Mons. Juan del Río: "Entender los Ordinariatos Militares carentes de estructuras diocesanas, supone a reducirlos a una mera asociación de capellanes dedicados a atender a los soldados"


A las once de esta mañana, el Arzobispo Castrense de España, Mons. Juan del Río Martín, abría la primera sesión del Consejo Presbiteral Castrense reciente constituido. Durante el rezo de la hora tercia el capellán Francisco Javier Orpinell Marco juró el Cargo de Vicario Episcopal y Director del Servicio de Asistencia Religiosa de la Armada. Acto seguido comenzaba la primera sesión del Consejo Presbiteral Castrense con un discurso de Mons. Juan del Río que reproducimos íntegro a continuación y en el que desglosó la verdadera signifiocación y cometido del Consejo Presbiteral, señalando, entre ortras cosas, que “entender los Ordinariatos Militares carentes de estructuras diocesanas, supone a reducirlos a una mera asociación de capellanes dedicados a atender a los soldados”, continuando, posteriormente, la elección del Secretario del Consejo y de los miembros de la Comisión Permanente. Seguidamente, tras la lectura del nombramiento del Colegio de Consultores, se comenzó a trabajar el en Plan Pastoral para el nuevo curso.
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Discurso de Mons. Juan del Río, arzobispo castrense de España en el cato de constitución del Consejo del Presbiterio de este arzobispado:

Queridos miembros de este Consejo Presbiteral Castrense:

Con la Constitución Apostólica Spirituali Militum Curae, de 1986, SS Juan Pablo II, quiso dar a los antiguos Vicariatos Castrenses una nueva ordenación canónica para la asistencia espiritual de los militares, que respondiera mejor a la eclesiología del Vaticano II, conforme Código de Derecho Canónico de 1983 y de los nuevos tiempos que marcan la configuración de las Fuerzas Armadas. Con ello dio lugar a que los “Ordinariatos” militares o castrenses “jurídicamente se asimilaran a las diócesis” (SMC I).

Ayer hizo dos años que el SS Padre Benedicto XVI, tuvo a bien nombrarme Arzobispo Castrense de España. Durante este tiempo he observado, escuchado y reflexionado sobre la organización pastoral que debe tener nuestra “diócesis personal”. Algunas sensibilidades o voces no son amigas de los Consejos Presbiterales y de otras estructuras diocesanas. Abogan razones como la peculiaridad de la procedencia del clero, la dispersión que supone la misión castrense, las dificultades para reunirse y los problemas que se derivan de nuestra inserción en el mundo militar. Todos estos inconvenientes en parte se pueden superar en la actualidad. Más bien esta postura revela un reduccionismo eclesiológico de lo que es una diócesis, aunque sea personal como es en nuestro caso. Además, entender los Ordinariatos Militares carente de estructuras diocesanas, supone a reducirlos a una mera asociación de capellanes dedicados a atender a los soldados, quedando entonces la figura del Obispo en algo puramente decorativo y de representación. No es esto lo que se deriva de los documentos mencionados y lo que desea la Santa Sede para estos momentos.

Ya durante los trabajos llevados a cabo para enriquecer el derecho de la Iglesia con las aportaciones del Concilio Vaticano II y que fructificarían en el vigente Código de Derecho Canónico quedó claro que el tradicional principio territorial sobre el que de modo secular se ha constituido la organización de la Iglesia no podía considerarse exclusivo y que debía, por lo tanto, darse cabida al reconocimiento del elemento personal.

En efecto, la adscripción de los fieles a una Iglesia Particular no puede dejarse al arbitrio subjetivo de la voluntad de cada uno, sino que hace falta un “elemento objetivo” que facilite esa vinculación. La Iglesia, tradicionalmente, ha visto en el territorio ese “elemento objetivo”. Pues bien, cuando hablamos de los Ordinariatos Militares, aunque falte el territorio, ese “elemento objetivo” también existe: se trata de la misma “condición de militar”.

Precisamente por ello la Constitución Apostólica Spirituali Militum Curae puede dejar bien claro que los Ordinariatos Militares “tienen” fieles propios (SMC X).

Las diócesis castrenses no son por lo tanto “unidades administrativas” que sirvan para coordinar eficazmente la labor de varios clérigos. No. Las diócesis castrenses forman parte de la estructura jerárquica de la Iglesia y por eso la constitución Spirituali Militum Curae especifica que se encuentran jurídicamente asimiladas a las diócesis.

Un capellán castrense no es por lo tanto un ministro de la Iglesia que se vincula a una asociación sacerdotal para desarrollar una pastoral específica; sino que es un presbítero que sirviendo en una Iglesia Particular administra los misterios de Cristo a los miembros de esa porción del Pueblo de Dios; y debe hacerlo, por lo tanto, en comunión con el sucesor de los Apóstoles, puesto por el Papa al frente de la misma.

Es, pues, mi deber como obispo vuestro fomentar ese espíritu de comunión. Y en ese sentido puedo decir que con la constitución de este Consejo Presbiteral Castrense, después del decreto de convocatoria de elecciones, la votación de sus miembros y de la aceptación de los mismos, hoy se llena un vacio canónico, pastoral y sacerdotal en nuestro Arzobispado. Por eso mismo, al comenzar esta sesión constituyente os ofrezco una reflexión sobre lo que es un Consejo Presbiteral. Para ello vamos a partir de la Sagrada Escritura.

“Pablo entró con nosotros en casa de Santiago, donde estaban reunidos todos los presbíteros” (Hch 21,18)

1.- Cualquier institución eclesial (también un “Ordinariato” castrense), en cuanto concreción histórica de la vida y la misión de la Iglesia participa de su realidad humano-divina, la cual posibilita su naturaleza sacramental y, por lo tanto, su virtualidad como comunidad mediadora de la gracia y la salvación. Una Iglesia invisible de naturaleza espiritual, depositaria del patrimonio espiritual y la promesa de gracia proveniente de Jesucristo, y separada absolutamente de las instituciones históricas visibles de origen exclusivamente humano, no encuentra fundamento en la economía de la Encarnación que impregna todo el Nuevo Testamento y la posterior Tradición viva de la Iglesia. (LG 8; AG 4).

2.- Por lo tanto cada institución eclesial encuentra su fundamento, aún cuando éste sea indirecto e implícito, en la naturaleza de comunión (c. 209) y la misión salvífica de la Iglesia (c. 1752), fiel continuadora de Jesucristo su fundador y Cabeza; naturaleza y misión que la Iglesia descubre siempre en la Palabra de Dios revelada tanto en las Sagradas Escrituras como en la Tradición (cf. DV 10; LG 14).

“Designó entonces a Doce, a los que llamó apóstoles, para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14)

3.- La Iglesia en cuanto comunidad de salvación, pueblo de Dios en marcha que manifiesta y realiza el plan salvífico divino, está prefigurada ya desde el origen del mundo y preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento, desde Abel el justo hasta el último de los elegidos (cf. LG 2).

El pueblo convocado (ekklesia) por Dios tras la liberación de Egipto y guiado a través del desierto encuentra pronto dificultades en su gobierno por parte de Moisés, para quien se convierte en una carga demasiado pesada. Éste, siguiendo el consejo de su suegro Jetró, instituye un colegio de jueces, colaboradores de su propia misión. “Si procedes así, Dios te dará instrucciones, tú podrás cumplir mejor tu cometido, y este pueblo podrá llegar en paz a su hogar” (Ex 18,23). Josué, por su parte, cuando quiere reafirmar la Alianza establecida en el Sinaí “reunió a todas las tribus de Israel en Siquén y convocó a los ancianos de Israel, a sus jefes, jueces y oficiales” (Jos 24,1). Éstos, representantes de las doce tribus de Israel, configuraban una especie de consejo o colegio que colaboraba en el gobierno del pueblo de Israel, preparación y anticipo del Nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia (cf. LG 2).

4.- Por ello, en la plenitud de los tiempos, el Señor Jesús llamó a sí a los que quiso, eligió a los Doce para encomendarles la misión de transmitir el mensaje de la salvación, y los instituyó a modo de colegio, es decir de grupo estable, y puso al frente de ellos a Pedro (LG 19). Éstos, los apóstoles, a su vez, tuvieron distintos colaboradores en su ministerio, entre ellos destaca el episcopado y junto a ellos los presbíteros y diáconos (LG 20). De esta forma las comunidades quedaban vinculadas al apóstol que las fundaba y éste a su vez constituía un grupo de presbíteros que gobernaban a la comunidad en su ausencia, siempre de forma colegial y en nombre del propio apóstol, tal como aparece en numerosas ocasiones en el libro de los Hechos de los Apóstoles:

“Los discípulos determinaron enviar algunos recursos, según las posibilidades de cada uno, para los hermanos que vivían en Judea. Así lo hicieron y se lo enviaron a los presbíteros, por medio de Bernabé y Saulo” (11,30). “Designaron presbíteros en cada iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor, en quien habían creído” (14,23). “Debido a esto, determinaron que Pablo, Bernabé y algunos otros subieran a Jerusalén a tratar esta cuestión con los apóstoles y demás presbíteros” (15,2). “Desde Mileto, envió llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso” (20,17). “Al día siguiente, Pablo entró con nosotros en casa de Santiago, donde estaban reunidos todos los presbíteros” (21,18).

De entre estos presbíteros y siempre unido a ellos se distingue uno como responsable primordial de la comunidad, llamado episcopos, a quien se le debe un respeto especial por representar al apóstol.

5.- Ya en la época subapostólica abundantes testimonios destacan la figura del Obispo, pero siempre rodeado por sus presbíteros tanto en las celebraciones litúrgicas, principalmente la Eucaristía, como en el gobierno de la Iglesia, tal y como aparece en textos de san Ignacio de Antioquía:

“Formad todos una unidad con el obispo y con los que os presiden, para representación y enseñanza de incorrupción. Por consiguiente, así como el Señor no hizo nada sin el Padre, siendo una cosa con Él -nada por sí mismo ni por sus apóstoles- así tampoco vosotros hagáis nada sin el obispo y los presbíteros” (Epist. ad Magn.).

“Vuestro colegio de presbíteros, digno de este nombre y digno de Dios, está con vuestro obispo en una armonía comparable a la de las cuerdas en la cítara: vuestra concordia y vuestra unísona caridad levantan así un himno a Cristo” (Epist. ad Ephes.).

La comunión y colaboración entre el Obispo y su colegio presbiteral en el pastoreo de la Iglesia era, por tanto, una práctica común ya desde los primeros siglos de la Iglesia, como expresa también san Cipriano: “Desde mi ordenación episcopal decidí no hacer nada sin vuestro consentimiento” (Pl. Col. 234).

6.- La expansión de la Iglesia durante el siglo IV tras el Edicto constantiniano hace que el cristianismo salga de su ámbito inicial, casi exclusivamente urbano, y se asiente en los pagi, lo que provoca que los presbíteros tengan que desplazarse a estas comunidades rurales. El presbiterio se dispersa y su misión de colaboración con el Obispo comienza a debilitarse. Sin embargo, como testigos de esta primitiva función colegial, permanece en las catedrales diocesanas el Cabildo, y en Roma el Colegio de Cardenales.

7.- El presbiterio, sin embargo, en cuanto realidad colegial, desaparece en la práctica en la Edad Media y difícilmente encontramos textos referentes a ello hasta el Concilio Vaticano II, en el que se reconoce la colaboración de todo el presbiterio en la misión propia del Obispo (PO 2), de la cual se deriva la existencia del Consejo presbiteral.

“Os pedimos hermanos que tengáis en consideración a los que trabajan entre vosotros, os presiden en el Señor y os amonestan” (1 Tes 5,12)

8.- El punto de partida de cualquier teología del ministerio ordenado es de naturaleza cristológica. Se funda en el sacerdocio único, eterno y universal de Cristo, único mediador entre Dios y los hombres (cf. Heb 9,11.15). De este sacerdocio supremo participan en diverso grado los obispos, presbíteros y diáconos (cf. LG 28), y es de este único sacerdocio, concebido como servicio, del que emana cualquier otro sacerdocio cristiano, el común de todos los fieles y el ministerial, fundamento éste tanto del episcopado como del presbiterado, inseparables ambos entre sí:

“Los presbíteros, como próvidos colaboradores del orden episcopal, como ayuda e instrumento suyo llamados a servir al pueblo de Dios, forman, junto con su obispo, un presbiterio dedicado a diversas ocupaciones” (LG 28).

El ministerio episcopal, en colaboración-comunión íntima con su presbiterio, garantiza y visualiza la continuidad en la Iglesia de la acción pastoral de Jesucristo, Cabeza y Supremo Pastor de la Iglesia, como aparece bellamente expresado en palabras de San Ignacio de Antioquía:

“No hay más que una sola cátedra de Nuestro Señor Jesús y un solo cáliz para unirnos a su sangre, lo mismo que no hay más que un solo Obispo con el presbiterio y los diáconos asociados a mi ministerio” (Epist. ad Phil., 4).

Primacía episcopal y colegialidad presbiteral expresan con claridad la naturaleza, a la vez jerárquica y comunitaria, de la Iglesia, análogamente a como lo hace el binomio entre primado del obispo de Roma y colegialidad episcopal universal, y muestra el carácter orgánico de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

9.- Con todo, la institución del Consejo Presbiteral, en cuanto senado elegido por el Obispo de entre su presbiterio diocesano, es una creación del Concilio Vaticano II que, sin embargo, encuentra su justificación en la colegialidad presbiteral en torno a la figura del Obispo, patente ya desde los primeros siglos de la Iglesia en las enseñanzas de san Ignacio de Antioquía:

“Así pues, los Obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad, para presidir en nombre de Dios sobre la grey, de la que son pastores” (LG 20).

“Por tanto los Obispos, por el don del Espíritu Santo que se ha dado a los presbíteros en la sagrada ordenación, los tienen como necesarios colaboradores y consejeros en la función de enseñar, santificar y apacentar a la grey de Dios” (PO 7).

Este último fragmento es considerado “texto fundacional del Consejo Presbiteral”, y vincula la función consiliaria de los presbíteros a la gracia recibida en el sacramento del Orden, es decir a la misma fuente y esencia del ministerio ordenado. En todo caso, por la propia naturaleza exclusivamente dogmática de los textos conciliares, su alcance jurídico se concretará posteriormente obedeciendo a la recomendación de PO 7:

“[…] Para que esto sea una realidad [en referencia al texto anterior] constitúyase […] en la forma y normas que determine el derecho, una junta o senado de sacerdotes que representen al colegio presbiteral, cuyo fin sea ayudar eficazmente con sus consejos al obispo en el gobierno de la diócesis”.

10.- Siguiendo esta recomendación, el Motu Proprio de Pablo VI de 6 de agosto de 1966 en su primer capítulo (Normas para aplicar los Decretos “Christus Dominus” y “Presbyterorum ordinis”) dedica el número quince a la obligatoriedad, naturaleza y fines del Consejo Presbiteral con los siguientes puntos principales:

“En lo concerniente al Consejo Presbiteral:

1.- Haya en cada diócesis, (también en la castrense), en el modo y forma que determine el Obispo, un Consejo Presbiteral, es decir, un grupo o senado de sacerdotes representantes de los presbíteros que pueda ayudar eficazmente al Obispo con sus consejos en el gobierno de la diócesis. Escuche el Obispo en este Consejo a sus sacerdotes, consúltelos y trate con ellos sólo cosas referentes a necesidades del trabajo pastoral y al bien de la diócesis.

2.- Se podrán contar entre los miembros del Consejo Presbiteral también los religiosos que participan en la cura de almas y ejerzan obras de apostolado.

3.- El Consejo Presbiteral tiene solamente voz consultiva.

4.- Al vacar la Sede, cesa el Consejo Presbiteral, salvo que en circunstancias especiales, que han de ser reconocidas por la Santa Sede, el Vicario Capitular o el Administrador Apostólico lo confirme”.

11.- En estos textos queda clara tanto la obligatoriedad (habeatur), como la representatividad de los miembros y la competencia del Consejo Presbiteral, de naturaleza consultiva excepto en dos casos: la erección y supresión de parroquias (n. 21) y la equitativa distribución de bienes (n. 8). En cuanto a su constitución, competencias, relación con el Obispo y con el Consejo Pastoral, afirma en el n. 17 lo siguiente:

“Conviene que los Obispos, sobre todo reunidos en las Conferencias, adopten acuerdos comunes y decreten normas similares en todas las diócesis del territorio para los asuntos que afecten tanto al Consejo Presbiteral como al Consejo Pastoral, así como también a las relaciones de los mismos, ya entre sí, ya entre aquellos otros Consejos del Obispo que existen ya en virtud del derecho vigente. Cuiden también los Obispos de que todos los Consejos diocesanos queden oportunamente coordinados, por medio de una cuidada definición de competencias, de la mutua participación de los miembros, de sesiones comunes o continuas y de otras formas”.

12.- La Conferencia Episcopal Española, en respuesta a lo propuesto por Pablo VI, trató el tema en noviembre de 1966, encomendándole la ponencia a Mons. Jubany con el título Normas orientadoras de la CEE (por Mons. Jubany, en Ecclesia, 1966, pp. 2649-50), y que podría resumirse de la siguiente manera:

1.- Miembros: aconseja la elección mixta (mayoría elegida por los presbíteros), la conveniencia de inclusión de religiosos con cargos o funciones diocesanas, y la duración ad tempus salvo los miembros natos.

2.- Representatividad de los organismos diocesanos: recomienda la representación de Cabildo, Seminario y Curia y la conveniencia de que Vicario General y Rector del Seminario sean vocales natos.

3.- Comisión permanente al menos en las Diócesis grandes.

4.- Periodicidad de las reuniones: el Pleno debería reunirse al menos dos veces al año, y la permanente cuando lo determine el reglamento y lo pida el Pleno.

5.- Materias propias: las determinadas por el Obispo referentes al gobierno de la Diócesis, al clero diocesano, a la administración y la actividad pastoral.

13.- Pero ha sido el Código de Derecho Canónico, recogiendo las instrucciones del Concilio Vaticano II, el que ha determinado la obligatoriedad, definido su misión y regulado en lo básico el funcionamiento del Consejo Presbiteral en cada diócesis:

“En cada diócesis debe constituirse el Consejo Presbiteral, es decir, un grupo de sacerdotes que sea como el senado del Obispo, en representación del presbiterio, cuyo misión es ayudar al Obispo en el gobierno de la diócesis conforme a la norma del derecho, para promover lo más posible al bien pastoral de la porción del Pueblo de Dios que se le ha encomendado” (C.I.C., c. 495).

El fundamento teológico sobre el que se asienta la recepción en el vigente Código de Derecho Canónico de esta figura del Consejo Presbiteral es la unidad entre el Obispo y sus presbíteros; una unidad basada sobre la comunión ontológico-sacramental entre ellos. (cf. cc. 1008; 1009).

Esta estrecha unidad debe ser manifestada de una manera eficaz y clara y así lo recoge la Carta Circular Presbyteri Sacra, dada por la Congregación del Clero en 1970. Pues bien: un medio peculiar de plasmar esa realidad relacional es el Consejo, que viene a ser como la forma institucional de tal comunión jerárquica para procurar el bien de la Iglesia Particular.

14.- La carta apostólica Novo millennio ineunte trata explícitamente de los consejos presbiterales en el apartado dedicado a la “espiritualidad de comunión”, que busca hacer de la Iglesia del nuevo milenio “la casa y la escuela de la comunión” desde una conciencia de unión profunda del Cuerpo místico, del descubrimiento del otro como don, desde una mirada del corazón al misterio de la Trinidad que habita en cada uno de nosotros. Se habla así de crear “espacios de comunión” y de potenciar “servicios específicos de comunión” (ministerio petrino, colegialidad episcopal, Sínodos episcopales o Conferencias Episcopales).

Estos espacios de comunión “han de ser cultivados a todos los niveles en el entramado de la vida de cada Iglesia” e implican a todos los ministerios y carismas. “Por ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el CIC, como los consejos presbiterales y pastorales”, en los cuales el carácter consultivo no contradice su importancia en la vida eclesial, aconsejando de esta manera la “escucha recíproca y eficaz” desde el mantenimiento de la unidad en lo esencial y la búsqueda de la confluencia en lo opinable.

En definitiva, la comunión eclesial se asienta tanto en las estructuras externas de la Iglesia, “servicios específicos de comunión”, como en su espíritu interno, “espiritualidad de comunión”, inseparables entre sí como cuerpo y alma de la comunión eclesial:

“Por tanto, así como la prudencia jurídica, poniendo reglas precisas para su participación, manifiesta la estructura jerárquica de la Iglesia y evita tentaciones de arbitrariedad y pretensiones injustificadas, la espiritualidad de comunión da un alma a la estructura institucional, con una llamada a la confianza y apertura que responde plenamente a la dignidad y responsabilidad de cada miembro del pueblo de Dios” (NMI 44).

Sí. Debemos hablar de la «dignidad y responsabilidad de cada miembro del Pueblo de Dios» porque esta obligación de mantener la comunión nace del bautismo (c. 96), como sacramento que incorpora a los fieles al Cuerpo Místico de Cristo; y acompaña al bautizado en todas sus acciones de vida sacramental, de fe, y de relaciones con la autoridad (c. 205).

Precisamente por ello el c. 209 §1, pone de manifiesto cómo este deber de mantener la “communio” no puede nunca establecer una frontera entre la esfera pública y la esfera privada de nuestra conducta. Antes al contrario, la comunión tiene que manifestarse en todos los aspectos y dimensiones de la vida del cristiano.

Esto cobra especial singularidad en las relaciones que deben existir entre el obispo y su presbiterio. Por su propia naturaleza el Consejo Presbiteral es un órgano del sacerdocio ministerial, al cual le ha sido dado un “munus pascendi” que se desarrolla siempre en unión con el obispo y nunca sin él. Por tanto, de la misma fraternidad y comunión en la misión debe darse también en la práctica una verdadera cooperación y corresponsabilidad en el gobierno de la Iglesia local.

La constitución de este Consejo Presbiteral Castrense es una plasmación de esa pastoral y espiritualidad de comunión que ha de darse en nuestra “diócesis personal” y que puse de manifiesto en mis palabras en la Toma de Posesión de los nuevos Vicarios. A la vez, ha de ser un órgano para la corresponsabilidad, dentro de los límites establecidos por el Derecho de la Iglesia, en el buen gobierno de este Arzobispado Castrense.

La gracia de Dios nos precede y nos acompaña (Pastores Dabo Vobis 35). No defraudemos al Señor y a los hermanos sacerdotes desentendiéndonos de los trabajos que surjan. De ti depende que este Consejo tenga vida y sirva para que nuestro Arzobispado afronte los retos que hoy tiene la pastoral castrense.

† Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

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