"El Papa: las apariencias y la realidad", carta del arzobispo de Burgos


El siglo veinte ha sido un siglo de oro en lo que respecta a los Papas. Lo estrenó san Pío X, quien selló con su autoridad el Movimiento litúrgico moderno. Luego vendría el Papa de las misiones extranjeras, Benedicto XV. Le siguió el sabio Pío XI, que dio un impulso decisivo a la Doctrina social de la Iglesia, siguiendo las huellas de León XIII. Luego vino la segunda gran guerra y Pío XII, pionero o impulsor decisivo en la interpretación de la Sagrada Escritura, la Eclesiología y la Liturgia. Son memorables los radiomensajes de Navidad, que iluminaron con luz nítida cuestiones resbaladizas y complejas. Aquella figura, al parecer insustituible, fue seguida por el sencillo y rompedor Juan XXIII, que convocó el Concilio Vaticano II. Pablo VI sería elegido para concluirlo y, sobre todo, para llevarlo a su realización. Siguió después el gran Juan Pablo II, que llevó a la Iglesia a todas las calles y plazas de los cinco continentes, iluminó todos sus rincones y la puso en actitud de renovación interior. El plebiscito espontáneo que provocó su muerte fue el sello con el que el pueblo ratificó su autenticidad de vida y su entrega sin límites. En este nuevo siglo, la Divina Providencia nos ha regalado el Papa actual, un Papa de las esencias, de las cuestiones permanentes, de la renovación interior de la Iglesia y del Ecumenismo.
Sin embargo, lo verdaderamente grande de todos estos Pontífices es lo que está más allá de su talla humana, por grande –incluso gigantesca- que sea. De tal modo que si sólo nos fijásemos en lo que es perceptible y analizable con los ojos de la razón y del sentimiento, además de no comprender lo que significa el Papa en la Iglesia y en el mundo, correríamos el riesgo de tergiversar su más íntima naturaleza y el sentido que Jesucristo ha querido que tenga.
Efectivamente, el Papa, sea el que sea y tenga las cualidades y limitaciones que tenga, es siempre el Vicario de Jesucristo en la tierra, el que hace las veces de Cristo en su Iglesia, el que es fundamento y principio visible de su unidad. No exageraba santa Catalina de Siena cuando le llamaba «el dulce Cristo en la tierra» sino que expresaba de forma poética lo que hace grande al Papa y lo que le da mérito para ser amado, escuchado y secundado en su magisterio y en sus orientaciones y decisiones pastorales.
El Papa es la Cabeza del Colegio de los obispos; más aún, la condición para que pueda existir tal Colegio. Es verdad que cada obispo en su diócesis no es un delegado del Papa sino que la pastorea con autoridad propia y ordinaria. Pero también lo es que un obispo que rompe la comunión con el Papa o se sitúa por encima o al margen de él, pierde toda su legitimidad. El Papa es pastor de todo el rebaño de Cristo, es decir, de los fieles y de los obispos y presbíteros.
No es difícil comprender que el Papa tiene necesidad de nuestra oración, de nuestra obediencia, de nuestra docilidad amorosa y de nuestro afecto humano. Un fiel o un jerarca que no reza por el Papa, que se resiste a sus indicaciones, que desobedece su doctrina y decisiones, que se queda indiferente ante los ataques que sufre el Papa, es un fiel o un jerarca de quien Jesucristo espera que cambie de actitud.
A nadie se le oculta que asistimos hoy a una campaña mundial, promovida por poderes económico-políticos, de hostigamiento y derribo contra el Papa Benedicto. No se le perdona que conozca a fondo la problemática actual y que tenga la valentía de proclamar la verdad del hombre y de la creación, y señalar las orientaciones de fondo que deben regir la sociedad. La cultura débil y relativista no tolera un pensamiento fuerte y valiente, proclamado con tanta sencillez como sinceridad. Los católicos hemos de reaccionar dándole más cariño humano y sobrenatural. ¡Lo necesita y lo agradece!

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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