"Responsabilidad en el volante", carta del arzobispo de Burgos


Hace cincuenta o sesenta años eran escasísimos los vehículos que circulaban por nuestras estrechas y maltrechas carreteras. Hoy se pueden ver uno o varios coches a la entrada de cualquier casa de nuestros pueblos. En las ciudades se ha hecho necesario crear abundantes aparcamientos subterráneos o de superficie para que puedan estacionarse los turismos. La tasa de vehículos de transporte crece sin cesar, lo mismo que su potencia y confort. Eso explica que cada día sean millones los que se desplazan de un lugar a otro de nuestra geografía. Cifra que aumenta exponencialmente los meses de verano, los fines de semana y los puentes. Seguramente no es exagerado afirmar que nuestra sociedad no podría vivir sin coches.
Gracias a Dios, la seguridad vial ha ido ganando puntos a medida que crecía el parque automovilístico. La red de autopistas y autovías, las vías rápidas y las carreteras secundarias han mejorado sensiblemente. Los vehículos son cada día más seguros. Los conductores están provistos del correspondiente carné de conducir en la inmensísima mayoría y cada día son más conscientes de que es indispensable coger el volante en las mejores condiciones físicas y psíquicas.
Sin embargo, las cifras de accidentes siguen siendo aterradoras. Por ejemplo, cada año mueren cerca de cuatrocientos mil jóvenes en las carreteras de todo el mundo. Lo que equivale a dos accidentes diarios de otros tantos aviones de la máxima capacidad en los que perecieran todos los viajeros y la tripulación. Para dentro de cuatro años, los pronósticos apuntan a que los accidentes de tráfico podrían convertirse en la causa principal de discapacidad de niños y jóvenes de todo el mundo.
La naturaleza humana es imperfecta y las obras que fabricamos los hombres tienen siempre fallos. Por eso, parece inevitable que haya accidentes de circulación aunque se tomen todas las precauciones. Sin embargo, es innegable que podemos y debemos evitar los que estén a nuestro alcance, tomadas las medidas pertinentes. En España, por ejemplo, hemos sido capaces de hacer descender sensiblemente el número de muertos en carretera, a pesar del aumento de automóviles y desplazamientos. Pero todavía son muchos los siniestros mortales y los que dejan secuelas graves para toda la vida.
Parece justo, por tanto, que extrememos las medidas de prudencia. Sobre todo, ahora que tantísima gente comienza sus vacaciones de verano para disfrutar de un merecido descanso, o cuando los que viven en la ciudad se desplazan a su pueblo natal para pasar el fin de semana en contacto con los amigos de infancia y con la tierra que les vio nacer y crecer.
El mandamiento que regula el respeto de la propia vida y de la de los demás se hace ahora más actual y, si cabe, más exigente. La vida es el don más grande que nos ha hecho el Creador, pues de ella dependen todos los demás, tanto en el orden material como en el espiritual. Vale la pena protegerla y conservarla en las mejores condiciones posibles.
Por otra parte, la carretera da muchas posibilidades de servir a los demás. No sólo cuando se atiende a las víctimas de un accidente sino también cuando se guardan todas las reglas de tráfico, cuando se ayuda a quien ha sufrido un percance o cuando se responde con amabilidad a una pregunta sobre una dirección o lugar.
Algunos tienen la costumbre de iniciar el viaje con una oración al ángel de la guarda, a la Santísima Virgen o a san Cristóbal. Yo mismo me encomiendo siempre a la Virgen y a san Rafael. Hoy, día en que celebramos en España la «Jornada de Responsabilidad en el tráfico», quizás sea una buena oportunidad para continuar o comenzar esta costumbre.
¡Feliz verano a todos!
Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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