"La Iglesia y sus miembros", carta de Mons. Santiago García Aracil


La identidad de las instituciones y estructuras presentes en la sociedad manifiestan un cierto desequilibrio entre lo que proclaman ser y lo que sus miembros ejercitan.
La razón es muy sencilla: la configuración teórica de una institución o estructura es generalmente diseñada por la mente. Las reflexiones y diálogos que dibujaron los perfiles de la identidad institucional no se permitían avanzar sin rigor en la coherencia con principios considerados dignos, fueran éstos acertados o no desde otros puntos de vista. Pero las personas que debían encarnar esos valores viviendo según los principios que los inspiraron son débiles tanto a la hora de entenderlos como en el momento de seguirlos. Ésa es la triste diferencia que frecuentemente se manifiesta entre la identidad de la institución y la imagen que de ella trasciende cuando pasa por la vida concreta de sus miembros.
A fuerza de ser honestos, los cristianos debemos asumir que la imagen vertida hacia fuera de la Iglesia al pasar por nuestras actitudes y comportamientos, perjudica, en muchos casos, la belleza de la institución eclesial fundada por Cristo y alentada por el Espíritu Santo. Ésta es la razón por la que frecuentemente nos encontramos con juicios sobre la Iglesia que nos parecen injustos por erróneos y desconsiderados.
Pero en lugar de permitir que se enerven nuestros ánimos, debemos pensar tres cosas con rigor y generosidad, la primera es en qué hemos contribuido, de una forma u otra, cada uno o determinados grupos cristianos para que la Iglesia aparezca de modo muy lejano a su propia identidad original. La cosa está clara: cada cual ha de asumir su propia condición de persona débil, capaz de error y pecado, y procurar constantemente la propia conversión.
La segunda es en qué debemos poner nuestro esfuerzo para procurar, con verdadero espíritu fraternal, esa progresiva reforma de criterios y comportamientos de nuestros hermanos en la fe.
La tercera es pensar cuáles deberían ser nuestras aportaciones para ayudar a los no creyentes de modo que puedan conocer la verdadera identidad de la Iglesia y apreciarla en sus auténticos valores, muchas veces oscurecidos por los defectos de los cristianos.
Proponerse estos tres objetivos lleva consigo un serio compromiso que no alcanza nunca el éxito si se queda en empresa individual o subjetiva.
No cabe duda de que la persona y, consiguientemente cada uno, está en la raíz de cualquier solución a los problemas institucionales, sociales y eclesiales. Pero sería añadir a las propias deficiencias el error lamentable de pensar que con la simple suma de las aportaciones individuales y de algún modo aisladas se puede alcanzar un fin de relevancia institucional, social o eclesial.
Lo que urge entender para lograr lo propuesto es que las instituciones, la sociedad y la Iglesia no son simple suma de individualidades, sino cuerpos orgánicos en los que hay muchos miembros con vínculos que los relacionan entre sí.
En el caso de la Iglesia, estos vínculos son tan dignos y fuertes como la llamada universal de Dios a la Salvación; la condición de hijos de Dios por el Bautismo, que nos une en esencial fraternidad, el carácter comunitario de la Iglesia que la define como Pueblo de Dios en marcha, como Cuerpo Místico de Jesucristo, y como organismo vivo del que Cristo es la cabeza y cada miembro tiene su función propia con tal que no se separe de los otros como ocurre en el cuerpo humano, como dice san Pablo.
Descubrir toda la fuerza de la Comunión eclesial, que brota de la común filiación divina, de la Palabra de Dios que ha sido pronunciada en Jesucristo para todos igual, y de la Eucaristía que es nuestro alimento común e imprescindible, es tarea urgente. Y este descubrimiento y clarificación ha de llevarnos a intensificar esos vínculos y a aprovecharlos para la superación personal y para limpiar con ello el rostro de la Iglesia para que pueda ofrecer su imagen genuina, verdaderamente atrayente y capaz de ganar la mente y el corazón de quienes buscan, con sinceridad y empeño, la vida en el amor, la justicia en la verdad, y el progreso integral de las personas, de las instituciones, de la sociedad y de la misma Iglesia.
+ Santiago.
Arzobispo de Mérida-Badajoz.

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