Homilía del arzobispo Castrense en Marín con motivo de la festividad de la Virgen del Carmen, patrona de la Armada Española

1º. ¡En la rosa de los vientos me crucifico por ti! ¡Cuantas generaciones de marinos han cantado este versículo del Himno de la Armada Española! En él, está sintetizado todos los sacrificios, sentimientos, noches oscuras, mares bravíos, puertos sin espera, que los hombres y mujeres de la mar llevan como un “tatuaje en el corazón” en su defensa de España por “los caminos del mar”. Desde hace muchos siglos viven la experiencia íntima de sentirse ayudados por la “estrella de los mares” que al otro lado del Mare Nostrum, en el Monte Carmelo, es luz imperecedera que nos lleva siempre al puerto seguro de nuestra salvación: Jesucristo, Hijo de Dios Vivo.

2º. Es por eso, que desde la lejanía de los tiempos resuenan como un eco en las costas hispanas el nombre de María, “Madre del Divino Amor”. Su nombre quedó para siempre grabado en la multitud de capillas e Iglesias costeras y en las popas y costados de muchas de nuestras embarcaciones. De ahí, que la fe marinera ha creado cultura, cultura que no se debe ignorar o silenciar.

3º. El marino, por su peculiar forma de vida, se topa todos los días con la fascinación del misterio de la naturaleza que le remite a las grandes preguntas que es inherente al espíritu humano. Los avances de las ciencias náuticas no anulan esos interrogantes, porque solamente Dios puede responder a los deseos más profundos de felicidad y eternidad que llevamos en nuestra alma. Esa realidad de fondo, tiene rostro femenino para el hombre de la mar que con fe sencilla exclama en medio de la tempestad: “¡Ay, Madre mía del Carmen, ayúdame!”. Esa confianza en la Virgen-Madre, no es una alienación, ni un sueño inalcanzable, sino que nos remite al gran Viviente de todos los tiempos: Jesucristo el Seño, el gran timonel de la Historia. El único que tiene poder para hacer “de lo imposible, lo posible”, el dueño de los vientos y de los oleajes naturales, aquel que nada le impide convertir la dolencia en salud, el odio en amor, la guerra en paz, la muerte en vida. Por eso mismo, los cristianos decimos que Dios ha entrado en nuestra existencia cotidiana, se ha encarnado, es un Dios Humanado, tan humano, que se merece ese piropo que hemos escuchado en el Evangelio que se acaba de proclamar: “dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron” (Lc. 11,27). De ahí, que de generación en generación se llamé bienaventurada a la hija de Sión (Zac 2,14-17) que llevó en su seno al Hijo del Padre eterno (cf. Lc 1,46-55).

4º La entrañable iconografía de la Virgen del Carmen, representa a una madre con un niño en los brazos ofreciéndonos su santo escapulario, signo visible de salvación y protección divina, y que durante siglos ha sido portado por tantos devotos. Un marinero de bien, siempre lleva impresa en su alma está imagen bendita que nos habla de la ternura de Dios. Contemplarla, nos hace experimentar que no estamos solos en los mares tenebrosos de la vida: ¡Que el Señor está siempre con nosotros! Como diría San Pablo: “Y si Él está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?…nada, ni nadie nos puede separar del amor de Dios” (Rom 8, 31.39). Desde él brota el verdadero amor que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la defensa, la justicia, la libertad y la paz.

5º. Estos valores, aceptados y preservados por todos los hombres y mujeres de nuestra sociedad, han de brillar siempre en los futuros Oficiales de la Armada.
Vosotros, ¡Marinos de España! ¡Remad mar adentro! (cf. Lc 5,4), sin tened miedo al oleaje impetuoso y a los vientos adversos a los valores cristianos y a las tradición seculares. Seguid “soñando victorias, diciendo cantares”, con la confianza segura en vuestra Patrona y protectora, la Madre de Dios y Señora nuestra. En tierra o mar, disfrutad con lo bueno, verdadero y hermoso que hay en la vida, pues todo ello es presencia amorosa de Aquella que es la perla más bella que oculta los mares, lucero de la aurora, consuelo del que llora, horizonte de salvación: ¡Oh Virgen del Carmen!

Así sea.

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España.

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