"La Ley del amor", cata del arzobispo de Tarragona


Antes de entrar en la explicación de cada uno de los mandamientos, el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica tiene un último capítulo que nos ocupará las próximas tres semanas y que se centra en la ley y la gracia.
Todos tenemos la percepción de que las leyes son necesarias y, si son buenas, ayudan a conseguir el bien común y por tanto la felicidad; y a la vez también somos conscientes de que existe el peligro de que la vida esté encorsetada por un exceso de prescripciones cuando se intenta regularlo todo. No es extraño, por ello, que ante las leyes de cualquier tipo, y especialmente de las leyes morales, haya gente que desconfíe. Las leyes son ordenaciones racionales guiadas por la recta razón y que buscan ayudar al hombre a encontrar lo que es bueno. Y especialmente la ley moral que es obra de la Sabiduría divina y que a través de sus prescripciones nos conduce hacia la felicidad prometida.
Me gusta comparar la ley moral a los prospectos que acompañan a las medicinas o a los aparatos electrónicos. Cuando adquirimos esos productos es necesario leer cuidadosamente lo que dice quien los ha fabricado y por tanto sabe perfectamente cómo son, cómo funcionan y cómo hay que usarlos. La ley moral no es una imposición extrínseca a nosotros, sino las «instrucciones» de aquel que nos ha creado y que quiere lo mejor para nosotros. Si sería una gran imprudencia tomar una medicina sin las indicaciones necesarias sobre la dosis y los momentos de tomarla o las contraindicaciones, es aún más imprudente rechazar la ley moral porque no la he hecho yo. Resuena en esta manera de actuar el relato del Génesis cuando nos dice que Adán desobedece a Dios queriendo ser como él, «conocedor del bien y del mal», es decir, apropiándose de la capacidad de decidir qué es bueno y qué es malo.
Es cierto que ha habido una sucesiva revelación de la ley moral y de sus contenidos. Así encontramos una ley moral natural que permite a todo el mundo, no sin dificultades, discernir el bien y el mal en el propio corazón usando la razón. Además la ley antigua —la del Antiguo Testamento— expresa muchas realidades morales que son así reafirmadas y que se resumen en los diez Mandamientos. Pero esta ley no es más que una preparación para la ley nueva, llamada también “evangélica”, proclamada por Cristo y que es plenitud de la natural y de la revelada. Se resume en el mandamiento de amar a Dios y a los demás y de hacerlo como Cristo nos ha amado. Es la ley de la libertad que se hace posible por el Espíritu Santo. Como dice santo Tomás, la ley nueva es principalmente la gracia del Espíritu Santo que es dada a los creyentes en Cristo.
Tenemos, pues, muchas ayudas en nuestro camino hacia el bien y la felicidad. Necesitamos hacer de ellas un buen uso como quien sabe que con la sola autonomía personal es imposible tener éxito en el camino del bien.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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