“El descanso, un bien y una necesidad”, carta del arzobispo de Burgos


El trabajo es una dimensión esencial del hombre. Lo advertimos ahora con especial fuerza y claridad ante el alarmante crecimiento del paro, sobre todo el de los jóvenes. A diferencia del esfuerzo animal, el trabajo humano necesita ser realizado con inteligencia, competencia y espíritu de servicio. También lo estamos redescubriendo ahora, cuando se constata que la superación de la crisis económica va muy ligada a la cultura del esfuerzo, de la excelencia y, por supuesto, de los valores de honestidad, solidaridad y servicio al bien común.
Sin embargo, sería un error pensar que el hombre está hecho únicamente para trabajar y que cuanto más y mejor trabaje, tanto más se humaniza. La experiencia demuestra que, cuando se trabaja con estos esquemas, además de cargar con el fardo de una adicción, termina destruyendo el cuerpo, la psique, la familia, las amistades y hasta el espíritu. El hombre ha de trabajar mucho y bien. Pero ha de descansar lo suficiente para recuperar sus fuerzas físicas y su equilibrio mental y psicológico. El descanso no es, por tanto, tiempo inútilmente perdido y desaprovechado, sino un tiempo necesario para llevar una vida acorde con nuestra dignidad humana y nuestra condición de hijos de Dios.
Mientras el hombre estuvo en contacto con la naturaleza y trabajaba fundamentalmente en el laboreo de la tierra, se cansaba físicamente, pero reponía las fuerzas con los tiempos reservados al sueño diario, el descanso de los fines de semana y las no escasas fiestas del calendario civil y de la Iglesia. El paso a la sociedad industrial y urbana dio lugar a un trabajo más enervante y más fatigoso para el espíritu y la psique. A ello se une el cansancio que producen los desplazamientos al lugar del trabajo, la sensación de agobio que originan las calles llenas de coches y autobuses, la velocidad de la vida moderna y la presión del futuro incierto. Sin olvidar el desgaste que implica el trabajar contra el reloj y bajo la presión de las urgencias permanentes.
Eso explica que el hombre moderno se canse más que el de las generaciones precedentes y que necesite más tiempo para el descanso de su cuerpo y, sobre todo, de su espíritu. Quizás esto explique, al menos en no pequeña medida, que la sociedad moderna haya alargado la duración de los fines de semana, creado y aumentado los “puentes” y ampliado el derecho a las vacaciones. La consecuencia es que el hombre moderno dedica una buena parte de su vida al descanso. Consecuentemente, el factor “descanso” hay que tomarlo cada vez más en serio y valorarlo cada día más como factor de humanización y, en el caso de los cristianos, de santificación y apostolado.
Las vacaciones de verano debemos inscribirlas en este marco y aprovecharlas para reponer las fuerzas físicas, descansar psicológicamente, cultivar nuestra formación humana y espiritual y ampliar la base de nuestros apostolados. Ingredientes, pues de las vacaciones de verano han de ser el tiempo dedicado al descanso físico y psíquico, al cultivo de nuestra inteligencia y nuestros gustos artísticos, y a la práctica de nuestros deportes favoritos y habilidades manuales. Un ingrediente que no deberá faltar nunca es el contacto con la naturaleza, la cual –no lo olvidemos nunca- ha sido creada para servicio y disfrute del hombre.
Mención especial merece el cultivo de nuestras amistades, el tiempo dedicado a la familia y a los hijos, y los espacios dedicados al conocimiento y trato con Dios. Lo que nunca deben ser las vacaciones es un tiempo para deshumanizarnos con unos comportamientos que ofenden nuestra condición de personas y nuestra dignidad de cristianos. Pasarlo bien no tiene nada que ver con la frivolidad, la superficialidad, la banalidad y la trasgresión moral. Las vacaciones de verano son tiempo para llenarse, no para vaciarse.

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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