote, Santo Apóstolo, os froitos espirituais e pastorais da peregrinación do Santo Papa para venerar a túa tumba. Que Deus, co teu patrocinio, bendiga ás súas Maxestades e a toda a Familia Real, sempre sensibles a toda realidade que afecta ao noso pobo. “A nosa terra dará o seu froito porque nos bendí o Señor noso Deus” (Ps 66,7).

Deus nos axuda e tamén o Apóstolo Santiago.

+Julián Barrio Barrio,

Arzobispo de Santiago de Compostela

1 BENEDICTO XVI, Spe salvi, nº 26 y 27.

2 O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, La gloria del hombre, Madrid 1985, 266.

3 Ibid., 666.

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 37592 Artículos
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).